La Torre
Bienvenidos a La Torre, un foro de rol progresivo basado en las Crónicas de la Torre, trilogía escrita por Laura Gallego García.

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[P. I] Porque hubo una vez un juramento...

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[P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Oráculo el Sáb Oct 11, 2014 5:54 pm






Cuando es medianoche en el Valle, aunque no esté sometida la Torre a la Maldición del Maestro, se escuchan los aullidos de los lobos, sobre todo si la luna está llena. En la escuela y sus inmediaciones es una noche como cualquier otra; aparte del canto de los lobos y del sonido del viento, no se escucha nada más; los aprendices duermen, no se ven apenas luces encendidas tras las ventanas, y nada parece indicar que vaya a suceder algo que rompa con la rutina.

Los árboles del bosque, con la llegada del otoño, están empezando a perder sus hojas, y estas se amontonan entre la tierra, sobre el suelo. Y en un amplio claro rodeado por altas plantas, parece ser que alguien ha llegado para interrumpir la acostumbrada soledad nocturna del Valle de los Lobos.


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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Riak el Sáb Oct 18, 2014 12:48 am

Anaë de Nyx era un buen dragón. Tenía las alas más negras que la noche, más negras que mi pelo, casi tan negras como mi alma. Era rápido, le gustaba volar cuando el cielo estaba oscuro, y no le desagradaba pasar largas jornadas descansando en la Cueva, muchas veces en el patio de la Fortaleza de Aressher (o al menos así había sido mientras era Señor). Y esa noche, todo estaba en calma sobre el Valle de los Lobos; la brisa era ligera, pero la velocidad a la que viajábamos hacía que esta me apartara con fiereza el pelo de la cara.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que me acerqué a la Torre. La silueta oscura de la escuela se distinguía incluso en la oscuridad, y permanecía tan rígida para siempre, como si fuera indestructible, como si sus muros se hubieran levantado desde antes de que se levantaran las montañas, pero aquello no era más que una apariencia: la escuela era frágil, podía ser fácilmente destrozada, si no estuvieran la Señora de la Torre y sus perros velando por la seguridad del espigado edificio.

La alegría por la muerte de Shewë todavía me duraba, aunque el éxtasis no era ya tan intenso como en el momento en que Tahros nos dio la agradable noticia. Aún quería, sin embargo, probar de nuevo el sabor de una sangre que no fuera la mía, que no fuera la de mis heridas durante las torturas que sufrí en el Supplicium...

Le ordené al dragón que descendiera, y descendió con suavidad. Sobrevolamos las copas de los árboles mientras yo buscaba algún lugar donde pudiéramos efectuar con éxito el aterrizaje, y lo encontré tras casi un cuarto de hora de recorrido: un claro al pie de las montañas, del tamaño suficiente como para que Anaë pudiera aterrizar sin problemas.

Eres un dragón estupendo —le dije—. Algún día te llevaré a Tamika para que pruebes el sabor de los elfos.

La criatura no dijo nada; se limitó a aterrizar en silencio y, cuando lo hizo, plegó las alas. Anaë de Nyx nunca hablaba, y yo no sabía si se debería a su desconocimiento de la lengua o, simplemente, a su carácter introvertido. Suspiré, miré a mi alrededor y bajé del dragón, levitando. Al posar los pies sobre la tierra, crujieron las hojas del suelo. «Así es como crujen los huesos cuando se parten». Pero no había a esas horas, en medio del bosque, ningún ser racional, o nadie esperaría que lo hubiera.

No me importaba. Mi objetivo no estaba en el Valle, sino en la Torre. Sin prisas, dispuesto a saborear el momento y a disfrutar del paseo, dejé atrás al dragón y me interné en la espesura. Casi podía palpar el poder de la Magia de la Tierra presente en todas las cosas. «De modo que así eran las escuelas cuando tenían su correspondiente Secreto...». La Transformación derivaba de la Tierra...

Era, sin duda, un buen lugar para el líder de la Necravia.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Haku el Dom Oct 19, 2014 5:06 pm

Esa noche me tocaba hacer guardia en la Torre. Tras dejar a Narshel dormida en su habitación, empecé a recorrer en silencio los oscuros pasillos, vigilando sin mucho interés el vacío y las sombras. Era una noche como cualquier otra, y, por fortuna, en los últimos meses no habíamos tenido ningún peligro que interrumpiera la tranquilidad de la escuela. La Señora de la Torre, sin embargo, siempre estaba alerta; la preocupaba la existencia de la profecía, así como las predicciones de Naiara y las advertencias de aquel extraño mensajero de la Diosa que, según me contó, se les había aparecido en el Concilio.

Por esos motivos, y por el largo historial de incidentes que la escuela había sufrido en el pasado, habíamos reforzado los hechizos de protección; cualquier precaución era poca cuando se trataba de proteger a los aprendices. En ese aspecto, Narshel y yo estábamos de acuerdo, pero eso no quitaba que las noches de guardia fueran especialmente aburridas.

Recorrí los doce pisos de la Torre y no me encontré a nadie por el camino; como era habitual, todos dormían. Cuando volvía a subir las escaleras, me detuve en la novena planta y abrí la puerta que conducía a las almenas. Una brisa suave me dio en la cara al salir al exterior, y después el tiempo se quedó quieto. Pensativo, posé las manos sobre las piedras y recorrí el Valle de los Lobos con la mirada. Las altas siluetas de las montañas se veían preciosas bajo la luz plateada de la luna...

Hacía más frío que otras noches; era ya una evidencia que el verano había concluido. En cierto modo, el cambio de estación me alegraba, porque podía llevar capa y guantes sin que me molestara el calor, y así no tenía que gastar tanta energía en hechizos que me escondieran. «Desde que vuelvo a estar vivo..., ningún momento del día me parece mejor que la noche...». ¿Era aquello una consecuencia de mi condición de mago oscuro? Nunca llevaba la túnica negra, la detestaba, pero todavía tenía la capacidad de utilizar magia oscura sin ninguna dificultad... ¿Jamás podría tener limpia el alma, como en otros tiempos?

Un zumbido me distrajo de mis cavilaciones. Ladeé la cabeza; no era más que una mosca. Con su vuelo como ruido de fondo, seguí observando el paisaje en sombras que se extendía ante mis ojos, y, al principio, no advertí ningún movimiento extraño, pero, en un determinado momento, me pareció ver una sombra gigantesca en la distancia, una sombra que, cerca de las montañas, cruzaba el cielo y luego se sumergía en la marea de árboles.

Fruncí el ceño, extrañado. Aquella sombra podía ser cualquier cosa, o podía no ser nada, en el caso de que mi vista me hubiera engañado. Fuera como fuese, era mi deber comprobar que no merodeara por la Torre ningún ser que pudiera suponer una amenaza. Como, después de tantos años existiendo allí, conocía casi todos los rincones del Valle, no tuve problemas para visualizar el lugar donde había visto esfumarse la sombra, y, tras dedicarle una última mirada a los muros de la Torre y a la mosca ruidosa, me teletransporté hasta allí.

~ o ~

Aparecí en medio de la espesura, sin saber si habría calculado bien el lugar donde había visto, o me había parecido ver, la sombra fugaz. Pero allí solo había bosque: hojas en el suelo, árboles altos y senderos oscuros. «Tal vez solo fueran imaginaciones mías», pensé, algo más tranquilo. Para los traidores era más sencillo ver entre las sombras, por lo que no tuve que encender ninguna luz mientras andaba.

Caminé un buen rato por el bosque, mirando a todos lados. No vi nada, y solo oí el canto de los lobos, que aullaban como todas las noches.


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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Riak el Mar Oct 21, 2014 12:01 am

Al escuchar los pasos, me escondí entre las sombras y permanecí inmóvil, no por una cuestión de miedo, sino por la ventaja que podía concederme el factor sorpresa sobre la presa, si era esta interesante. Actuando en el más absoluto de los silencios, me desplacé con mucho cuidado, levitando ligeramente, confundiéndome entre las hojas, hasta situarme en una posición que me permitiera ver con claridad quién era la persona que se acercaba.

Levanté mi propio cuerpo, hasta dejarme caer sobre la rama de uno de los numerosos árboles del valle. Y entonces vi a un hombre delgado, de espaldas. La noche era oscura y no se distinguían bien los colores, pero me pareció que llevaba ropas de color tierra, y no tenía una túnica, aunque fuera mago; yo sabía que era mago, y no de los buenos. En ningún sentido.

Lo delataba el pelo rubio pálido. «Veo que hoy me sonríe la suerte». Antes de bajar, murmuré unas palabras suaves y casi inaudibles, y luego regresé al suelo, ya sin ninguna preocupación por esconderme, y las hojas sonaron bajo mis pies. El ruido llamó su atención, dio media vuelta y entonces me vio.

¿No se esperaba volver a verme? Eso era lo que sugería su expresión.

Vaya, Haku. ¿Te acuerdas de mí? Soy aquel pobre elfo al que torturaron en el Supplicium...

Con cierta teatralidad, dejé escapar un triste suspiro. Incluso allí, en el denso bosque, seguía viéndose la cúspide de la Torre si uno miraba al cielo en la dirección adecuada. Pero los ojos engañaban: por muy clara que estuviera su silueta, la escuela se encontraba demasiado lejos.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Haku el Miér Oct 22, 2014 4:13 pm

Un sonido, me di la vuelta y no di crédito entonces a lo que veían mis ojos. De entre todos los seres del mundo, tuvo que aparecer él; tuvo que aparecer esa noche, de entre todas las noches del mundo. Riak de Nyx. Sabía que había escapado de la prisión del Supplicium y que, tarde o temprano, aparecería para demostrarme que ninguno de mis esfuerzos (y los esfuerzos de William y del Concilio) habían servido de nada, pero no esperaba que se atreviera a aparecer en el Valle de los Lobos, tan cerca de una escuela de magia, cuando el atrevimiento de pisar Ekhleer le había costado la cárcel y, casi, la muerte.

Él nunca olvidaba una ofensa, y era tal su capacidad de guardar rencor que, aun cientos de años después, seguía buscando formas de vengarse de mi madre. ¿Ahora estaría buscando la manera de vengarse de mí? No pensaba quedarme a comprobarlo, ni tampoco a escucharlo.

No le respondí; lo primero que hice al verlo fue pronunciar el hechizo de teletransportación. Si Riak estaba allí, lo primero era informar a Narshel.

Vèth Ewë Tót Iak

Cerré los ojos, esperando las sensaciones propias del conjuro al ser realizado, pero no sucedió nada. Los abrí; nada pasó. ¿En qué me había equivocado? Lo intenté de nuevo, canalizando toda mi magia, centrándola en el conjuro, y todo lo que obtuve como resultado fue un ruido sordo, y la magia regresando de nuevo...

Miré a Riak, recordando. El Espejo invisible. Estaba haciendo lo mismo que yo había hecho con él el día que lo atrapamos.

Vete. Vete o vendrá Narshel, y te llevará de nuevo a esa prisión de la que nunca debiste salir.

No temía por lo que pudiera hacerle a la Torre, habíamos reforzado su protección hasta tal punto que sería imposible que atravesara la puerta sin que todos sus habitantes se dieran cuenta de ello, y llegaran a tiempo para detenerlo.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Riak el Miér Oct 22, 2014 4:53 pm

El pobre mago se quedó atónito cuando vio que no funcionaba su hechizo de huida, y se tuvo que quedar en el mismo sitio, sin poder escapar, ni avisar a nadie de que un nigromante acababa de llegar al Valle.

¿El tiempo te ha hecho más cobarde o eso es solo un logro de la magia negra?

Me quité un anillo que llevaba en el dedo anular y lo puse sobre la palma de mi mano izquierda, mientras con la otra mano lo acariciaba, y fui así deshaciendo el hechizo que lo escondía, y el anillo dejó de ser un anillo: primero fue una nube de sombras, luego fue un objeto cuadrado, luego un libro, luego... el Ars Sacratorum.

Todos mis gestos eran lentos. Pese a estar tan cerca de una escuela de la Diosa y de un traidor, hijo de Aglae, todo en mí era calma, una felicidad tranquila, asentada sobre una confianza plena tanto en mi suerte como en mis habilidades. Y la noche era también tranquila y silenciosa, oscura y muy bonita, como bonitos eran los aullidos de los lobos que venían de la distancia. No había bebido ni una gota de vino antes de llegar al Valle, ni tampoco durante el viaje, pero me sentía bien, y no era habitual que me sintiera tan bien estando sobrio. «La muerte de Shewë es mejor que el vino», deduje.

He venido a recordarte el juramento que hiciste en el Templo Oscuro, aunque supongo que ya lo recordarás. ¿Es por eso que ahora llevas guantes? Debías estudiar en la Torre hasta graduarte, luego vestirías la túnica negra, y una vez tuvieras la túnica negra, me servirías. ¿Qué fue lo que no entendiste? ¡No era tan complicado!

Dejé escapar una risa y abrí el libro por una página cualquiera. Quiso la casualidad que se abriera por la sección del elemento Agua. Sin pretenderlo, Haku, con su aparición en un punto alejado del bosque, había facilitado mucho el proceso.

¿Sabes? Te pareces tanto a tu madre... —comenté, mientras mis ojos, capaces como los suyos de ver bien en la oscuridad, recorrían las letras del Ars—. En el pelo, en los ojos, en la sorprendente capacidad de incumplir lo prometido, en esa inclinación absurda a la magia de la Diosa... Aunque tú eres más débil que ella ante los encantos del amor. ¿No es así?

Gracias a esa debilidad, a través del viejo Kai de la Señora de la Torre, había podido procurarle muchos problemas a esta última. Y allí estaba para seguir causándoselos...

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Haku el Jue Oct 23, 2014 10:27 pm

Romper su barrera o contrarrestar el Espejo invisible no era una opción viable; su magia era demasiado poderosa como para que yo pudiera combatirla. Y, además, como bien me recordó el nigromante, estaban el juramento y sus consecuencias. Recordaba ese día como si acabara de vivirlo, recordaba cómo me había dejado engañar por mi desesperación y por mis promesas, cómo acepté los costes de una actividad ilegal como es la resurrección, y todo lo hice por un solo motivo. El único motivo por el que hacía todas las cosas desde que la Diosa me eligió como Kai...

Fui débil y pagué por ello. Pero los tiempos habían cambiado. Ahora había vuelto a desligarme de Riak y su entorno de sombras; había vuelto a la Torre, que era mi hogar, para demostrarle al mundo que yo no era un traidor, que nunca lo había sido. Mi único pecado fue la ignorancia, nada más.

Y sin embargo, estaba el juramento. Apreté los puños, quedándome callado, observando atentamente al elfo con su Ars Sacratorum, por si se distraía en algún momento y yo podía aprovechar la oportunidad para escapar. Desde la captura de Riak, mi magia ya no funcionaba como debiera, y sabía que, aun estando en mis plenas facultades, era difícil que en la lucha tuviera una oportunidad. Él actuaba con la tranquilidad de un hombre que cumple con las labores de su rutina diaria, ¿cómo podía ser capaz de vivir con tantos crímenes a su espalda...?

«No está aquí para luchar, no viene a buscar mi muerte», pensaba, y sabía que estaba en lo cierto. No era su estilo. Si yo era la razón por la que se dirigía a la Torre, era porque pretendía utilizarme para algún fin, y no dudaba de que pudiera hacerlo.

¿A qué has venido?


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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Riak el Sáb Nov 01, 2014 7:44 pm

Ya desde la prisión del Supplicium había pensado en lo que haría la próxima vez que viera a Haku, pero mis planes habían cambiado a lo largo del tiempo y en aquel instante, con el dragón a poca distancia de nosotros, tranquilo y oculto, y mi Ars abierto en una página con interesantes conjuros sobre el elemento Agua, se me ocurrían nuevas ideas que podía añadir a la original. Mi mente estaba despejada; tenía todo el tiempo que quisiera. El control de la situación era mío.

Ya te lo dije. Solo vine a recordarte un juramento.

Avancé un par de pasos, hasta quedarme a pocos centímetros de la barrera encantada con el hechizo Espejo invisible. Aunque el dragón nunca hablaba, sí conocía su nombre cuando mi voz sonaba en su mente, de modo que la busqué y le dije: «Anaë, acércate». Y, poco después, vi como los ojos de Haku se dirigían, bien abiertos, hacia arriba, y yo escuché al dragón resoplar, y sus pasos hicieron temblar la tierra... No necesité girarme para saber que estaba allí.

Y bueno..., me he permitido traer a un amiguito. O a unos amiguitos, mejor dicho. —Como para mostrar mi evidente superioridad, le sonreí—. He vuelto a reunir a la Necravia y los he convencido para acompañarme regalándoles unos cuantos dragones como este. ¿Qué te parece? Hemos pensado en atacar la Torre esta misma noche... Pondremos a Dahienna como Señora de la Torre cuando matemos a Narshel y luego mataremos a los aprendices... A los que no se unan a nosotros, claro.

Él no dijo nada, pero me miraba muy serio, como intentando adivinar cuánto de verdad había en mis palabras de serpiente. Acaricié con delicadeza las hojas del libro.

Pero ahora que te he visto se me ha ocurrido una idea que te puede gustar. Podría darte una segunda oportunidad para cumplir con tu promesa; podría limpiar de nuevo tu sangre y tu piel... —Hice una pausa, y entonces se levantó una brisa agradable—. Voy a resucitar a tu madre. Y para eso necesito un espejo nuevo, y para construir un espejo nuevo, necesito ciertos materiales. Entre ellos, la memoria de un hombre, que entregue sus recuerdos de forma voluntaria durante el ritual de encantamiento.

»Si renuncias a todo y cumples con tu deber, no atacaremos la Torre. La Necravia valora más los espejos interdimensionales que las escuelas de magia. Puedes fiarte de mi palabra, querido huérfano desdichado: aunque sea un nigromante, Riak de Nyx cumple lo que promete.


No era una afirmación del todo falsa. Me prometí a mí mismo que mataría a Aglae y la maté.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Haku el Sáb Nov 01, 2014 8:37 pm

Levanté la cabeza cuando sentí la tierra temblar, sobresaltado, y mis ojos se toparon con la silueta negra del dragón; sus pupilas negras eran del tamaño de una cabeza humana, y tenía la boca entreabierta, dejando ver sus colmillos blancos. Tragué saliva, sin comentar nada, y Riak habló, pero no hacía falta que dijera nada; ya sabía, desde que lo vi aparecer, que sus intenciones no eran buenas. Las intenciones de un nigromante nunca eran buenas.

Lo que no me esperaba era que hubiera venido acompañado de la Necravia. Al principio no lo creí, o no quise creerlo, pero podían estar escondidos detrás de las montañas, o podían aparecerse en cualquier momento, montados en sus dragones, o teletransportándose, ¡de cualquier manera! La presencia del dragón confirmaba la verdad que había en sus palabras. «No se acercaría solo a la Torre después de lo que pasó. No se arriesgaría a que lo capturaran otra vez si no estuviera seguro de que eso no va a suceder».

La última parte de su discurso me resultaba familiar. Era una de sus ofertas, ¡otra más! ¡Y quería resucitar a mi madre! Ese dato me hizo apretar los puños, porque no quería que perturbara su descanso. Si ofrecía mi memoria para la construcción de su espejo, ni él ni sus compañeros atacarían la Torre; la condición era que yo renunciara a mí para siempre, y una vez hubieran desaparecido absolutamente todos los recuerdos y todas las experiencias que constituían mi persona, sería una marioneta en sus manos. «Sabe la Diosa lo que pretenderá hacer con mi madre...».

En otro tiempo habría aceptado su oferta sin dudar, con tal de evitar que atacaran a Narshel, pero no pensaba caer dos veces en la misma trampa. Si no atacaba esa noche, ¿qué le impediría hacerlo la semana siguiente? Mi sacrificio solo ayudaría a retrasar los males, o a generarlos, incluso. Y esa idea de renuncia... Esa idea de renuncia me trajo a la memoria una parte de la profecía: «Otro renunciará a todo para proteger a su amor».

Había dado con la clave: eso era lo que Riak pretendía. Que yo renunciara a todo para proteger a mi amor. Como en la profecía del báculo, el bando oscuro procuraría que todo lo que los dioses dictaban se cumpliera de forma que le beneficiara a él.

No. Nunca más volveré a caer en tus malditos trucos.

La sonrisa desapareció de la boca del nigromante y entonces hizo un gesto, escuché un ruido, y supe que era mi oportunidad. Había roto la barrera, tal vez con la intención de probar métodos más efectivos de persuasión. Volví a intentar el conjuro de teletransporte, pero solo tuve tiempo de pronunciar la runa de Veth antes de que un frío gélido entumeciera mis manos, y una punzada de dolor me recorriera los brazos.

Riak me miraba, y el dragón tras él. No lo pensé dos veces. Si no podía escapar mediante la magia, mi única opción era correr.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Riak el Jue Ene 15, 2015 1:35 am

«¿Nunca más?». Me gustaba el sabor de la palabra nunca, pero eran tantas tantas las veces que la había pronunciado que ya no era para mí más que una palabra desgastada, sin peso, sin carga, sin significado. Nunca más beberé, nunca más seré derrotado, nunca más dejaré con vida a todo aquel al que pueda matar, nunca más renunciaré a un objetivo, nunca más dejaré pasar la oportunidad de una venganza merecida, nunca más seré encerrado, nunca más visitaré otra dimensión, nunca más volveré al estúpido cuerpo de un elfo, nunca más partiré de este puerto, nunca más me iré, nunca más regresaré, nunca más regresaré a Enawë, nunca más a Tamika, nunca más, nunca, nunca, nunca.

¿Qué valor le quedaba a la palabra nunca cuando arrastraba tantas promesas muertas?

Un pensamiento me bastó para romper la barrera que le impedía escapar. Haku de Kahara quiso huir, pero yo tenía el Ars Sacratorum en mis manos y su juramento en mi memoria. Obedeció su sangre a mis designios, y obedeció el Agua a lo que quise. Susurré runas y runas, runa tras runa. Él detuvo su magia; era imposible que no lo supiera: al mismo tiempo que se le quebraba la piel bajo la ropa y los guantes, se le quebraba el alma desde el día de su traición, y, con ella, se le quebraba la fuente de su magia.

En un intento desesperado, corrió. Y yo me reí. Casi podía sentir el calor de su sangre en la mía propia. Cerré el puño.

Sasel Ewë Oblêv Dòh

Cayó al suelo con un ruido sordo, y con los brazos fríos, rígidos e inmovilizados, y las piernas estiradas. En su caída, dejó escapar un quejido, y yo dejé de reír. Él, tembloroso, quizás incapaz de creerse nada de lo que le sucedía, se apoyó en la hierba y levantó la cabeza del suelo. El pelo se le pegaba a las mejillas; le rodeaba el rostro, medio cubierto de tierra.

Eres verdaderamente cobarde —dije, saboreando cada una de mis palabras.

Cerré el Ars Sacratorum y este volvió a transformarse en un anillo, y me encajé la preciada joya en el dedo. Me acerqué a Haku, ante la mirada atenta de mi dragón Anaë, que lo observaba todo con curiosidad, y luego me agaché junto a él. Él hizo un intento por moverse, pero estaba pálido, frío, paralizado.

¿No sabes que un espejo es el objeto más preciado que un Kin-Shannay puede tener? Más aún cuando el Kin-Shannay es nigromante...

Hablarle a él era, casi, como hablarle a Aglae.

Mi primera Kai deseaba la resurrección casi tanto como tú, pero le era tan fiel a la Diosa que me abandonó cuando se la ofrecí. Ya sabía que no existía ninguna posibilidad de hacerme regresar al Bosque Dorado, al mundo de la luz, los colores de los elfos, sus glorias... Conocí a Tahros. Le pedí el mejor báculo que se ha creado jamás. La archimaga maravillosa se quedó sin su magia y el resto de sus días no fue más que una enferma triste; pudo haber sido tan grande, y ¿quién recuerda su nombre ahora?

»Durante treinta años te esclavizó una dolencia que acabó procurándote los peores sufrimientos en los últimos años; solo deseabas la muerte entonces, ¿recuerdas? ¿Y sabías que tu padre murió torturado, desmembrado y quemado por la Inquisición? ¿Y los hijos muertos que nacieron de tu madre? ¿Y tus hermanastros? Los tres murieron a edades tempranas: cinco, seis y siete años. La segunda esposa de tu padre se ahogó en el río cuando cumplió los veintinueve.

»Todo eso, por un báculo. Un simple báculo que una vez fue mío. Tal era el poder de sus maldiciones... Fue una lástima que la Diosa conspirara en sus profecías para destruirlo.


Haku permanecía inmóvil y mudo, pero sabía que me estaba escuchando. Quería que me escuchara. Tenía muchos motivos para querer que me escuchara.

Mi primera Kai... Ella quería la resurrección, y nunca la tuvo. Y tú sí. Le di el don de la vida... a un cobarde. Ni siquiera eres capaz de sacrificarte para que la Necravia no ataque la Torre. Lo sabía, lo sabía desde la primera vez que te vi, asomado a la ventana de tu habitación, el día del funeral de tu madre. De todos los Allune y de todos los Ciel, tú eras el más débil y, sin embargo, te ganaste el corazón de la archimaga más de lo que se lo ganó nadie. Y dirán luego que la Diosa es justa. No lo es. Y el Dios es la victoria. Tenlo presente.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Haku el Jue Ene 15, 2015 2:11 am

Caí al suelo de la misma forma que cayeron todas mis esperanzas. Notaba mi piel fría, mi sangre fría, y un dolor intenso en el centro del pecho, que se agravaba con cada palabra que Riak pronunciaba. No quería pensar; los pensamientos me nublaban la mente, y me hacían más débil, mucho más débil de lo que ya era y de lo que siempre había sido. Los recuerdos de mi primera vida eran dolorosos, y más si era él quien los mencionaba. «Nos destrozaste a todos solo porque tú quisiste». Por su culpa, solo por su culpa, yo había pagado el error de mi madre, que fue conocerlo, desde antes de nacer y más allá de la muerte.

El dolor era insoportable, y mi cuerpo estaba débil e inmóvil... Ni siquiera podía gritar. Todas mis fuerzas se concentraban en mi pensamiento, en revivir los recuerdos, cada uno, todos ellos... «No. No. No». Sus palabras eran zumbidos tan molestos como el revoloteo de las moscas, y no tenía ninguna posibilidad de espantarlas.

«Está cerca», advertí. Riak se había agachado junto a mí mientras hablaba. «No podrá obligarme, de nuevo, a ser su esclavo. Tengo que pensar en el presente. La Torre. Narshel. El Valle. El dragón. El templo. La Necravia. La profecía...». Sentí el calor, un calor tímido corriendo por mis venas. «Ahora. Si me detengo, perderé la oportunidad».

Levanté una de mis manos y, sin pensar, empecé a pronunciar todos los hechizos que se me venían a la mente.

Iak Gaja Nän Iak Sasel


El resultado fue una bola de fuego. Y, tras él, conjuré todos los siguientes, todos seguidos, sin pausa, de tal forma que era como si estuviera recitando un solo hechizo:

Sasel Chahl Iak Nän , Lindur Yefer Nän Xén Ewë , Lindur Ewë Tót Hirùl , Oblêv Dòh Ash Nän , fed Lindur Ash Màm Màm Ash , Lindur Ewë Tót Hirùl , Lindur Ewë Tót Hirùl , Lindur Ewë Tót Hirùl


No pude más; no pude conjurar ninguno más. Noté el calor, vi las luces, escuché los ruidos y, luego, sentí el golpe del viento, y escuché un rugido.

Veth, Ewë, Thaèd, Iak.

Había visualizado la Torre, había canalizado las pocas energías que me quedaban. Pero no sucedió nada.

No podía escapar del Valle.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Riak el Jue Ene 15, 2015 3:25 am

En ningún momento me había esperado que Haku se deshiciera del embrujo de las palabras y me atacara con su magia podrida. Por esa razón, su primer ataque, su bola de fuego, consiguió darme en el hombro. El fuego prendió en mi ropa, y quemaba casi tanto como si hubiera sido invocado por un archimago. Grité, molesto, y, rápido como el rayo, conjuré un chorro de agua que cayó sobre el fuego.

La quemadura no se borró. Despedía humo. Y el maldito traidor sacó de la nada las fuerzas que no tenía para atacarme, sin descanso. Pero se equivocó. Eligió como siguiente hechizo las Chispas del Libro del Fuego y, puesto que tras la bola de fuego me había alejado de él, no había posibilidad de que mi piel entrara en contacto con la suya y sufriera, por tanto, los efectos del conjuro. Luego, llegaron las básicas Lanzas Edáficas; las esquivé levitando sobre ellas. Ante su Golpe de la Tierra, una porción del terreno se elevó y, antes de que pudiera estallar contra mí, la transformé en una hoja que planeó hasta posarse suavemente sobre mi pelo.

Lo siguiente fue un pequeño tornado, que desvié fácilmente hacia los árboles; acabó perdiéndose en las profundidades del bosque. Su hechizo Incendiar fue tan apresurado y tosco que solo prendió en la parte baja de mi túnica, y pude transformar sin mayores dificultades las llamas en tierra. Tres veces seguidas, volvió a recurrir al Golpe de Tierra, y las tres veces yo transformé el trozo de terreno con el que se imaginaba que podía vencerme: el primero lo convertí en una lanza que desvié a su rodilla; el segundo, en una piedra pesada que lancé hacia su pierna izquierda; el tercero, en una lluvia de cristales que se clavaron en el suelo y en su espalda.

No pudo teletransportarse; yo no se lo permití. De la lanza clavada en su rodilla brotó la sangre; lo mismo de los cristales que se hundieron en su espalda. El mago gritó, y la debilidad de su grito era una muestra patente de su falta de energía. A su vez, el dragón rugió.

Apoyé una mano en la quemadura de mi hombro y le apliqué la Cicatrización. Posé otra vez los pies sobre la hierba, y recorrí con la mirada al Haku malherido que temblaba en el suelo. «Vaya, no me había fijado. Si también hay sangre bajo la piedra». Y la superficie que cubría la piedra iba desde su pie izquierdo hasta su pantorrilla.

Ladeé la cabeza para ver su rostro. Tenía los ojos abiertos de par en par, temblaba y respiraba con dificultad; aunque no le quedaran fuerzas para gritar, el dolor se reflejaba en su cara. El dragón acercó su enorme cabeza y olisqueó al aire.

¿Te huele a sangre, Anaë? —le pregunté—. ¿Te gusta el olor de la sangre?

«Más te vale, criatura, si vas a ser el compañero de un nigromante».

Caminé hasta Haku, me agaché nuevamente junto a su cuerpo y le tiré del pelo para darle la vuelta. Entonces movió aquellos ojos terriblemente azules y me miró con ellos.

¿Qué? —Silencio—. ¿Pensabas que me ibas a matar con cuatro hechizos elementales?


—Tú... —¿Estaba hablando? Apenas podía entender lo que decía—No... Para... Déjame...

Deberías expresarte mejor. No te entiendo.

Rodeé su cuello con ambas manos y apreté. Él hizo un esfuerzo por moverse y por respirar, y, cuando lo solté, ya no intentó hablar más. Pude apreciar cómo, en la base de su cuello, su piel era como una cáscara vieja.

¿No vas a decir nada? Bien, espera un momento.

Me levanté, arranqué hojas de los arbustos y de los árboles, y las esparcí por su cuerpo como hacían los elfos en sus ceremonias. La última hoja que coloqué sobre él fue la que se había quedado enredada en mi pelo. Extendí los brazos hacia el frente, cerré los ojos y pronuncié unas palabras mágicas que ya me sabía de memoria.

Todas las hojas se transformaron en púas de hierro, y todas estaban perfectamente afiladas. Esta vez, Haku sí gritó.

~ o ~

Eran ya altas horas de la madrugada cuando la piedad superó el deseo de venganza. El mago me miraba con una expresión de espanto que no recordaba haberle visto jamás a nadie. «¿Me estará viendo a mí? Ya está más muerto que vivo». Pero, a pesar de todo, aún respiraba.

No, Haku, no he venido, como seguramente estabas pensando, a que renuncies a todo por amor. Te equivocabas. Solo he venido para asegurarme de que fueras tú el que regresara al lugar del que procede.

Probablemente, ya no pudiera escucharme. De rodillas frente a su cuerpo, transformé el tronco que tenía entre mis manos en una daga y la hundí en su corazón.

~ o ~

El alma escapó tan rápido de su cuerpo que ni siquiera tuve tiempo de verlo, de nuevo, en su forma inmaterial. Pronto amanecería. El viento era fresco y agradable, y apenas se distinguían nubes en el cielo.

Arrastré el cuerpo de Haku, que tenía firmemente sujeto por el pelo, por toda la superficie del bosque. Era un paseo grato para empezar el día; al fin, había pagado uno de los traidores y yo ya no correría el riesgo de que la profecía me enviara de regreso al Supplicium. «Porque yo sé que esta es tu voluntad, mi Señor de las Tinieblas; tú me llevarás al mayor de mis éxitos».

De tanto andar, sentía las piernas entumecidas. Anaë me había seguido sobrevolando los árboles, como una sombra grácil y silenciosa. Cuando llegué al lugar deseado, me detuve. Había dado con un árbol adecuado: un roble alto y fuerte, muy frondoso; su vitalidad contrastaba con el aspecto del cadáver de mi víctima. Levanté el cuerpo y lo apoyé en el tronco del árbol. Luego, extraje de uno de los bolsillos de mi túnica las ramas que había ido recogiendo por el camino y las transformé en dagas sencillas.

Con ayuda de estas dagas, clavé el cuerpo sobre la corteza del árbol y contemplé mi obra.

¿A qué nunca te imaginaste que el elfo que estaba en el funeral de tu madre sería quien te diera muerte... dos veces? Espero que se lo cuentes a Aglae, si no me está ella viendo desde el Otro Lado...

Me quedé unos minutos en silencio, feliz y satisfecho, y, después, llamé al dragón y subí sobre su lomo. Mi labor en el Valle de los Lobos ya había terminado.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Michelle Swallow el Dom Ene 18, 2015 2:34 pm

Aquella mañana me levanté con el alba: ¿cómo evitarlo? Brillaba un sol dorado tan impropio del otoño que era imposible mantener los ojos cerrados mucho tiempo más. «Este sol es como el sol del desierto», pensé, alegre, mientras bajaba con serenidad las escaleras de la Torre. «Ni una nube le estorba».

Salí al jardín y, como era aún demasiado temprano, no vi ningún aprendiz paseando por entre los arbustos ni grupos de amigos jóvenes riendo mientras se preparaban para las pruebas de su rango, pero la imagen que se dibujaba ante mis ojos era todavía más apacible: la brisa, muy suave, balanceaba las hojas de los árboles como una madre hace con su recién nacido; los pájaros estaban cantando casi como si hubiera llegado la primavera; hasta el valle y las montañas me parecieron más verdes que otros días; y quizás todas estas sensaciones no fueran más que el resultado natural de la luz cálida que proyectaba el sol, o quizás a aquellas horas era siempre igual de hermoso el Valle de los Lobos (solo que, como hacía tiempo que no madrugaba tanto, todavía no lo había descubierto).

«La creación de la Diosa es deslumbrante», me decía mientras iba a las caballerizas. «Aunque es curioso que, siendo tan diferentes, me parezcan tan bonitos el Valle como el Desierto». Ensillé a mi yegua, Arena, y subí de un salto. Hasta ella estaba contenta. «En realidad todos los paisajes son bonitos, menos la nieve. El norte no me gusta: tanto hielo, tanto frío y tanto blanco... ¿qué puede ser bonito en un lugar donde casi nunca se ve el sol?». Con esta reflexión interna acerca de la belleza de las cosas, empecé a cabalgar. Haría mi ronda de vigilancia por el valle y luego me tomaría un cuenco de estofado en la cocina. «Espero que ningún glotón me lo haya quitado».

Todo apuntaba a que aquel sería un día tranquilo. Mi yegua y yo cruzamos la puerta de la Torre y nos adentramos en el valle. Allí, en la espesura, se ensombrecía el mundo; no así los aromas, que eran más intensos cuanto más denso fuera el bosque. Era uno de esos días en los que no echaba de menos nada —ni a nadie—, y esos días eran, tristemente, pocos. «Me acuerdo de cuando era una niñita de catorce, e iba por Bosqueviejo de árbol en árbol, como una loba salvaje, cazando y cazando». Me sonreí. «Y Den y yo, por los Planos de Fherra, y en la aldea vieja. Qué estúpida y qué feliz era».

Olía a hierba, a humedad. Unos metros más allá, olía a alguna flor —no sabía cuál—. Y seguí, y seguí, y luego... Luego me llegó un olor desagradable. Fruncí el ceño. También escuché un sonido extraño: el de unas abejas..., no, el de unas moscas, unas moscas que iban y venían. Tiré de las riendas, aminoré el paso y cabalgué en la dirección de la que venía el olor, con una certeza en el corazón que me inquietaba: estaba segura de que olía a muerte. Cualquiera que ha ido a la guerra sabe distinguir el olor de la muerte así estuviera camuflado entre todos los olores del mundo.

«Será alguna presa de los lobos». A medida que avanzaba, el olor era más intenso. «¿También huele a sangre?». Fui un poco más rápido, y entonces las vi: las moscas sobrevolaban la corteza de los árboles, y luego desaparecían como si nunca hubieran estado allí. Se acabó la espesura, se abrió un pequeño claro y, en el centro, se erigía uno de los robles más bonitos, más altos y más fuertes de todo el Valle de los Lobos.

Pero yo no vi el roble bonito, ni el alto, ni el fuerte, ni nada que se le pareciera. Vi un roble rojo, vi hierba roja y vi un cadáver clavado en la corteza como los cuadros se clavan en las paredes.

¡Por la Diosa! —exclamé, con voz temblorosa, con los ojos abiertos de espanto—. Esto... ¿Qué es esto?

Cuando bajé de Arena, ya tenía la espada desenfundada. Miré a mi alrededor, en busca del criminal que hubiera hecho semejante barbaridad con el cuerpo, pero no vi a nadie, no escuché a nadie, no sentí la presencia de nadie. Si hubiera estado en el campo de batalla no me habría impresionado encontrar un cadáver, pero allí, en el Valle de los Lobos, en un día espléndido...

Me adelanté unos pasos. Realizar una descripción del cuerpo era difícil: lo habían destrozado con tal saña que era tarea complicada distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer, de un elfo o de un humano... ¡Por la Diosa! ¡Por las arenas de Yéhnev! ¡Si hasta podría haber sido un enano!

Aunque fuera una tarea desagradable, era mi deber como Maestra acercarme al cuerpo, y así lo hice. Tragué saliva y espanté las moscas. No me atreví a tocarlo: tenía miedo de que se quebrara por completo si ponía un dedo sobre él. Lo que deduje que era la cabeza le descansaba sobre lo que deduje que eran los hombros, pero, probablemente, no por mucho tiempo, pues había cortes profundos en el cuello y, en cualquier momento, podía caer al suelo. «Esto es terrible. Terrible, terrible». No sabía ni siquiera si era de la Torre, porque era imposible determinar de qué color habían sido originalmente sus ropas desagarradas, todas llenas de sangre y de tierra.

De la cabeza le nacían algunos mechones de cabello rubio, muy claro, pero le habían arrancado otros tantos. Con sumo cuidado —y no sin cierto gesto de repugnancia—, le aparté los que le cubrían la cara. Volaron las moscas. El ojo que le quedaba era de un azul muy claro, como imaginaba que debían ser los ojos de un fantasma.

Oh, no. Oh, no...

Di un paso atrás; lo contemplé en conjunto. «Ya sé quién es. Creo que ya sé quién es». Era el hombre silencioso que Narshel se había traído a la Torre; el mago oscuro que, según tenía entendido, ayudó a atrapar a Riak en el juicio. «El de las imágenes. Con quien fuimos a rescatar a la Señora de la Torre... Y su enamorado». Se llamaba Jak, Hak, Haku... No recordaba bien su nombre, puesto que eran pocas las veces que había cruzado alguna palabra con él.

Tengo que avisar a la Maestra.

No me quedaba otra opción: ella tenía que saber que, si eso había sucedido en el Valle, este podía ser peligroso para los alumnos de la Torre. «¿Por qué tengo que ser la portadora de una noticia así?». Pensé en intentar reparar el cuerpo mediante la magia, para que no le resultara tan duro a la Maestra, pero... «No puedo. Es la Señora de la Torre, y quien mejor puede determinar qué fue lo que pasó, quién hizo esta atrocidad».

Me llevé una mano a la boca, preocupada. No me quedaba otro remedio.

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Re: [P. I] Porque hubo una vez un juramento...

Mensaje  Narshel el Lun Ene 19, 2015 2:10 pm


«Veritas et sola veritas», rezaba el lema del Juzgado del Concilio, y de todas las leyes del Concilio, y de todos los códigos que recogieran las leyes del Concilio. «La verdad y solo la verdad». Desde el asesinato de Shewë, el presidente no había nombrado a ninguno de los once archimagos como juez del Tribunal Superior (y, por tanto, como tercer miembro del triunvirato). Anaë’draýl, el presidente, era también el Señor del Bosque Dorado; Alice, la vicepresidenta, era la Señora del Lago de la Luna. ¿No sería una justa representación que el tercer miembro fuera la Señora de la Torre? Según el ejemplar que estaba consultando esa mañana, en mi despacho, yo cumplía con todos los requisitos necesarios para ocupar ese puesto; y, sin embargo, sabía que Anaë’draýl nunca me nombraría. No era distinto de su esposa: como ella, menospreciaba mi escuela; como ella, no me creía capaz de asumir responsabilidades relacionadas con el Concilio.

«Para colmo de males, las imágenes que se proyectaron en el juicio, aunque fuera todo una farsa, acabaron con todas mis posibilidades», pensé, resignada. No quería acceder a ese puesto por ambición, sino porque realmente creía que podría impartir auténtica justicia, sin ningún prejuicio por la raza, el sexo o la clase social del acusado.

Toc, toc.


Llamaban a la puerta. Suspiré, cerré el libro y me dispuse a guardarlo en un cajón, pero no llegué a cogerlo: antes, un grito me sobresaltó, y me detuve al instante.

¡Maestra! ¡Narshel! —dijo la voz—. ¡¿Está ahí?!

«Es Michelle», reconocí. Su voz sonaba especialmente nerviosa; aunque ella no podía definirse como “una mujer tranquila”, no tenía por costumbre buscar a su Maestra a gritos (y menos a horas tan tempranas). De modo que me levanté enseguida, preocupada, y abrí la puerta, y me la encontré de espaldas, quizás buscándome. Al escucharme abrir, se giró para mirarme.

Casi podía palpar su preocupación en su mirada dorada.

¿Qué pasa?

Ella me miró, y se quedó callada. Muy callada. Desvió sus ojos hacia el suelo y, de forma inconsciente, lo hice yo también, y vi sus botas. Estaban manchadas de sangre.

¿Michelle? ¿Qué sucede?

Maestra, he encontrado un cuerpo en el bosque. Necesito que me acompañe, rápido.

Tragué saliva, inmóvil. «¿Un cuerpo? No puede ser. Reforzamos todas las protecciones. Hemos advertido a los aprendices de que no vayan solos al Valle, en especial si son de primer grado. Le dije a Haku que hiciera guardia toda la noche». Me pasé una mano por el pelo.

Vamos. Llévame hasta allí.
~ o ~


Nos teletransportamos a un punto del valle que no se encontraba muy lejos de la Torre. Michelle fue delante, guiándome. Debía estar cerca el cuerpo, pues ya allí el olor se mezclaba con los otros olores del bosque.

No tardamos mucho en llegar al claro del roble, y a su sangre, y a sus moscas, anunciadoras de infortunio. Fue posar un pie sobre la hierba de aquel claro y detenerme, quedarme paralizada, como si el mismísimo terror me hubiera golpeado.

Es aquí, Maestra —dijo Michelle, aunque no hacía falta que dijera nada—. No sé quién pudo hacer algo así. Estuve buscando por... Pero no vi a nadie. Tuvo que haber sido anoche.

Me acerqué, y el viento removió mi túnica de archimaga. «¿Quién era?». El cuerpo estaba roto: si aquellas dagas no lo hubieran sostenido contra la madera del tronco, se habría deshecho sobre la hierba. Me acerqué un poco más; otro paso más; y otro... Todavía podía adivinarse que, más allá de las vestiduras rojas, su cabellera había sido más rubia que los trigales de Varal. «No». Extendí una mano hacia su pelo. Mi mano temblaba, como si hubiera adivinado la identidad del cadáver antes que mi pensamiento.

Le aparté el pelo. Escuché los pasos de Michelle, detrás de mí.

Pobre Jak... —susurró.

Haku —la corregí.

«Jak es la runa de la muerte». No me fijé en su cara, irreconocible. Solo podía prestar atención al ojo que no le habían arrancado. No era más que un ojo que pronto se pudriría. No había expresiones, no había alma, no había nada. No era más que un cuerpo. Aparté la mirada, y aparté la mano de su pelo. Se me había quedado la sangre en la yema de los dedos.

Maestra, esto puede ser un aviso. Ahora habrá peligro...

Solo hay una persona que pudo haber hecho esto.

«Yo lo sabía, y él también lo sabía. En cualquier momento iba a suceder. Todos lo sabíamos». Busqué su fantasma entre la hierba, los arbustos, las copas de los árboles. «Por algo la Diosa prohíbe la resurrección. ¿Para esto querías volver?».

Encontraremos al culpable —continuó Michelle. Sus palabras me estorbaban—. Y yo... Yo misma haré guardias cada noche para...

No —volví a interrumpirla—. No hay peligro para la Torre. Era un mago oscuro. Tenía cuentas pendientes.

Cerré la mano en torno a la empuñadura de uno de los puñales que sujetaba el cadáver. Y no pude evitar que mi mirada regresara a su cabeza, a su cuello que amenazaba con desgarrarse en cualquier momento. «Ayer estabas aquí: tus ojos me miraban, tus manos me tocaban... Hace tan solo unas horas. Unas miserables horas». Arranqué el puñal del árbol; me pareció sentir que el roble lloraba. El brazo de Haku cayó sobre mi hombro. Era como si me estuviera abrazando.

Maestra, deje que lo haga yo...

No.

Me quité su brazo de encima y arranqué, también, el puñal que le sostenía la pierna izquierda, y luego el del brazo derecho, y así fui arrojándolos todos al suelo. Su cuerpo se precipitó sobre mí. No lloré. «A pesar de todo, fue un hombre bueno», pensé. «Fue mío; yo lo traté como si fuera mío. Solo existió para mí, y él fue para mí siempre la última de mis prioridades. Siempre existió solo para mí». No era justo, pero era la verdad.

Lo siento. —Michelle ya no sabía qué decir—. Esto no quedará así. Avisaremos al Concilio y...

Era un traidor.

¿Por qué lo sentía? ¿Acaso me estaba viendo triste?

Pero...

Era un traidor.

«Qué cuerpo tan frío...». No tenía a Haku entre mis brazos: tenía un pedazo de carne destrozado. Tiré el cuerpo, sin ningún cuidado, sobre el suelo. Como consecuencia, toda mi túnica había quedado manchada. «Mejor sería arrancármela para siempre».

Lo siento...

Miré a Michelle. Realmente, la pobre guerrera lamentaba haberme traído hasta allí.

No hay nada que sentir. Peor habría sido que el muerto hubiera sido cualquiera de nuestros aprendices.

«Incluso será beneficioso para la Torre. Ya no tendré bajo mi protección a un mago oscuro, y nadie podrá poner en duda nuestra lealtad».

Así está bien. Será una preocupación menos. Muerto el perro, se acabó la rabia.

«¿En qué estoy pensando?». Mi obligación era pensar como archimaga y como Señora de la Torre. Lo demás... Lo demás no importaba. ¿No era cierto? «He cumplido los treinta. A esta edad, de una forma u otra, la Diosa había dispuesto que nos separáramos. ¿Acaso se pueden obviar los designios de los dioses...? Pero ¿esto es lo correcto? Ahora más que nunca necesitaría a alguien que me guiara». Haku y yo hablaríamos, en igualdad de condiciones, cuando llegara mi muerte. «Y para entonces ya habré acabado con todos ellos. Con todos, lo juro».

No había ninguna desventaja en su muerte  y, sin embargo, la sola visión de su cuerpo había desarmado para mí todas las cosas del mundo. «¿Por qué? Ni pena, ni culpa, ni...».

Michelle, deshazte del cuerpo. No hables de esto con nadie: no quiero que nadie se alarme. No lo entierres, ni intentes reconstruir el cuerpo. Mejor quémalo, lejos... Haz lo que sea. Pero no quiero ver eso. Yo iré... Seguiré el rastro de sangre, por si pudiera darme alguna pista.

«Pistas que no necesito». Efectivamente, había un ligero reguero de sangre que rodeaba el roble y se perdía en la espesura. Lo seguí, me alejé del claro y fui borrando el rastro, porque era prioridad que no cundiera el pánico en la Torre. «¿A quién quiero engañar? No quiero ver más ese cuerpo. Nunca más». Y estaba haciendo esfuerzos terribles para no reconstruir las partes de su cuerpo, aunque solo fuera para verlo una última vez. «¿Cuánto habrá sufrido? Por la Diosa... Anoche, mientras yo dormía...». No quería que hubiera cuerpo. No quería caer nunca en la tentación de intentar una resurrección. «Y jamás podría hacerlo yo sola sin cuerpo, y no habría archimago que aceptara colaborar conmigo. Lo sé».

Me molestaba que aún no se hubieran teñido de marrón todas las hojas de los árboles; me molestaba que el sol brillara; me estorbaban los pájaros, la discreción de las nubes, la plenitud de las montañas. «¿Solo va a llover en mí? ¿A nadie más le importará?». El propio paisaje, la propia naturaleza, tenía la respuesta. «Todos se van...». Era cierto: todos se habían ido. Mi Maestra, mis compañeros —aún recordaba a Antón—. Mis alumnos, que eran como los hijos que nunca tendría, también se iban —¿dónde están todos ellos?, ¿dónde quedaron las generaciones?—; todos ellos hacían lejos sus vidas: unos me traicionaban, otros construían su futuro en tierras lejanas. ¿No lo anunciaban, ya en tiempos lejanos, aquellos versos de epopeya?:



«Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo, y la selva, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera: de igual suerte, una generación humana nace y otra perece».



Así era: unos vivían, otros morían; unos llegaban, otros se iban. Pero Haku era el único que se habría quedado siempre. Yo lo sabía. Verdaderamente me quiso, más de lo que yo jamás podré querer a nadie. Vivo o muerto, siempre fue mi Kai. Por mí regresó, por mí se fue, y solo por mí tuvo sentido su existencia. No sabía cómo iba a vivir a partir de entonces si tenía que arrastrar conmigo una carga en mi conciencia que era tan pesada.
~ FIN DE LA ESCENA ~

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