La Torre
Bienvenidos a La Torre, un foro de rol progresivo basado en las Crónicas de la Torre, trilogía escrita por Laura Gallego García.

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Mensaje  Lai-Azzel el Dom Sep 29, 2013 2:09 pm

El sol despuntaba ya en la capital de Enawë cuando la carroza llegó a la entrada del castillo. No traspasó sus murallas por seguridad, pero el cochero tuvo a bien descender para solicitar los permisos oportunos que permitirían la entrada de su señora al Bosque Dorado. El carruaje, tallado en reluciente oro blanco, reflejaba el amanecer en su techo arrancando destellos ilusorios que jugaban a crear tonalidades falsas sobre sus puertas. Del carruaje tiraban cuatro caballos de crines perladas y en sus mantos podía verse el blasón de la familia que regía la Casa del Río. A la Escuela del Bosque Dorado solían ir los elfos de noble cuna que nacían con cualidades mágicas. Siempre había excepciones, por supuesto, pero suponían una gran mayoría bastante notoria. Se decía que incluso sus muros estaban encantados para que nadie pudiera penetrarlos sin el consentimiento de su Señor o sin que poseyera un ápice de magia en su sino.

El cochero regresó presuroso pasados unos minutos. Informó a los guardias para que abriesen la formación que impedía el acceso a la carroza y abrió la puerta de la misma con soltura y elegancia manteniendo en todo momento la cabeza inclinada como muestra de respeto. Ofreció, además, una de sus manos enguantadas y esperó. Del interior del carro emergieron unos dedos largos, esbeltos y pálidos que aceptaron el ofrecimiento dejándose sostener por el sirviente. Pudieron verse la manga acampanada de un vestido blanco y los encajes de unas enaguas. La figura que descendió hasta situarse altiva y señorial junto a la pequeña escalinata pertenecía ni más ni menos que a Lai-Azzel, la Duquesa del Río. Una elfa de vivaces ojos aguamarina y pelo castaño cobrizo cuya belleza ya era motivo de cuchicheos entre los pocos presentes que observaron su llegada. Unos admiraron la gracia con la que alisó su vestido y se encaminó a las verjas. Otros, en cambio, envidiaron la ostentosidad de sus riquezas y prefirieron criticarla. En la corte de los elfos reinan las lenguas viperinas y las intrigas traicioneras, motivo por el que Lai-Azzel los ignoró a todos ellos y se dirigió a su destino, que no era otro que la propia Escuela.
—Abrid las puertas —exigió uno de sus escoltas—, la Duquesa del Río pide convenio de entrada.

En la Escuela del Bosque Dorado sabían de su llegada, por supuesto. No había que dudarlo siquiera. Las verjas se abrieron, pero ni uno solo de los guardias se atrevió a seguir a su señora, que avanzó sola bajo la atenta mirada de su séquito. Cuando hubo traspasado los límites acordados por las barreras mágicas, Lai-Azzel se giró.
Regresad a la mansión e informad a vuestra regente que he llegado sana y salva —ordenó.

Sus guardias asintieron a una retomando sus lugares junto al carro. El cochero esperó a que estuvieran listos para reemprender el camino de regreso. Lai-Azzel permaneció todavía durante unos minutos en la entrada hasta que los vio desaparecer. Después volvió a girarse y caminó hasta el castillo. Tampoco era la primera vez que estaba allí a decir verdad. Ya lo hizo días atrás, cuando quiso venir para formalizar su ingreso en el alumnado del Bosque Dorado. Decidió entonces que más tarde debía dar una vuelta para conocer los terrenos del que sería su hogar a partir de ahora y entró en el vestíbulo. El vestido blanco siseó cuando sus manos aferraron los pliegues para alzarlo y evitar tropezar en la escaleras. Una brisa pasajera se coló por los resquicios de la puerta agitando los rizos que estaban semi recogidos en su nuca con un pasador de plata élfica.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Catherine el Dom Sep 29, 2013 3:01 pm

Era mi séptimo día en la Escuela del Bosque Dorado y mi estancia allí estaba resultando un infierno. Más que vivir se podía decir que sobrevivía. Los únicos humanos que habían en la escuela eran los pocos que estudiaban especialidades mágicas, y la mayor parte de ellos procuraba pasar el máximo tiempo posible fuera de la escuela. Tras siete largos días y seis largas noches, comprendía perfectamente por qué.

Jamás ha habido peor lugar para un humano, jamás ha habido un lugar donde nos discriminaran tanto. La mayor parte de los alumnos eran elfos como Shewë, muy orgullosos de su raza. Algunos me miraban con repugnancia, otros —los que nunca habían visto a un humano— me miraban con sorpresa. Y luego había un tercer grupo que, al reparar en mis orejas redondas, solo expulsaba odio por la mirada. «Nos culpan por la guerra. Nos culpan por lo que Félix hizo y también por lo que hicieron los Secretos. Nos culpan por todo».

En teoría, había llegado al Bosque Dorado para trabajar en la enfermería, pero los enfermeros, todos elfos, apenas me dejaban utilizar mi magia curativa. Decían que las manos de una humana eran toscas para un arte tan delicado y no confiaban en mis capacidades. Por esa razón, solía llevar los turnos de noche, los que nadie quería, y mis funciones se limitaban a llevar y traer comida, cambiar las sábanas y demás labores que me recordaban a los días anteriores a la Torre. «Cuando mis padres estaban vivos...».

Intenté ser fuerte. No lloré en ningún momento, no me quejé, hice caso omiso de las palabras y de los gestos hirientes de los elfos, de sus humillaciones. Aprendí a encontrar en el silencio y en la soledad un refugio de la hostilidad a la que me hallaba expuesta y así, en completo silencio y con la cabeza gacha, me encontraba esa mañana mientras bajaba las escaleras con una bandeja cargada de vasos, cuencos y algunas vendas.

Las primeras luces del alba acababan de despuntar en el cielo, pero la actividad en la Escuela ya había comenzado. Para mí, sin embargo, se podía decir que era el final de la jornada, y así descendí por escaleras y escaleras, desde la enfermería hasta llegar a la planta más baja, al vestíbulo, procurando ser lo más rápida posible. Aquel día había mucho movimiento en los pasillos. La noticia pululaba por todos los rincones: la prestigiosa Escuela del Bosque Dorado iba a recibir a una nueva alumna, una alumna muy especial que pertenecía a la alta nobleza, concretamente a la Casa del Río, una de las más prestigiosas en el Reino Élfico.

Esperaba que, colándome entre la multitud, nadie reparara en mí. Sin embargo, no tuve tanta suerte. Al llegar al vestíbulo, mis ojos dieron con una elfa de rasgos elegantes y ropas más elegantes todavía. Su cabello era castaño, de rizos perfectamente definidos, rizos que la brisa mecía con dulzura. Todo en ella era regio y, desde el vestíbulo, muchos la miraban. También me miraban algunos a mí, pero de forma distinta.

No supe cómo reaccionar. Mi túnica blanca de Aryewïe presentaba un estado lamentable tras pasar la noche en vela, y estaba de color gris en los bordes. No sabía si debía dirigirle la palabra o no; si aquella dama era la famosa Duquesa del Río, ¿cómo se tomaría que una plebeya, y además humana, se atreviera a hablarle? ¿Cómo se tomaría que no lo hiciera? Fruncí el labio. «Qué más da. Yo también soy una maga. En la Torre, la clase social nunca ha tenido importancia. Se trataba igual a un duque que a un herrero». Pero, tristemente, yo ya no estaba en la Torre.

Buenos días, señora —dije simplemente, haciendo una pequeña reverencia con la cabeza.

A mis oídos llegó un murmullo cercano, seguramente procedente de un par de aprendices de segundo grado que hablaban a pocos metros de la escalera. «Es la Duquesa del Río», decía uno. «Qué vergüenza que tenga que encontrarse con esa humana en su primer día», respondía el otro, en voz muy baja, pero no lo suficiente como para que yo no escuchara su comentario. Me mantuve en silencio, con las manos aferradas a la bandeja y el corazón encogido.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Lai-Azzel el Dom Sep 29, 2013 4:21 pm

Pasos, puertas y más murmullos. La vida en la Escuela del Bosque Dorado daba comienzo un día más. Por mucho que Lai-Azzel trató de evitar el gentío en su primer día, resultaba obvio que tarde o temprano debería verse las caras con el alumnado del castillo. Así pues, su presencia no pasó desapercibida, cosa que le encantó. En lugar de amedrentarse por las miradas de admiración, cautela, miedo o envidia, Lai-Azzel les dedicó una sonrisa encantadora y prosiguió recorriendo el vestíbulo. Amplio y espacioso, con una arquitectura digna de ser estudiada por los mejores eruditos de Enawë. Vio caras conocidas a las que no prestó mayor atención hasta que un par de ellas se acercaron a saludar. Eran hermanas gemelas y las conocía porque se había criado con ellas. Lai-Azzel no las soportaba y su compañía siempre la aburría, pero fingió alegrarse de verlas y saludó como dictaba el protocolo de la nobleza. El cabello platino de las jóvenes carecía del brillo vivaz que poseía el de Lai-Azzel, pero no por ello dejaban de resultar atractivas. Simplemente no nacieron agraciadas teniendo en cuenta la privilegiada anatomía élfica. De pronto, ambas hermanas miraron algún punto por encima de los hombros de Lai-Azzel, quien se encontraba de espaldas a las escaleras. La Duquesa dejó de sonreír y se mostró ofendida por la falta de educación de esas estúpidas que se le acercaron con la única intención de sacar tajada a una supuesta amistad más retórica, que real. ¿Cómo se atrevían a hacerle tamaño desplante, como lo era el no mirarla cuando les hablaba?

Entonces oyó una voz a sus espaldas y comprendió el por qué. Al fino oído de un elfo, la voz femenina que saludó tras ella resultaba brusca, insípida y carente de elegancia. No poseía la melodiosidad de la raza, y Lai-Azzel supo incluso antes de girarse que no se llevaría una sorpresa grata. Así fue. La Duquesa viró en torno a sí misma con lentitud de forma que apenas dio muestra de esfuerzo salvo en las torceduras que adquirió su vestido por inercia. Contempló una melena rojiza y unos ojos claros que, si bien llamaron su atención, le parecieron insultantes por pertenecer a quien pertenecían. Entre las hebras de fuego asomaban unas orejas redondas que hicieron centellear los ojos aguamarina de la elfa. Hubo quejas, muestras de desacuerdo y pudor. Burgueses y nobles que la admiraron en la lejanía mientras hablaba con las hijas del conde Len-Yalik y que ahora se mostraban horrorizados de que una humana se hubiese atrevido a hacer lo que ellos temieron realizar: un mero saludo.
Buenos días —correspondió la voz de la Duquesa con una hermura que escondía muy bien la frialdad de su tono de voz.

¡Una humana en el Bosque Dorado! ¡Habráse visto tamaña desfachatez! Insensatos e insulsos todos ellos. Cada dia eran más confiados y se atrevían a tomar terreno que no les correspondía. Lai-Azzel, presa del asco que le suponía compartir el aire que respiraba con alguien como aquella joven, la miró de arriba a bajo y se giró dispuesta a darle su espalda y el más sincero de los desprecios. Pero cuando reparó en las gemelas, que sonrieron altaneras al ver esperanza en retomar su patética charla aburrida, recordó que al Bosque Dorado sólo podían entrar hechiceros y que no era la primera vez que veía a un mago humano. A su cabeza acudieron los recuerdos del juicio contra el usurpador y el estremecimiento que le supuso plantearse que quizá Shewë pudiera estar equivocándose. Y vinieron, por supuesto, los humanos que presenciaron con ella la sentencia. Desgraciadamente se reproducían como esporas y llenaban el continente más allá del océano de gente tan miserable como el propio Félix, ¿pero acaso no creía ella en el destino y el nexo que de alguna forma unía a las almas y este mundo y los venideros?

Lai-Azzel volvió a girarse de cara a la humana, que seguramente habría dado por hecho que no pensaba gastar ni un minuto de su tiempo perdiéndolo con ella o estorbándole su presencia. La duquesa volvió a observar los bordes malgastados y sucios del atuendo de la muchacha y alzó la mirada hacia su rostro. Era hermosa dentro de los cánones de los humanos, pero nada comparado con la belleza natural de los elfos. Incluso parecían tener la misma edad física, pero, aplicado a la realidad, hasta un tonto sabría que Lai-Azzel superaba por mucho la vida vivida con la de aquella extraña.
¿Trabajáis en la escuela, hechicera? —preguntó. La respuesta era obvia y ella misma la sabia: no. Los humanos no podían trabajar en la escuela de los elfos, pero era una forma de dar pie a una conversación sin necesidad de hostilidades.

A su espalda, las gemelas contuvieron el aliento y Lai-Azzel sonrió por ello.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Catherine el Dom Sep 29, 2013 8:13 pm

Había cortesía en su voz. Era una cortesía refinada y muy natural, era una muestra de su noble cuna y de su buena educación. Había cortesía o, al menos, eso fue lo que yo quise advertir. Mi mirada bailó, nerviosa, por la estancia, y vi los rostros de los elfos que, a cada segundo que pasaba, se amontonaban más y más en la estancia. Nos miraban con curiosidad, algunos incluso habían interrumpido sus banales conversaciones para prestar atención a aquel hecho insólito: una bellísima dama de la nobleza élfica dirigiéndole la palabra a una humana. Tal vez fuera estúpido por mi parte, pero en una parte de mí brotó la esperanza de hallarme ante alguien que no despreciara a nuestra raza.

Detrás de nosotras había dos elfas gemelas, dos elfas con las que había estado hablando mi interlocutora anteriormente. Eran ellas, quizás, las que más atentas estaban y me pareció advertir en sus labios una sonrisa de incredulidad. Conocía esa sonrisa. Era de esas sonrisas que parecen querer decir, a un tiempo, "no me lo puedo creer" y "¿qué hace una humana en nuestra escuela?". Yo aferré la bandeja con tanta fuerza que me dolieron las yemas de los dedos.

Primero se giró y creí que se iría, pero luego se volvió hacia mí. Entendí todo lo que dijo, me preguntó si estaba trabajando en la escuela y me llamó hechicera, que ya era más amable que las palabras de aquellos que no creían que los humanos pudieran utilizar magia. Por pura necesidad, mis conocimientos sobre la lengua élfica habían avanzado una barbaridad en los últimos tiempos, hasta el punto de haber aprendido a expresarme con soltura y sin apenas problemas. Sin embargo, el acento no lo podía borrar por más esfuerzos que hiciera; cualquiera que me hubiera escuchado hablar habría sabido al instante que venía de Garnalia Centro.

Sí, trabajo en esta escuela. Bueno... —Me detuve unos instantes. Sabía que más de una decena de oídos estaban escuchando mis palabras—, en realidad soy una sanadora de Aryewïe. Pero, desde la guerra... Desde el ajusticiamiento del viejo rey, en realidad, estoy aquí como enfermera.

«O debería estar aquí como tal», pensé, pero no lo dije en voz alta. En aquel caso, la teoría no se correspondía con la realidad. Yo me quedé inmóvil, sin saber muy bien cuál sería la forma correcta de actuar. Decidí mirar a la dama a los ojos, como habría hecho en la Torre. Era consciente de que podía considerarse un atrevimiento, era consciente de que en el Bosque Dorado —y a veces, incluso, en Ereaten— era siempre más seguro mirar a los pies. Pero en aquel momento me invadió una oleada de valentía y pensé qué podría decir a continuación.

Mi nombre es Catherine —dije, aunque no creía que aquel detalle le importara. Aún así, decidí que presentarme primero era la forma más cortés de preguntarle quién era ella, si de verdad era la dama que todos esperábamos—. ¿Vos sois la Duquesa del Río?

Se lo había oído comentar a un elfos minutos atrás; todo apuntaba a que la respuesta sería un sí. ¿Por qué, si no, daba la casualidad de que aquella mañana, a horas tan tempranas, hubiera tanto ajetreo en la escuela? «Lo extraño es que ni Shewë ni Anaë'draýl hayan aparecido aún», me dije. Y entonces, al recordarlos, me imaginé cómo se tomarían lo que estaba sucediendo cuando lo supieran. La Jueza Suprema no dudaba en culpar a los humanos de cualquier insulto que pudiera recibir la raza élfica.

Deseé con todas mis fuerzas que estuvieran lejos o que no estuvieran o que no se hubieran despertado aún. No quería cruzarme con ninguno de ellos.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Lai-Azzel el Lun Sep 30, 2013 1:01 pm

La presencia de la humana cada vez le era más frustrante y fascinante al mismo tiempo. Una parte de Lai-Azzel deseaba aferrar aquella melena de fuego y hacer uso de la fuerza para sacarla a rastras de la escuela a la que nunca debió entrar. La otra, la que deseaba con todas sus fuerzas encerrarse en la biblioteca y sumergirse en los conocimientos de la magia, se mostraba curiosa ante la oportunidad de saber más de una raza, que a pesar de considerarla inferior, seguía teniendo vida propia y podía permitirse usar la magia hasta el punto de haber incluso archimagos humanos. Sopesó en una balanza ambas opciones y se decantó por la segunda. El horror que la invadió por dentro cuando la humana dijo que, efectivamente, trabajaba en el Bosque Dorado no fue exteriorizado, mas pudo oír los gemidos ahogados de las elfas gemelas cuando tal blasfemia inundaron su fino oído.
—¡Humana deslenguada! —se quejó una.
—¡Qué desvergüenza! —secundó la otra.
—¡Deberían expulsarla! —aclamó la primera.

Lai-Azzel, sin embargo, no dijo nada. La humana la había mirado a los ojos y la duquesa devolvió la mirada con una sonrisa viperina curvando de medio lado sus labios carnosos. Si la belleza de Lai-Azzel ya era abrumadora, hacer contacto con esos ojos aguamarina suponía un enlace entre lo terrenal de seguir respirando y lo divino de estar observando a una criatura que de ninguna manera podría pertenecer a este plano. Su mirada resultaba hipnotizante y parecía penetrar en el alma propia como si la elfa pudiera abrirse paso en los recovecos y secretos de aquel que cometía el error o la buena fortuna de mirar sus ojos. Y así era. Cuando Lai-Azzel comenzó a manifestar sus aptitudes para con la magia, descubrió que podía hacer mucho más que estallar la vajilla de cristal de los Duques del Río cada vez que agotaban su paciencia. Tenía el don, muy poco frecuente en todo el mundo y no sólo en Enawë, de penetrar en las mentes ajenas y leer el pasado y presente de aquel que se dejase y no estableciera una barrera entre sus recuerdos y la presencia de Lai-Azzel en su cabeza. No era su intención causar estragos en la humana ni mucho menos,  sino simplemente medir sus fuerzas contra las de ella. Lo que vio le bastó para saber cuál sería su siguiente paso.
Honestamente —interrumpió la voz melodiosa de la duquesa—, no creo que estéis en potestad de elegir el destino de una túnica roja que ha sido aceptada por el Maestro en sus dominios.

Se refería a Anaë'draýl, por supuesto, y la sola mención del elfo causó escalofríos en las gemelas. A Lai-Azzel le pesaba admitir que aquella humana pudiera ser más fuerte que ella, pero debía hacerlo. Estaba ante una maga consagrada cuando apenas acababa de ingresar a la escuela. Una disputa podría ser fatal para las dos; si bien expulsarían a la humana del castillo por agredir a alguien de la nobleza, Lai-Azzel también tendría que pasar una temporada en el hospital, perspectiva que no le agradaba. Además, estaba el hecho de averiguar en qué escuela había estudiado durante su aprendizaje y si tenía algún tipo de relación con aquellos que verdaderamente interesaban a la Duquesa del Río.

Lai-Azzel se giró y observó las túnicas blancas que, como ella, vestían las gemelas. La diferencia es que ellas ya llevaban una temporada en el castillo y podrían haber ascendido de grado de haberlo querido. Lai-Azzel no pensaba retrasarse tanto. Entonces, la humana se presentó y la elfa volvió a prestarle atención. ¡Qué pregunta más estúpida aquélla que se atrevía a hacerle!
La misma —tensó las manos, pero las mangas acampanadas de su vestido tuvieron a bien ocultarlas—. Tal vez podáis ayudarme a conocer la escuela teniendo en cuenta que sus responsables no se han presentado.


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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Catherine el Lun Sep 30, 2013 5:17 pm

Las críticas de las gemelas llegaron a mis oídos, pero yo no les presté atención. Eran ya casi como un ruido de fondo, como parte del ambiente, como el silbido del viento o el ruido de las hojas al mecerse en un bosque. Mi atención se centraba en la Duquesa del Río, que me devolvió la mirada, y sus ojos... No eran unos ojos corrientes. Lo supe, lo supe al instante.

Sus pupilas negras tocaban mis pensamientos. Conocía aquella sensación, conocía de primera mano cómo funcionaban las intromisiones mentales, cómo podían llegar a doblegar la voluntad. Y entonces, el corazón me latió más deprisa. No estaba segura de que estuviera estableciendo algún tipo de hechizo mental conmigo, ni siquiera estaba segura de que la sensación proviniera de ella. Pero, aún así, aparté la mirada de inmediato, y dejé escapar un discreto suspiro.

La elfa calló a las gemelas, argumentando que no tenían ningún derecho a cuestionar las decisiones del Maestro, que había decidido acogerme en la escuela. La mención de Anaë'draýl me hizo entornar la mirada. «¿De verdad esto es ser aceptada en sus dominios...?», pensé, con pesar. La idea de que yo estuviera allí en aquellos instantes había sido de Shewë, su esposa. De ella había sido la idea, ella me había obligado a quedarme en un lugar como aquel, quizás para cumplir su venganza particular.

Era evidente que ninguno de los presentes parecía satisfecho con las palabras de la duquesa. Muchos murmuraban y, de entre sus murmullos, la palabra humana podía rescatarse de todos. Y luego la dama confirmó su título y me pidió que la ayudara a conocer la escuela, ya que los responsables no se habían presentado. «Y espero que no lo hagan».

Sí, claro. Solo llevo una semana aquí, pero puedo mostraros parte de la escuela.

Para mí aquello era un alivio. Nada me apetecía más que huir del transitado vestíbulo, lejos de la manada de curiosos y de sus lenguas afiladas como dagas. Recordé que llevaba la bandeja en las manos y, con unas simples palabras, desapareció como si nunca hubiera existido. Se trataba de un hechizo de teletransportación; seguramente, reaparecería en pocos segundos en la cocina. No era algo que hiciera a menudo, pues era consciente de que a muchos les ofendía que una humana usara magia ante ellos, en especial a aquellos de menor rango que aún no conocían tales conjuros. Y supe, por sus miradas, que las gemelas eran de ese tipo de elfas. «Sabe la Diosa lo que pensará Shewë de esto», pensé, pero no me asustaba su posible reacción. De hecho, una parte de mí encontraba una maliciosa satisfacción en pasar por encima de todas las normas de la archimaga.

Seguidme, por favor. Os mostraré... la biblioteca.

La biblioteca fue el primer sitio que se me ocurrió. Me aparté el pelo tras las orejas y me giré, levantando ligeramente la falda de mi túnica para subir la escalera. Estaba agotada. Notaba el cansancio en las piernas y también debía notarse en las suaves ojeras que descansaban bajo mis ojos. Subí en silencio y vi bajar a algunos aprendices, que me saludaban a mí con una mirada de desprecio y a la duquesa con halagos y reverencias.

El lugar de destino no estaba muy lejos: solo había que subir a la primera planta, girar a la derecha y luego doblar la esquina. Allí se alzaban unas puertas enormes e impresionantes, de color blanco y de color oro. Aquella mañana solo estaba abierta una de las hojas y se podían ver las largas hileras de librerías que contenían volúmenes muy diversos. Todos los muebles, todos los estantes y todas las mesas seguían el estilo élfico. Decían que una vez, mucho tiempo atrás, la biblioteca ardió por culpa de un nigromante, pero ya no quedaba ningún rastro de tal incendio.

Yo no entré en la sala. Me mantuve a unos metros de distancia, pero se la señalé a la duquesa.

Creo que este es el lugar que puede resultaros más interesante en el Bosque Dorado. —O, al menos, a mí me lo parecía, aunque no había entrado jamás—. El despacho y los aposentos del Señor del Bosque, y también los de la Jueza Suprema, están en la torre central, en la última planta. Ambos esperaban vuestra visita, supongo que pronto vendrán a recibiros.

«Y espero estar bien lejos cuando hagan acto de presencia», deseé.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Lai-Azzel el Mar Oct 01, 2013 11:12 am

Los labios de la duquesa no volvieron a sonreír, mas sus ojos adquirieron una perversa satisfacción en cuanto Catherine le dio la espalda. Si los humanos podían usar la magia y los elfos debían soportar su patética y efímera presencia, ¿por qué no ser sus esclavos o, cuanto menos, sus sirvientes? Aquella fue la única intención de Lai-Azzel cuando habló con ella. Podría haber acudido a las gemelas, a los alumnos o los profesores que convivían en el castillo. Cualquiera habría estado encantado de guiar a la Duquesa del Río en una visita donde conociera las instalaciones, porque sólo entonces habrían tenido una oportunidad maravillosa de regalarle el oído con cumplidos y sustanciosas ofertas de alianza. Quizá incluso aprovecharían para criticar a sus rivales en un intento de que Lai-Azzel también estuviese en contra de ellos durante su estancia en el Bosque Dorado. A simple vista podría parecer absurdo, pero en la corte las cosas funcionan así: o vences o te vencen. Sin embargo, fue Catherine la que se ganó la presencia de la duquesa sin que esta se rebajase ni mucho menos a pedirle su favor. Lo dejó en duda, le dio el sí y ahora se deslizaban escaleras arriba bajo las miradas de perplejidad que siguieron el susurro del vestido blanco de Lai-Azzel. Sólo las gemelas, por su cercanía, percibieron la malicia en la voz de la duquesa y supieron que había tomado a la humana como perro guía. Aquéllo las divirtió y rieron a coro cuando ya estaban lejos del vestíbulo sin saber que otro de los motivos que tenía Lai-Azzel para llevarse a Catherine era, ni más ni menos, librarse de ellas y su tediosa presencia.

El pasillo que encontraron al doblar la esquina a la diestra era casi tan espectacular como el vestíbulo que recibía las escasas visitas o al alumnado del castillo. Lai-Azzel se deleitó en silencio mientras lo recorrían hasta las puertas dobles de la biblioteca. No entabló conversación con Catherine ni se interesó más por ella. La historia de la humana o el por qué se encontraba en el Bosque Dorado no le interesaban lo más mínimo, y tampoco creyó sensato entrometerse en los asuntos de Anaë'draýl y Shewë. Sus motivos tendrían para tenerla entre sus paredes día tras día, pues Lai- Azzel conocía, por su parte, que sólo había excepciones contadas en las que un humano traspasaba las fronteras del Bosque Dorado. Una de ellas y la más importante, quizá la única que vería Lai-Azzel durante su aprendizaje, era cuando un alumno solicitaba ser examinado de la Prueba del Fuego. La complejidad y el peligro de este examen llevaban a los Maestros a la necesidad de solicitar que más de un archimago presenciase la prueba por motivos de seguridad, y a veces dicho archimago era un humano relacionado de alguna forma con el Señor del Bosque.

La puerta de la biblioteca estaba abierta, así que Lai-Azzel pudo ver su interior en cuanto se aproximaron. Al contrario que Catherine, ella si entró hasta que sus ojos hicieron un barrido por las estanterías y el silencioso paraje que encerraban. Supo desde entonces que pasaría mucho tiempo allí dentro, tanto por placer como por deber, y deseó que de alguna forma pudiera permanecer en el Bosque Dorado incluso después de su egreso. Pero las obligaciones como Duquesa la llamarían y este sería un deseo imposible de cumplir.

Lai-Azzel regresó sobre sus pasos apenas un par de minutos después y encontró a Catherine donde debía: aguardando como una sirvienta esperaría la llegada de su señora, o una mascota a su dueña. Sonrió por ello, aunque la sonrisa de la elfa era falsa y seguía pareciendo amable incluso cuando no lo era. Las máscaras de los nobles elfos podían resultar mucho más peligrosas y engañosas que las de los nobles humanos.
Espectacular —evidenció con un asentimiento de aprobación. No le pasó por alto que Catherine no se mostraba cómoda nombrando a los señores del castillo y decidió aprovecharse de ello—. Pero, como bien dices, deben estar esperándome y no quiero que el Maestro Anaë'draýl aguarde en vano mi llegada. Indícame el camino hasta su despacho y prometo dejar de torturarte.

No solo había pasado a tutearla por lo evidente de la diferencia entre raza y estatus, sino que lanzó el comentario como si éste fuese una broma inocente dicha en un momento dado para relajar tensiones. Nada más lejos de la realidad. Lai-Azzel estaba disfrutando de los nervios de la humana y deseaba poder extenderlos todo cuanto pudiese. Con un poco de suerte, quizá incluso pudiera gozar de un encontronazo entre ella y Shewë o su marido.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Catherine el Mar Oct 01, 2013 6:03 pm

La Duquesa del Río entró en la biblioteca y sus ojos se pasearon por los estantes. Yo la contemplé desde fuera, para evitar problemas, mirando con curiosidad todo lo que alcanzaba a ver. Decían que la biblioteca del Bosque Dorado recopilaba algunos de los libros de magia más interesantes de todos los tiempos, sobre todo aquellos relacionados con las especialidades que se impartían en la escuela. Aire y Sonido, dos magias abstractas y complejas. Me habría encantado echarle un vistazo a aquel archivo, pero sabía que no sería una decisión sabia.

Al salir, la elfa esbozó una sonrisa amable y yo se la devolví curvando ligeramente los labios. Se mostró impresionada tras su visita a la biblioteca y me alegré de haber acertado en el lugar que escogí para mostrarle. El simple hecho de que no se sintiera ofendida por que una humana le mostrara el camino lo interpreté como una muestra de cordialidad, casi como una pequeña tregua en el trato denigrante de los elfos hacia los humanos. Esa fue, al menos, la interpretación que preferí guardarme.

Pero, cuando siguió hablando, cuando me pidió que la condujera a los aposentos del Maestro, el alma se me cayó a los pies. Tenía la esperanza de no tener que encontrármelos. Estaba prácticamente segura de que Shewë estaría con él, y nada me apetecía menos que ver a aquella señora y aguantar sus comentarios y miradas, y su sonrisa de triunfo porque se sentía vencedora, porque sabía que estaba obligada a quedarme en el Bosque Dorado y que eso suponía un martirio constante para mí.

La broma que puso punto final a sus palabras logró mermar un tanto el disgusto que me producía cumplir con semejante tarea. Me tuteó, y yo me pregunté si preferiría romper con las formalidades. Pero no era eso lo que sugerían sus formas, ni tampoco sus elegantes ropas, por lo que decidí no arriesgarme:

Para mí no es molestia —dije, con una cortesía que pretendía cubrir la mentira. Sí era una molestia, pero no el hecho de llevarla, sino el hecho de tener que enfrentarme a la pareja de archimagos. «No puedo acobardarme —pensé—. No puedo acobardarme o les estaré dando lo que quieren»—. Está un poco lejos, hay que subir unos cuantos tramos de escalera. Os llevaré, es por aquí.

Podría habernos teletransportado a ambas a la cúspide, pero eso solo adelantaría el momento que temía que llegara. La conduje por los amplios y lustrosos pasillos de la Escuela del Bosque Dorado. No se podía negar que eran hermosos: todos claros, todos luminosos, todos dorados. La magia rezumaba por los cuatro costados, desde cada rincón de la pared; las barandillas de las escaleras eran todas de metal fino, curvado en hermosas filigranas. Era como un palacio, como una joya. Hermoso en su arquitectura, pero pobre en valores.

Llegamos a la torre central y subimos en silencio. Noté el silencio, era un silencio tenso, de los que suelen establecerse entre desconocidos. La situación me hizo recordar las veces que les había mostrado la Torre a los nuevos aprendices y, aunque aquella no era mi escuela ni le tenía ningún cariño, la nostalgia brilló en mis ojos, y esa mínima similitud con los viejos tiempos me hizo sentir un tanto más reconfortada. A esas alturas, ya me aferraba a cualquier cosa para mantenerme cuerda.

Para amenizar un poco el camino, intenté entablar conversación:

¿Estáis emocionada por empezar vuestros estudios? —pregunté, con una pequeña sonrisa—. Pronto veréis que es más fácil de lo que parece al principio. La magia es preciosa. Al principio todo parece muy complicado, pero con el tiempo os acostumbraréis y se os hará difícil recordar cómo era todo antes de aprender a usarla.

Ya solo quedaban un par de plantas para llegar a nuestro destino y, a medida que ascendíamos, el número de elfos se iba reduciendo y yo tenía aún la esperanza de que, al alcanzar el último piso, encontráramos las habitaciones vacías.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Lai-Azzel el Sáb Oct 05, 2013 1:06 am

Subir escaleras hasta la cúspide del castillo no suponía un problema para Lai-Azzel si a cambio se veía recompensada. Y así era. Contando con que, de por sí, los elfos eran más ágiles, rápidos y eficaces en sus movimientos, debía añadirse el hecho de que la incomodidad de Catherine resultaba cada vez más palpable. Cuando Lai-Azzel asintió y se dispuso a seguirla, casi creyó poder arañar el aire con sus propias manos. Estaba cargado y el silencio que se prolongó entre ambas no atenuaba la sensación. La sonrisa de la elfa fue a mayores. No se molestó en ocultarla. A fin de cuentas, Catherine le daba la espalda y los elfos con los que se encontraron en el camino no iban a poner pegas precisamente. Muy al contrario, veían el aire triunfal de la duquesa y la sombría expresividad de Catherine e intuían qué debían estar haciendo o hacia dónde dirigían sus pasos. Algunos se contagiaban de su sonrisa burlona. Otros preferían cuchichear en voz baja para que el oído humano no les oyese, pero no así el élfico ajeno. Toda sonrisa se esfumó de los labios carnosos de Lai-Azzel cuando Catherine volvió a dirigirle la palabra. Seguramente pensase que debía distraer de alguna forma a la elfa para que no cayese en el aburrimiento. No tendría ni idea de que la mejor distracción de la duquesa estaba frente a los ojos de esta y caminaba sin ser consciente de las miradas que taladraban su nuca. ¡Cuan insoportable e insultante le era la voz de aquella humana!

No creo que me resulte muy complicado —aseguró la duquesa. No más que a ti, le habría gustado añadir. Pero entonces se habría delatado y su diversión encontraría punto y final en un comentario hiriente que se guardaría hasta que el color de su túnica igualase las galas que Catherine debería estar vistiendo. El rojo que no lucía y en cuyo lugar estaba esa túnica sucia y maltratada por la noche pasada en vela.

Lai-Azzel no deseaba comparar su inteligencia con la de una humana cualquiera por razones morales y jerárquicas. Los elfos estaban muy por encima de aquella raza, como demostraba el poseer una longevidad mayor y más facultades para la magia. Era cuestión de tiempo que Lai-Azzel alcanzase a Catherine tarde o temprano, siendo seguramente antes de lo que ambas esperaban. Así que decidió cambiar drásticamente el tema de conversación por otro que le acuciaba más y que tenía más probabilidades de ganarse su atención, si Catherine le proporcionaba la información deseada y necesitada.
Antes has dicho que viniste al Bosque Dorado tras la guerra del usurpador —comenzó con la voz pausada de quien desea hacerse entender a la perfección—, ¿por qué? ¿Cómo contribuiste a la batalla?

«Espero que no ayudando al traidor»
, pensó la duquesa. Podía ponerse una máscara y fingir que Catherine le agradaba para obtener lo que desease, pero nunca, jamás, soportaría un ultraje como aquel. De haber estado en el bando que malaventuró la muerte de su padre, la conversación no solo se vería culminada, sino que seguramente Lai-Azzel buscaría la forma de que la vida de Catherine en el Bosque Dorado fuese un infierno mucho mayor que el que ya vivía con sus compañeros.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Catherine el Sáb Oct 05, 2013 5:32 pm

La elfa parecía muy segura de sí misma, porque señaló que no creía que el estudio de la magia fuera a resultarle muy complicado. Era extraño que, siendo nueva en estas artes, se mostrara tan convencida, pero, por otro lado, confiar en sus capacidades le facilitaría mucho el camino.

Ya estábamos en los últimos escalones cuando la Duquesa del Río me preguntó por la guerra. Yo me detuve en seco cuando sacó el tema. Ya casi se me había olvidado que, al presentarme, mencioné tal hecho, y entonces pasaron por mi mente las imágenes escalofriantes de los muertos, tanto los del campo de batalla como los que perecieron en la Fortaleza de Aryewïe, todos los recuerdos que me habría gustado olvidar.

No me inquietaba tanto su pregunta como el tono con el que la había formulado. Respiré hondo y la miré, aunque evité el contacto directo con sus ojos.

Cuando terminé mis estudios en la Fortaleza de Aryewïe, me sumé al equipo de sanadores del Concilio. Fuimos a la guerra con el fin de evitar el mayor número posible de bajas. Salvamos las vidas que pudimos, aunque se perdieron muchas. —«Como la de Lord Strord. Como la de Numa», pensé, con un nudo en la garganta—. Fue una experiencia... terrible. En Aryewïe todavía quedan algunos heridos que no se han recuperado. Pero el Concilio y las Casas Élficas determinaron que la batalla era necesaria. —«Aunque pudo haberse hecho de mejor manera»—. Era una locura que Félix Vonturin siguiera provocando estragos en un reino que no le correspondía. Y si daba amparo a los Secretos, los problemas ya no serían solo para el Reino de los Elfos, sino también para toda la comunidad mágica. Es algo que no se podía permitir. Confío en que apresen a los que quedan en el ataque a Gadrýl.

«Confío en que sobrevivan...», pensé, con tristeza. Me quedé en silencio unos segundos y luego subí el último tramo de escalera. Habíamos llegado a la planta más alta de la torre central, a los dominios privados de Anaë'draýl y Shewë. Era un espacio enorme, con numerosas puertas que daban a infinidad de dependencias, todo de oro. No vi a nadie por allí y, por un momento, pude respirar tranquila.

De todas formas, no creo que os agrade tratar ese tema. Hoy es vuestro primer día en la escuela y no deberíais recordarlo como un episodio triste. —Exhalé un suspiro y recordé la alta posición de la dama. Al fin y al cabo, era lógico que lo preguntara. Su pueblo había sufrido las consecuencias de la batalla. Tal vez incluso su familia hubiera participado—. Siento que haya sido vuestra tierra quien haya tenido que sufrir estas desgracias, pero, por suerte, en El Anillo todo ha regresado a la normalidad.

«Eso esperamos todos». Volví a quedarme en silencio y extendí el brazo, señalándole las puertas. Tras subir las largas escaleras, las piernas me dolían y me notaba exhausta, como si me pesara todo el cuerpo. Deseaba desaparecer antes de que Shewë y Anaë'draýl hicieran acto de presencia, pero no quería ser descortés con la duquesa.

Estas son las dependencias del Maestro, señora. Podéis esperarlo aquí, no tardará en llegar —dije, visiblemente incómoda y mirando hacia todos los rincones y hacia todas las puertas, temerosa de distinguir a cualquiera de los archimagos.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Lai-Azzel el Dom Oct 06, 2013 1:49 am

Lai-Azzel habría esperado una historia mucho más relevante sobre cómo se desarrolló la batalla y no una excusa de por qué ejercía de sanadora en el Bosque Dorado o el Concilio. Aun así, la mención de los heridos de Aryewïe arracó escalofríos y recuerdos no menos desagradables en ambas cabezas. La de la elfa sufrió una convulsión de emociones que entrechocaban sin orden ni sentido como si un apocalipsis de sus recuerdos azotase cada rincón de su alma. No exteriorizó lo que pensaba o sentía, pero rememoró la última mañana que pudo ver a su padre con vida. El que por entonces era Duque del Río se había reunido aquel día con sus consejeros y llegado a la determinación de que debía servir al concilio por un bien común, aunque eso significase ser acusado de traición si el falso rey ganaba la batalla. Lai-Azzel vio en los ojos de su padre, de la misma tonalidad aguamarina que los de ella, la sombra de la preocupación que eclipsaba cualquier tipo de elegancia o arrogancia propias de la raza. Recordaba haber bromeado con él a costa de un golpe bajo que luego lamentó; acariciando los cabellos dorados del duque, le dijo entre risas que parecía más humano que elfo y que segaría la vida del truhán que hubiese osado sembrar el desconcierto en la privilegiada solemnidad de su señor. El duque, en otro momento y otra ocasión, habría replicado y la habría regañado por la comparativa. Lai-Azzel habría sabido que todo marchaba bien. Pero en lugar de eso, sonrió débilmente, abandonó los protocolos de la nobleza y abrazó a su hija con la fuerza de quien desea fundir dos cuerpos distintos para proteger al ajeno. «Quizá intuyó su propia muerte y era su forma de despedirse», sopesó Lai-Azzel. El corazón de la duquesa dio un vuelco, uno de tantos que asaltaban cruelmente su pecho cada vez que recordaba aquella mañana. Si hubiera estado más atenta, habría atado cabos ante las señales de aquel adiós tan particular y habría leído la mente de su padre para saber lo que pasaba. Pero, inocente como era, pensó que no era quién para entrometerse en sus planes de guerra y lo dejó correr. Cuando más tarde le dijo que partiría en el interior de un carruaje de camino a tierras mucho más seguras que El Anillo, se limitó a asentir y aceptar las órdenes de sus padres sin rechistar, mas no pasó desapercibido el miedo en los iris azules de su madre, que estuvo presente durante la noticia. Lai-Suan tampoco dijo nada a su hija, pero le constaba que aquella noche rogó a su marido que durmiera en su lecho para que pudieran compartir las escasas horas que los separarían, no solo durante la batalla, sino el resto de sus vidas. «Ella también debió presentirlo», comprendió Lai-Azzel. De pronto se sentía estúpida por haber sido la única ilusa que no se dio cuenta de nada hasta que ya fue demasiado tarde.

Catherine tuvo a bien cambiar de tema y Lai-Azzel se sorprendió a sí misma agradeciéndoselo en su fuero interno. Aquello la enfureció tanto con la humana como consigo misma, y frunció el ceño alzando el mentón para observar los ornamentos de oro que reverberaban tanta magia como en los pasillos inferiores. La sanadora había mencionado el ataque a Gadrýl y Lai-Azzel cayó en la cuenta de que debía tomar la decisión de prestar la ayuda de sus soldados al Concilio o dejarlo correr con la excusa de no poder permitirse más bajas tal y como estaba la situación en la Casa del Río.  Supo que tratándose de Shewë, después de lo que había presenciado en el juicio, no tendría elección.
Nada de esto será normal hasta que lo nuestro nos pertenezca de nuevo —aseveró la duquesa. Se refería, naturalmente, a la reconquista de Gadrýl y la expulsión y posterior condena de sus ocupantes.

La guerra no acabaría hasta que los elfos recuperasen su territorio. Porque de los elfos dependía, a su manera, que los humanos no se vieran en la misma tesitura. Su tabla de salvación, el límite fronterizo que obstaculizaba el avance de los Secretos. Porque si debía tener una mentalidad semejante a la de ellos, siendo la propia, ya de por sí, bastante parecida por su ambición, Lai-Azzel no se limitaría en absoluto con encerrarse en un solo territorio pudiendo tener bajo su mando muchos más. La duquesa pasó junto a Catherine esparciendo aquel olor a flores que sus perfumes dejaban en el ambiente y con el vestido blanco siseando a cada paso que sus pies redirigían hacia la puerta del despacho.
Ve a descansar, Catherine —dijo Lai-Azzel sin mirarla; su voz sonó nostálgica y ajena al presente—. Todos lo necesitamos.

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Re: Caras nuevas [Libre]

Mensaje  Catherine el Dom Oct 06, 2013 6:42 pm

La duquesa tenía razón. Nada sería normal hasta que Enawë les perteneciera por entero a los elfos, hasta que los Secretos se marcharan tal como habían venido. La batalla de Gadrýl era inminente, ya estaría a punto de comenzar. Y yo tenía miedo de sus resultados. Tenía miedo de recibir la noticia de las bajas. Tenía miedo de muchas cosas.

En mis circunstancias, ya solo me quedaba esperar. Esperar, esperar y esperar; esperar hasta que pudiera irme del Bosque Dorado y regresar a la Torre, esperar hasta que llegaran noticias nuevas. Mi tiempo de ser parte de la guerra ya había pasado y confiaba en que no tuviera que volver a enfrentarme a una situación parecida, aunque, dadas las circunstancias en las que se encontraba nuestro mundo, ese sueño se me antojaba prácticamente inalcanzable. «Y ya no sé qué es peor. Si jugarme yo la vida o tener que rezar por los que se la juegan».

Era angustioso que todo tuviera que ser así. Habría dado cualquier cosa por escapar del oro de aquella escuela, de los trajes de seda de los nobles y del prestigio que tenía toda su historia. Habría dado cualquier cosa por pasar el resto de mi vida en una humilde casa de madera, en medio del campo, lejos de todas las presiones y de todos los conflictos sociales; con mis padres a mi lado, con Cres, con Michelle, con todos los de la Torre. ¿Existiría aún alguna posibilidad de que las cosas volvieran a ir bien?

Ella pasó a mi lado y su aroma de flores frescas se quedó impregnado en el aire. Dijo que podía irme a descansar, que todos lo necesitábamos. Y había tintes extraños en su voz. Tal vez estaba triste. La batalla de El Anillo aún estaba demasiado reciente y nosotros nos encontrábamos en plena ciudad. Si te asomabas por la ventana, podías ver buena parte de la ciudad en ruinas y el laborioso proceso de reconstrucción del Palacio Élfico en la distancia.

Qué tengáis un buen día —le deseé, simplemente.

«Catherine». Tras una semana en el Bosque Dorado, ya casi se me hacía extraño que me llamaran por mi nombre, y no humana o calificativos peores. Sonreí y añadí, antes de retirarme:

Si necesitáis algo más, avisadme.

Después murmuré unas palabras para teletransportarme y desaparecer de la estancia. Al llegar a mi habitación, caí rendida sobre el colchón duro de la cama y repasé mentalmente todas las cosas que me preocupaban, desde lo más insignificante a lo más importante, hasta caer en las redes del sueño bajo la luz de un nuevo día.

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