La Torre
Bienvenidos a La Torre, un foro de rol progresivo basado en las Crónicas de la Torre, trilogía escrita por Laura Gallego García.

¡Atención! ¡Ninguno de los contenidos de este foro es real!

Diario y recuerdos de Lai-Azzel

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Diario y recuerdos de Lai-Azzel

Mensaje  Lai-Azzel el Dom Sep 29, 2013 11:55 am

La Diosa escribió:Nuevamente, las puertas del Juzgado del Concilio estaban abiertas. El día en que se juzgaría al rey caído en batalla, al hombre que protegió a los Secretos, había llegado. En Ekhleer reinaba la alegría por la victoria, pero no se reflejaba lo mismo en las caras de los guerreros, que habían perdido muchas cosas.

Todos los que estuvieron presentes en el asedio habían sido invitados. Anaë'draýl, Shewë y Alice ocupaban sus respectivos puestos en el palco reservado para el triunvirato del Concilio. A la derecha, donde debían hallarse los miembros restantes del Concilio, había tres puestos vacíos. Uno era el de Lord Strord, fallecido en la batalla. Otro, el de Rahnag, que aún se estaba recuperando de sus lesiones. El tercero era el de Nienna, de la cual no se tenían noticias. En el banco de los testigos, hasta el momento, solo se sentaban dos duques élficos, pero era posible que llegara alguien más.
De juicios y usurpadores
Ese alguien más llegó, pero la conmoción por el juicio del traidor fue tal para todos, que apenas unos cuantos repararon en su presencia. Hubieron ojos que se deslizaron al son de los pliegues de un impoluto vestido blanco cuya seda arrastraba por el suelo de aquella sala de tribunal sin prendarse en absoluto de mugre. Otra túnica blanca seguía a la primera y se quedó rezagada en los primeros asientos, mas no resultó tan llamativa como la que le precedía. Era la viuda de Lai-Fang, quien hubo ostentado el título de Duque del Río hasta que su vida le fue arrebatada durante la reconquista del Concilio. Lai-Suan, como así se llamaba dicha viuda, poseía una belleza fría y altiva que atrajo muchos cumplidos en el pasado y que ahora, sin embargo, no era más que una sombra que cubría su rostro anguloso y de pómulos marcados bajo un velo de nostalgia, pena y desdicha. Aquel día, la silla de su marido le pareció insultantemente vacía y por un momento aguardó impaciente su aparición. Pero el blanco que vestía, el blanco del luto, le recordó una vez más que no merecía añorar lo perdido. Aquel día otra persona ocuparía la silla de Lai-Fang.

Aguamarina. Así eran los ojos de la elfa que observaba al reo desde el banco de los testigos, a pesar de que su testimonio de poco o nada pudiera servir para nada más que para hacer acto de presencia en el lugar de su padre. Algunos elfos se acercaron a ella a ofrecerle su pésame, unos más sinceros que otros, pero Lai-Azzel los recibió a todos bajo el mutismo de su arrogancia y fue su doncella, una muchacha de cabello dorado y ojos azules, quien se encargó de pedirles su comprensión y que la dejasen sola. Lai-Azzel no apartaba sus ojos de la cabellera blanca del acusado sin saber si el torbellino de emociones que la embargaban se decantaría por la ira, el asco o la vergüenza. Desconocía si una de sus víctimas fue el propio Lai-Fang, pero poco le importaba; pedir la cabeza del usurpador era como pedir las cabezas de los Secretos en representación y compensación por su pérdida.

—Agradezco la presencia de todos ustedes en este juicio —comenzó Anaë'draýl, quien presidía el Concilio—. Estamos aquí para juzgar al que se hace llamar Félix Vonturin, mago oscuro, quien se proclamó rey de nuestro amado Reino Élfico y detentó dicho cargo, quien protegió a los Seis Secretos, y también para estimar la condena adecuada para tales pecados cometidos contra la Diosa.

A la intervención de Anaë'draýl, le siguió la de su esposa, Shewë, quien ejercía de jueza:
—Se le acusa de uso de magia negra, colaboración con El Dios, asesinato del archimago Lord Strord, traición a la comunidad mágica, colaboración y protección de la entidad criminal de los Seis Secretos, delitos contra la moral, traición y atentados contra el Reino Élfico y negación de la autoridad del Concilio y de la Justicia de la Diosa. ¿Cómo se declara el reo ante tales cargos?

Hubo un murmullo generalizado cuando el usurpador se declaró inocente y plantó cara a Shewë. La propia Lai-Azzel frunció el ceño con desaprobación bajo los inmaculados velos blancos que cubrían discretamente su rostro de doncella, pero no dijo nada. Fue otra intervención, no obstante, la que se ganó atención e interés por parte de la recién nombrada Duquesa del Río.

Aquella fue la primera vez que Lai-Azzel pudo ponerle cara a la Señora de la Torre. Respondía al nombre de Narshel, como bien supo después, y le resultó tan impulsiva y descarada como el resto de los humanos que alardeaban de haber puesto sus pies en el Concilio. Se sorprendió a sí misma deseando callarla a golpes, quizá por su osadía al hablar antes siquiera de que Shewë le concediese su turno de palabra. Aun así, Lai-Azzel la escuchó poniendo toda su atención en cada palabra que brotaba de los labios de la hechicera hasta el punto de que la visión que tenía de aquel juicio cambió, si bien no lo expresó abiertamente. Sabía por rumores que no era la primera vez que Narshel era citada en un juicio por la imprudencia de sus alumnos, aunque desconocía qué ocurrió en ocasiones anteriores. Realmente poco le interesaba. A un verdadero Maestro, uno que merezca la pena, se le puede descarriar un alumno a lo sumo, no dos. Si tropezaba con la misma piedra una y otra vez, entonces tal vez Narshel no mereciese el rango que cargaba ni estuviese capacitada para dirigir la Torre. No era, por contra, el destino de las escuelas humanas lo que preocupaba a Lai-Azzel, sino el de la magia en sí. Los problemas se deben erradicar de raíz, porque de lo contrario podrían llegar a extenderse y causar estragos allí donde los inocentes no tienen culpa de sus pecados. Con esta idea en la cabeza, Lai-Azzel comenzó a pensar que la verdadera culpable de los actos de Félix Vonturin era Narshel y no él mismo. Quizá el elfo sólo fuese una víctima más a fin de cuentas. Lo habían engañado, estafado y utilizado. Ahora simplemente pagaba las consecuencias de sus crímenes. ¿Qué hubiera pasado si la educación de Narshel hubiese sido más severa? ¿No habrían evitado, cuanto menos, que aquel elfo abandonase el camino de la luz? ¿Debían los elfos, por otro lado, dejarse educar por simples humanos cuyas vidas apenas resultaban un suspiro para ellos?

No prestó demasiada atención al resto del juicio, porque las declaraciones del acusado tampoco la sorprendieron. Si era capaz de traicionar a su raza materna, era capaz también de cometer todos los delitos que enumeró por su cuenta sin arrepentirse. Su corazón se encogió al preguntarse si alguno de esos cuatrocientos cuarenta y seis hombres que nombraba era su padre. Apretó las manos y desvió la mirada por primera vez a tiempo de ver la aparición de otro humano más en la sala. Su juventud le resultaba desconcertante en el sentido de que debía verle como un niño y no como el hombre que sería un elfo con su mismo aspecto. Cómo entró no lo supo, pero estaba lo bastantemente cerca como para oír las discrepancias y acusaciones que compartía con el que parecía ser su padre. Shewë no quiso escucharle y Narshel no se mostró especialmente receptiva tampoco. Pero Lai-Azzel lo miró con duda y después miró a su madre, quien había despertado de su letargo emocional para compartir la misma preocupación con su hija. ¿Quién llevaría razón? ¿Un simple humano exaltado por la situación y que contrariaba a la autoridad del tribunal o Shewë, quien hacía oídos sordos escudándose en la sentencia que ya había dictado? La mente daba una respuesta; el orgullo, otra.

Ninguna de las dos dijo nada y abandonaron la sala en cuanto se dio por concluido el juicio.







Día 1.
No entiendo muy bien qué ha pasado. Todo ha ido demasiado deprisa. Apenas ayer estuve recibiendo condolencias por el fenecimiento de mi padre y hoy me veo obligada a asistir a un juicio en su nombre. Ha sido todo demasiado extraño. Entré creyendo al usurpador culpable y salí con muchas más preguntas de las que ya guardaba a mi llegada. No sé si debo exponer mis dudas a los consejeros del ducado o callarlas. Por desgracia, en la corte todo es más complejo y no puedo fiarme siquiera de mi sombra ahora que soy Duquesa. Mi cabeza tiene precio tanto para los rivales de la corona, como para aquellos que sencillamente desean liquidarme y escalar posiciones. La desaparición de la princesa no mejora las cosas. Si a la reina Aliwen le sucediera algo y ninguno de sus hermanos estuviera presente para entonces, habría quien querría matarme para asegurarse de que el Ducado del Río no asciende al trono. Aliwen debe vivir y yo debo saber hasta qué punto estaba Shewë en lo cierto y hasta qué otro se dejó llevar por la ira.

Quizá va siendo hora de que aproveche los permisos de la escuela para hacer un par de visitas.
   

_________________
avatar
Lai-Azzel
Cuenta inactiva

Nombre : Lai-Azzel del Río
Escuela : Escuela del Bosque Dorado
Bando : La Diosa
Condición vital : Viva
Cargo especial : Mentalista
Rango de mago : Aprendiza de primer grado
Clase social : Alta nobleza, Duquesa del Río
Mensajes : 14
Fecha de inscripción : 28/09/2013
Edad : 25

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.