La Torre
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Un día de aprendizaje

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Un día de aprendizaje

Mensaje  Catherine el Jue Jul 11, 2013 10:57 pm

Helia Stonet era una mujer admirable. Parecía que guardara en la cabeza el conocimiento de todos los libros que se había leído a lo largo de su vida, que debían de haber sido muchos, porque era ya muy anciana. A pesar de su condición de semi-elfa, tenía ya el pelo blanquecino y arrugas en el rostro, sobre todo en torno a los ojos.

La miré con interés mientras atendía a un herido. Sus manos eran ágiles, pero no tanto como su mente o como su dominio del lenguaje arcano. En cierto modo, envidiaba la maestría con la que la Maestra de Magia Curativa y Directora de Aryewïe realizaba los más complejos hechizos de nuestra disciplina. Los recitaba todos de memoria y en tiempo récord, como si no le costara esfuerzo, como si estuviera tarareando una canción cualquiera.

Era, definitivamente, una mujer admirable. Y para mí, más todavía. Ella nunca alcanzaría a imaginar la magnitud de lo que había hecho por mí. Creo que le bastó con verme para saber lo que necesitaba.

Te vendrá bien un espacio más grande —había dicho al entrar en mi habitación y no se había equivocado. La torre en la que dormía era enorme, pero de nada valía si estaba encerrada.

En aquellos momentos nos hallábamos en la zona principal de la Fortaleza de Aryewïe. En la verdadera Fortaleza de Aryewïe, donde se trabajaba y se salvaban vidas a diario. Si Helia me acompañaba, podía salir y pasear por los pasillos de la fortaleza, ayudándola en todo. No era una libertad completa, y siempre tenía que colocarme una capa blanca, con capucha, para hundir en sombras mi rostro. Joseph era muy meticuloso con el secretismo, y yo seguía sin entender muy bien por qué. Exageraba, pero no me quejé. No podía hacerlo después de la compensación que me habrían brindado a cambio del encierro.

Yo no sabía que existía un lugar donde podía profundizar en los conocimientos de mi rama favorita de la magia y, cuando Helia Stonet me comunicó la noticia de que podría ser su aprendiza, la sonrisa floreció en mi rostro. Fue día feliz, y eso era un milagro para mí, que solo había tenido días grises en los últimos tiempos.

Catherine —me llamó—, acércate. A ver qué puedes hacer.

Giré la cabeza e hice lo que me pedía. Me coloqué al lado del enfermo. Era un hombre de mediana edad que tenía la pierna rota y aún se recuperaba de las profundas heridas que había recibido en alguna pelea. Helia le había retirado los vendajes y se veía allí, aún sangrante, un corte profundo. A su alrededor, la piel estaba negra. No era una herida provocada por el filo de una espada. Podía sentir en las palmas de las manos, aún palpitante, un resto de magia.

Es una herida provocada con magia, Maestra. —El hombre no estaba consciente. Seguramente, Helia le había aplicado algún conjuro de sueño mientras era tratado.

Eso ya lo sé.

Respiré hondo y me concentré. La visión de la herida era desagradable, pero había visto cosas peores, y, de cualquier manera, mi Maestra me había dejado muy clara desde el primer día una de las reglas fundamentales: el sanador debe mantener la mente fría cuando trabaja. Y así lo hacía.  

Un conjuro de magia de sangre, para ser exactos. No permite que la herida cicatrice y el daño se extiende. Rompe los vasos sanguíneos... —La energía mágica me bullía en los dedos, pero la contuve. Primero había que examinar; era la parte más importante del proceso y podía significar la diferencia entre la vida y la muerte del paciente.

Tenía muy claro lo que debía utilizar: magia de agua, magia de sangre, magia de tierra y magia de la luz, en sus aplicaciones curativas. Me puse manos a la obra y comencé desinfectando la herida, cicatrizando... Cuando me di cuenta, la pierna del hombre volvía a ser una pierna sana, como si no hubiera sucedido nada. Ni siquiera fui consciente del tiempo que pasó, pero no fue demasiado. Lo más difícil era empezar, luego bastaba con relacionar conceptos, uno tras otro, e ir aplicándolos, muy rápido, hasta que la herida sanaba. El proceso era veloz, mucho más que valiéndose de los hechizos de curación tradicionales, y cuando terminé miré a Helia, satisfecha.

Ella valoró mi obra pasando una mano por la pierna del paciente.

Te falta pulirte —me dijo—. Pero se ve que eres buena, para el poco tiempo que llevas.

Y calló. Yo sonreí. Si no señalaba más errores, era que el trabajo había sido perfecto.

¿Y las bendiciones, Maestra? —le pregunté. Las bendiciones me habían llamado la atención desde la primera vez que leí sobre ellas en uno de los volúmenes que Helia me cedió. Eran auras protectoras que podían acentuar las cualidades de una persona y lo había intentado por mi cuenta, pero no había obtenido buenos resultados.

Comenzaremos mañana —respondió, esbozando una sonrisa cansada—. Pero ahora te agradecería que me echaras una mano. Los sanadores de la planta baja tienen bastante trabajo con el barco que naufragó en Puerto Ewë.

Yo asentí y fui corriendo a la planta baja, olvidando al fin los problemas del pasado y sintiéndome, por primera vez en meses, totalmente realizada.

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