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El frío no es bueno para la tinta [Post único]

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El frío no es bueno para la tinta [Post único]

Mensaje  Knyh el Dom Jun 05, 2016 11:20 pm

El frío no es bueno para la tinta



Una figura se adentraba por un paraje rocoso. Ante ella, se alzaban montañas hasta donde llegaba la vista. Aún no había nieve, no era la época, pero tampoco estaba a la suficiente altura. Aquel lugar era, simplemente, la falda de las montañas. Algunos árboles desnudos salpicaban el paisaje, otros más abrigados cubrían ciertas zonas. Los enebros allí empezaban a tener dificultades para crecer, y lo que predominaba el paisaje eran los pinos y abetos. En las zonas no arboladas dominaba el piornal, es decir, formaciones arbustivas que no superaban el metro y medio de altura.

La roca de por allí era gris, a veces de un tono muy claro, que le recordaba a Knyh su tierra natal. Recordaba sus montañas blancas como la cal que veía desde la ventana, pero nunca las visitó. Ahora visitaba éstas, tan lejos de su tierra, tan al oeste... Y todo por lo que siempre había soñado: los libros. Terminar su investigación era lo que lo había llevado hasta allí, y ya llevaba toda la mañana trabajando en ello. Para llegar hasta la falda de las montañas había tenido que atravesar el Valle de los Lobos y, por el camino, había aprovechado para rellenar todas las lagunas de su investigación. Una serie de lobos lo habían visto, de lejos, pero ninguna criatura se atrevió a acercarse, por suerte.

Ya al mediodía, cuando el sol alcanzaba su punto más álgido en el cielo, Knyh había llegado a su destino. Pese a ello, le quedaba una buena jornada de trabajo. Tenía varios motivos para ir tan lejos de la escuela de hechicería, y unos buenos, teniendo en cuenta el ataque que sufrió en su primer viaje. Debía llegar al Fuerte Lanzanegra. Era el lugar más cercano donde podría comprarse ropa y trabajar. No obstante, tenía que ser cuidadoso. En aquel sitio se congregaban gentes de todo bando o creencia, y no podría delatarme como servidor de la Diosa. Por suerte, el laboratorio de alquimia me había proveído de un tinte gris para mi túnica de aprendiz. Aunque esa no sería la única medida que tomaría, puesto que podría no ser suficiente.

Knyh comenzó a ascender por senderos, primero, tomando notas de algunas plantas, acercándose a ellas y observándolas de cerca. Se quedaba pensativo un rato, concentrado en entender a la planta, comprenderla, descubrir sus secretos. Evaluaba si la planta era de interés para su investigación y, si lo era, la dibujaba con esmero y cuidado, guardando todos los detalles. Si el interés de la planta estaba en sus raíces, la sacaba escarbando y sacudía la tierra para poder dibujarla. Tomó algunas muestras, que guardó en su cartera de cuero, y continuó su marcha hacia zonas más elevadas y frías.

Aún no había nieve. Era probable que no la encontrase hasta justo antes de llegar al fuerte, o ni siquiera en el fuerte. Era verano, y en esa época del año la nieve se retira hasta los picos más altos e inexpugnables. El escribano no tenía intención de subir tan alto, ni tenía esperanzas de encontrar ninguna planta por aquellos sitios tan inhóspitos. Pese a no haber nieve, el frío era considerable. Knyh se ajustaba su túnica y se puso la capucha. Hacía viento y eso le helaba la cara. La peor parte se la estaba llevando su cartera de cuero que, con el frío, estaba rígida. Temía que pudiera partirse con cualquier movimiento brusco o golpe. Por desgracia, su interior también estaba sufriendo las consecuencias del frío. Así pudo comprobarlo cuando, al evaluar una planta que fue de interés para el escribano, fue a tomar nota. Ya de por sí, la tarea de dibujar una planta en una hoja de papel con el viento que hacía era dura, y más lo era si tu tinta estaba espesa del frío. Tras veinte minutos sin buenos resultados, desenterró la planta y la guardó entera, de raíz a hojas, en su cartera. Hizo lo mismo con todas las plantas que le resultaron interesantes.

“El frío no es bueno para la tinta”, pensó.

En su caminata hacia el fuerte, Knyh se encontró, al fin, con la nieve. Por aquel sitio no había planta alguna a la vista, pero había leído que había especies que podían sobrevivir mucho tiempo bajo una gruesa capa de nieve. Por eso fue que, por aquel sitio, también quería investigar. Como no podría ver dónde estaban, decidió usar el hechizo Sentir Vida, que tantas veces había practicado días atrás. Funcionó a la perfección, y un pequeño fulgor adornaba la nieve en las zonas donde había enterrada alguna flor. En otras ocasiones, se topó con un escarabajo o una madriguera de conejos, pero lo que más abundaban eran las plantas. De esa también tomó muestras.

Habían pasado unas horas desde la hora del almuerzo y no había descansado. Tenía hambre y le dolía el cuerpo del frío y de la caminata. En aquel sitio el aire no tenía tanto oxígeno, y necesitaba un descanso. Y buscando un sitio que no estuviera cubierto de nieve las encontró. Unas aguas termales en mitad de la montaña. Sin lugar a dudas, un lugar idílico donde pasar un buen rato, relajado. Justo lo que necesitaba.

Se permitió un baño, no sin antes comprobar que no lo asaltarían bandidos o animales salvajes, usando de nuevo el mismo hechizo. Como no había nada sospechoso en las inmediaciones, Knyh se desnudó y tomó un baño. Sacó de su cartera el almuerzo y se dio una buena comilona: pan de nueces, queso, salchichas y unos tragos de vino. Guardó lo que sobró de queso y vino, aunque aún le quedaba comida de sobra.

No pensó que, cuando saliera del agua, sentiría aún más frío que antes. Estaría mojado y no tenía con qué secarse. Dio un vistazo en derredor, buscando algo que lo pudiese ayudar. Comprobó, para su sorpresa, que allí crecían algunos tipos de plantas que no había visto ni en el valle, ni en la montaña. Sacó su cuerpo del agua y un frío atenazó toda la parte inferior de su cuerpo, pero estaba tan fascinado que no lo notó. Cogió su cartera y comenzó a tomar notas de las plantas de allí, la dibujó, con más o menos dificultad. El viento por allí soplaba, pero los relieves de las termas resguardaban un poco, lo suficiente para no hacer la tarea imposible, pero sí para ralentizarla. Cuando terminó, ya estaba seco y frío. Tiritando, se vistió, y le costó mucho tiempo volver a entrar en calor.

Había descansado, comido e, incluso, ampliado su marco de investigación sin planearlo. Estaba satisfecho y casi listo para llegar a Lanzanegra. Faltaba un último detalle: su vestimenta. Si bien era cierto que ahora lucía con otro color y colgaba de ella una medalla de plata con el dibujo de un demonio, no sería suficiente. A ojos expertos, podría delatar que aquella túnica procedía de la Torre, y Knyh no quería problemas con gente peligrosa. De modo que le aplicó un hechizo. Era uno simple, para cambiar un poco la forma. Una costura por aquí para estrecharlo, una manga más corta, una capucha un poco diferente, dos dobladillos por aquí... Y el resultado era la misma túnica, pero con los suficientes cambios para no parecer de la Torre, pero sin demasiados, por si el hechizo se deshacía, la gente no notase el cambio. Si eso ocurriese, un segundo vistazo a la túnica no supondría nada nuevo, el subconsciente se haría cargo de dibujar en la mente de quien lo mirase aquellos tontos detalles. Era lo más sofisticado que la mente del escribano pudo conseguir, y sería efectivo, sin duda.

Era el momento de partir.

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Buzón de Knyh Driak de Monte Blanco

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