La Torre
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Sofonisba {Post único}

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Sofonisba {Post único}

Mensaje  Rurik Helgason el Dom Ago 16, 2015 8:38 pm

La última vez que invocó un demonio no le fue muy bien.

Esta vez, sin embargo, y en especial por la experiencia que adquirió de la última vez que invocó un demonio, se había preparado más concienzudamente. Comenzó, primero, encontrando una cueva lo bastante grande en la Barrera, aquella gran cordillera que encerraba el Valle y que a la vez lo protegía de las amenazas externas. Recordaba cómo su anterior escuela, la del Lago, fue asediada por los ejércitos de la Inquisición -aunque, por suerte, lo habían llevado al Valle antes del ataque- y se divertía en imaginarse cómo podría un ejército pasar por los estrechos pasos de montaña por los que se accedía al Valle, y, por ende, a la escuela.

Y encontró una cueva allá por las montañas del este: una profunda, de techumbre alta, serpenteante, por la que no corría brisa si no la llamaba con sus palabras arcanas. Uno de los primeros fallos que tuvo fue precisamente ese: una brisa esparció el polvo que había usado para trazar el círculo de protección, dejando al demonio libre. Esta vez, a la luz de una tea mágica, trazó el círculo con sumo cuidado, intentando hacerlo lo más perfectamente redondo posible, sobre una parte lisa de la cueva que había preparado días atrás.

Luego comenzó a trazar runas, consultando cada pocos trazos el libro. Ese fue otro de sus errores: en algún lugar confundió una Ash con una Lindùr, en parte por las prisas que tenía por acabar la invocación y ver, al fin, un demonio, y por otra parte por el sueño, pues se había despertado muy temprano para llevar a cabo el ritual. Eso ayudó a no contener al demonio a escapar, claramente, y esta vez no quería repetir ese estúpido fallo.

Finalmente, el último fallo que tuvo fue que se enfrentó al demonio él solo. Esta vez había decidido notificar a uno de los maestros, otra mujer del Norte con la que se entendía con más facilidad que con los garnálicos o con, Svea le salve, los elfos. No tenía nada en su contra, pero sus idiomas le parecían imposibles de entender y se quedaba maravillado y sorprendido cuando los elfos, hablando entre sí, sacaban cada uno una sarta de palabras en ese místico y lejano idioma. Con saber el "mae govannen" se contentaba.

En fin, tras trazar todas las runas y asegurarse de que el círculo de protección seguía intacto, y posteriormente avisar a la maestra de que estaba a punto de comenzar el ritual, casi comenzó a redirigir sus energías al círculo y las runas.

Pero no lo hizo. Decidió, para estar seguro, invocar un gólem de piedra. Así tendría algo tras lo que esconderse si algo malo pasaba.

Ya acabadas las preparaciones, y tras repasar por última vez que todo estaba bien hecho, comenzó a concentrar sus energías, dispuesto a invocar a una de las criaturas del plano demoníaco. Rurik -quizá- les tenía más reverencia, y quizá más miedo, a los demonios que cualquier otra persona, muy seguramente por influencia por la beata de su tía Svenja con sus mitos y sus demás relatos religiosos, de como alguien luchaba contra los demonios de Ravn con ayuda de Svea, o como estos causaban el mal... Y helo ahí, invocando a uno de esos demonios. Casi se desmayó al enterarse que eso le entraba en el la prueba del fuego.

Una vez sus energías estaban todas reunidas, las redirigió hacia el círculo, hacia las runas, intentando que esta vez no se rompiese el círculo de protección como la última vez -aunque, siendo sinceros, fue culpa de un viento repentino-. Cuando se sintió preparado, y en ese momento su corazón latía con más fuerza que nunca antes.

Finalmente, pronunció:

daemon

Al principio no pasó nada. ¿Había fallado en alguno de los pasos del hechizo? Estuvo a punto de suspirar resignado cuando comenzó a notar cierto olorcillo azufrado en el ambiente, y frente a él, atrapada en el círculo, se materializaba una figura de mujer. Si no fuera por las grandes alas, los cuernos que brotaban de su frente y la cola oscura que se enrollaba alrededor de sus piernas, habría jurado que era una elfa, hasta su vestido parecía sacado de la Elendë misma. De su cinto colgaban algunos pergaminos, y sujetaba un pesado libro cerrado con cadenas.

Rurik bajó los ojos lentamente, observando el círculo de protección, y vio que había como un palmo entre la diablesa y el mismo. Debería estar seguro, pero tampoco podía bajar la guardia. El gólem dio unos pesados pasos hasta ponerse detrás de Rurik. La diablesa sonrió tranquila, sus ojos entornados.

Oh, otro aprendiz que me invoca... —se quejaba la diablesa, y Rurik la miraba extrañado—. Deja que adivine: en unos días vas a presentarte a la prueba de fuego y querías invocar a un demonio para ver cómo se hace, qué se siente al traer a una criatura de otro plano de la existencia...

Rurik frunció el ceño y ladeó la cabeza.

¿La invocan mucho? —preguntó entonces el nórdico, un tanto confuso. ¿Estaba hablando con una diablesa? Se lo había imaginado como la última vez que intentó invocar un demonio: con más fuego, más gritos y vergüenza y más gente ayudándolo a devolver al demonio a su plano.

No sabes tú cuánto —respondió ella, la molestia claramente reflejada en su voz—. Ayer fue otro, ahora tú, mañana otro más vendrá. ¡Y anda que no hay demonios a los que molestar, siempre es la pobre Sofonisba!

Si molesta... —comenzó a hablar Rurik, buscando las palabras adecuadas para no enfurecerla y poder comunicarse con ella, cosa que le resultaba un tanto difícil—. Uh... ¿habla usted... em... la nordspräk?

¿Perdón? Sí, sí, habla en lo que quieras, te entenderé. Todos vuestros idiomas me parecen iguales.

Rurik no sabía si la diablesa le decía la verdad o le tomaba el pelo, pero, de cualquier modo, intentó comunicarse con ella en la nordspräk.

Ev ejrgis vin Soponisva, er gej häjmæsändan...

La diablesa soltó un suspiro y se encogió de hombros; Rurik podía ver la resignación en sus acciones.

No, no, está bien. Al menos tú te disculpas... muchos ni piensan que tenemos sentimientos, o vidas más allá de luchar en vuestras batallitas.

Otra vez, Rurik se encontró un tanto confuso, y, esta vez, entristecido.

Efh... er hröggvöl, vij Soponisva... —se quedó callado un instante—. Vij gejur zælan öv mijn Untrhejm?

Sofonisba se rió con su pregunta y negó con la cabeza.

No, pequeño humano, me temo que no puedo. Nos está prohibido.

Ta... Ravni scöpdæst? —preguntó, entonces, intentando sonsacarle algo de información. Pronunciaba el nombre de Ravn con cierto asco.

No tengo ni idea —dijo la diablesa, y se encogió de hombros—. Aparecimos hace mucho tiempo y vuestros dioses no se interesan mucho por mi gente. ¿Quizá nos crearan? Es posible. ¿Quizá nos crease otro ente? También lo es.

Se quedaron en silencio un buen rato. Rurik aún se encontraba confuso: ¿en verdad había tanta diferencia entre demonio y demonio? El anterior era una criatura deforme, temible, violenta, pero la señora Sofonisba no. Era de rasgos humanos con un pequeño toque demoníaco, hasta ahora no le había mostrado ni una señal de violencia. Había retrocedido un paso o dos, hasta casi tocar el gólem, y Sofonisba seguía de pie en el círculo, sonriéndole tranquila.

Efh... Vad vij gejur zælan mejn?

Oh, humano. Muchas, muchas cosas... pero cada una tiene un precio.

Väjsgeld?

Exacto. Aunque las cosas que yo enseño no son... comunes. No son cosas que aprenderías en un libro. Cosas que solo pueden enseñar los demonios... Conocimiento prohibido —y dijo esta palabra con tremendo placer, deleitándose en la reacción de Rurik.

A Rurik le recorrió un escalofrío. No se le ocurría por qué alguien escribiría el hechizo para invocar demonios en un libro de magia. Ese tipo de cosas estaban prohibidas, y por buen motivo.

Vij Soponisva... ljäv er häjmæsändan vin... ävsakid min væra ö grünn...

No te preocupes, de tanto en tanto está bien cambiar de aire. Por cierto, la próxima vez, asegúrate bien de que trazaste las runas correctamente... Mira —señaló con la mano—, ahí escribiste aezych, pero deberías haber escrito aetych —y sonrió.

Rurik no tardó en pronunciar el contrahechizo. Sofonisba desapareció como vino: en silencio, con una sonrisa y olor de azufre.

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Rurik Helgason
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