La Torre
Bienvenidos a La Torre, un foro de rol progresivo basado en las Crónicas de la Torre, trilogía escrita por Laura Gallego García.

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Rumbos de Liara (+18)

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Rumbos de Liara (+18)

Mensaje  Liara el Jue Ago 18, 2016 1:22 am

Rumbos de un colibrí descerebrado


Índice:

I. La Muerte: la mayor locura y el mejor de los espectáculos:
-Parte I
-Parte II
-Parte III


Última edición por Liara el Lun Sep 26, 2016 11:38 pm, editado 3 veces
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Liara
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Re: Rumbos de Liara (+18)

Mensaje  Liara el Jue Ago 18, 2016 1:24 am

I. La Muerte: la mayor locura y el mejor de los espectáculos (parte I)

Spoiler:


El cementerio de Ereaten siempre le había gustado. La nieve cubriendo las tumbas en su eterno manto blanco, la paz en el aire, los copos cayendo de forma perezosa…

Sin siquiera leer la inscripción tallada en la piedra, tomó entre sus manos la rosa roja que alguien había depositado en una de las lápidas y se sentó en la pequeña pendiente cercana. Comenzó a rotarla lentamente, con gesto pensativo.

¿Alguien llevaría flores a su tumba? De hecho… ¿Se molestarían en averiguar en qué lugar deseaba ser enterrada? ¿Acaso ella lo sabía?
Negó para sí. Una vez la muerte te suma en su sueño eterno, ¿qué importancia toman todas esas disquisiciones que tanto preocupan en los diversos estratos sociales? ¿Acaso los muertos pueden oler las rosas cada noche, cuando el cementerio queda desierto? ¿Se alzan para comparar el nivel de visitas recibidas y obtienen galardones mensuales a modo de concurso? ¿O quizá mantienen largas discusiones filosóficas sobre el lugar en el que deben reposar sus huesos accidentalmente enterrados en sitio ajeno?

No, se decía, la muerte termina con todas aquellas banas preocupaciones, por lo que es mejor dejar que estas pasen a aquellos que todavía perduran en este mundo. Decisión egoísta, pero sin duda la más sensata.

Acarició los pétalos con las uñas que, casualmente, presentaban el mismo tono rojizo.

"Odiaría que me trajesen rosas rojas, aunque supongo que sería un error natural. Liara la del color carmesí, Liara la de los rubíes, Liara la de las rosas rojas", pensaba mientras unos tímidos copos de nieve caían sobre su negra capucha, "¿Cómo entender que ambas cosas, tan codiciadas por gran parte de la humanidad, pertenezcan a parte de mis miedos más profundos? ¿Qué ser perturbado puede aborrecer objetos de tal belleza en este mundo?".

Se incorporó, sin percatarse de la figura que la observaba más allá. Giró sobre los talones y empezó a caminar lentamente mientras sus dedos recorrían la tela sobre su cabeza, bajándola con suavidad. Sus pasos la llevaron hacia una tumba ricamente ornamentada. Depositó la flor con cuidado sobre la inscripción que presentaba el nombre de “Elirya Ael” en una pulcra caligrafía tallada.

"Me pregunto si habrá alguna forma de alzarme como no muerta si alguien pusiera esa clase de obsequios. Sin duda no regresarían… ¿Pero para qué diablos querría yo que me visitasen sujetos que tan poco llegaron a conocerme? Sería endiabladamente encantador poder hacer algo así", comenzó a bromear consigo misma para no pensar, para alejar de su mente lo sucedido meses atrás.

La figura, ya cerca de ella, posó una mano en su hombro. La joven se giró sobresaltada y al reconocerla simplemente dijo, alzando un amenazador dedo índice:

Ni rojas, ni azules, ni amarillas. Me gustan las rosas blancas, ¿entendido?

Volvió a alzarse la capucha y encaminó sus pasos hacia el interior de la ciudad, pisando con fuerza las mismas huellas que había dejado al llegar allí.

No. A Liara no le inquietaban aquellos detalles, y sin embargo… sin embargo necesitaba compartirlos con alguien. Quizá sí se preocupaba un poco.

Quizá… solo quizá… no dejaba de ser una simple mortal, al fin y al cabo.




Tranquilidad, vino mediocre acompañado de una buena charla, probablemente alguna que otra broma a pobres recién llegados… Todo eso era lo que Liara esperaba encontrar esa noche en aquella taberna de las Horcas.

Horas y horas en el puerto, esperando, tratando de esclarecer su destino en aquellos barcos… en vano. Por lo menos le quedaba aquella pequeña migaja de realidad que le agradaba, nada de obligaciones, nada de preguntas. Libertad, su bien más preciado.

Pero no era, ni mucho menos, lo que iba a encontrar aquel día.

Se acercó a la barra con su habitual marcha lenta, desenfadada, como si nada en este mundo pudiese interesarle. Sin embargo, a cada paso que daba, analizaba disimuladamente a todos y cada uno de los parroquianos que se encontraban ahí: un guardia, un par de personas encapuchadas, un hombre enorme en una esquina….

Y mientras se preguntaba por qué, incluso en aquel remanso de paz, tantas personas ocultaban su rostro tras esa tela, el sombrero que más conocido le era hizo aparición. Y bajo ese sombrero reconoció a Garreth.

¿Cómo estáis, señor Baldrick?—alzó la mirada hacia él, junto con su copa ya medio vacía—. ¿Muchos beneficios en el día de hoy?

El hombre sonrió de medio lado. Liara conocía bien aquella sonrisa, pues era la misma que ella esbozaba cuando creía tener el control sobre algo que la otra persona desconocía, es decir, algo que sucedía la mayoría de las veces. Aunque fuese mentira.

Desde luego, querida. Ha sido un día realmente fructífero. Me atrevería a decir que de los mejores en estos últimos tiempos

Se sentó a su lado, dejando el sombrero a un lado y la observó fijamente, durante unos segundos que se hicieron realmente incómodos para ella.

Bien, eso está bien—apuró su copa.

¿Y para vos? ¿Ha sido un día provechoso?

Hm… como todos.

La conversación fue apagándose. Él con semblante casi triunfal, ella turbada por no saber a qué atenerse.

Vamos, Garreth, soltadlo ya—dijo mientras pedía una botella de vino y una copa para él.

Garreth llevó entonces la mano al bolsillo de su chaleco y sacó un sobre finamente doblado.

Habéis recibido esta carta.

Liara alzó una ceja.

Vaya, debe de ser de uno de mis múltiples amantes, ya sabéis, uno en cada puerto. Son más insistentes que los saqueadores del cementerio—Sin embargo, y aunque supo disimularlo, sintió como todo su cuerpo se ponía en tensión. El único gesto que pudo delatarla fue el modo en que crispó la mano sobre el cristal.

Él, en total silencio, le tendió el papel.



La pelirroja reconoció al instante aquella letra, ese tono rojizo y dorado… aquel estilo tan pulcramente estampado en el papel.

¿Quién os la ha traído?—miró duramente al hombre—¿Y por qué a vos?

Oh… Kolt, el tabernero, me dijo que os había llegado una carta, creí que estaría más segura en mi despacho.

Liara se levantó del taburete.

Mentís.

Garreth alzó la mirada hacia ella.

Thannaris, de la casa Thann de Ereaten. No está nada mal, ¿sabéis?

¡No teníais ningún derecho!—exclamó la muchacha cogiéndole de la solapa de la camisa.

El hombre sonrió ampliamente, sin inmutarse. Liara supo que, de alguna manera, sabía exactamente lo que contenía aquella misiva. Sintió ganas de golpearle.

Tan solo me aseguraba de hacérosla llegar en las mejores condiciones, señorita Thannaris—le susurró, con guasa.

Liara esperó un segundo, dos, tres… hasta que finalmente le soltó.

Tened por seguro que esto no quedará así.

Corrió escaleras arriba, al cuartucho por el que había pagado de más y en el que se había alojado los últimos meses, con el sobre ya medio arrugado.

Garreth se sirvió un poco de vino y alzo ligeramente la copa, dándole algunas vueltas. Su mente parecía estar en pleno funcionamiento.




Spoiler:

El aire revolvió los cabellos de Liara mientras el barco avanzaba en dirección al oeste. De vuelta a Ereaten.

Un hombre con una cicatriz cruzándole parte del rostro se acercó a ella mientras se pasaba la mano por la cabeza rapada.

¿Quién diablos era ese tipo del puerto?—preguntó sentándose a su lado, lo más cerca de la proa que le era posible.

Un conocido—dijo simplemente.

Un conocido que se toma muchas confianzas, por lo que veo.

Liara giró su cabeza hacia él y alzó una ceja. Directo, casi lo había olvidado.

¿Ahora estás celoso, Lank?—preguntó, en tono divertido.

El hombre chasqueó la lengua y trató de recolocarle el cabello, que ahora le tapaba la mitad de la cara.

Esto no es un juego, Liara—cabeceó hacia la anciana que les observaba unos metros más allá—. Sabes lo que puede sucederte si Erivelet cree que hay alguien que puede importarte lo suficiente.

Lo sé. Es increíble lo fácil que se me hace causarle estados de histeria. Es algo que siempre he adorado de mi encantadora madre—le dedicó una sonrisa traviesa, realmente parecía disfrutar con ello.

¿Acaso no recuerdas lo que sucedió la última vez?

Besos de humo—dijo ella de pronto llevándose la mano a la pitillera—. Lo recuerdo.

También yo.

Se miraron, cómplices.

Te he echado de menos, Colibrí.

Yo no tanto—le respondió alzando la vista al cielo anaranjado de la tarde—¿Sabes? Todos los días me despertaba pensando que iba a encontrarte a los pies de mi cama, zarandeándome, dispuesto a darme una charla sobre lo sucedido la noche anterior, noche en la que habría hecho cosas estúpidas… cosas que por supuesto, yo no recordaría. Y entonces cogería un cigarrillo—en ese momento sacó un pitillo, a lo que el hombre respondió inclinándose hacia ella con intención de darle un manotazo, pero la pelirroja se apartó, sonriente, mientras volvía a guardarlo—, y tú lo lanzarías metros más allá a la par que empezarías un nuevo discurso. Eso me haría sentir bien, porque olvidarías por completo sermonearme por las estupideces que habría cometido… porque no haría falta que me avergonzara de mí misma una y otra vez—suspiró—. No, no te he echado de menos en absoluto, Tejón.

No está mal esa maniobra de distracción, incluso ahora te ha funcionado. Veo que aprendiste bien—Lank apoyó su mano en la madera y le dio unos suaves golpecitos.

Aprendí del mejor—afirmó ella, mirándole fijamente.

El hombre le sonrió y giró la cabeza hacia el frente. Una vez que su rostro no podía ser escrutado por la joven cambió el gesto a serio, amargo… culpable.

"Llévame contigo, Tejón", le pareció escuchar aquella suplica infantil en un eco lejano, "No puedo continuar aquí… Por favor, Tejón, por favor. Me estoy… perdiendo. Sácame de aquí".

Cerró los ojos en una expresión totalmente contraída.

¿Me prometes que te portarás bien en el funeral?—preguntó entonces, tratando de sonar neutral, como si aquella cuestión no fuese realmente relevante.

Claro. Te prometo actuar como se espera de mí. Como se espera de la señorita Liara Thannaris. Incluso me he puesto este estúpido vestido.

Estiró un poco los brazos como si de ese modo demostrase el terrible sacrificio que había llevado a cabo, aunque en realidad siempre le había encantado aquella pieza roja y negra, estridente y llamativa.

Bien. Es lo único que te pido—dijo sin mirarla. Le dio un suave toque en el hombro y se dirigió hacia la mujer anciana, que no había dejado de observarles en todo aquel tiempo.

Liara asintió y apretó con más fuerza contra su torso el arco que llevaba escondido bajo la capa. Sabía perfectamente lo que su madre esperaba de ella, lo que siempre esperaba en todas sus grandes fiestas.

Y no pensaba decepcionarla.




El cementerio de Ereaten, la capital del reino, se alzaba dentro de unos gigantescos muros de piedra. En aquel momento del año, cuando el invierno había rebasado esa zona, la ciudad lucía totalmente blanca. La joven cerró los ojos un momento mientras recorría las calles que tan bien conocía.

La pelirroja se detuvo frente a la gran puerta que conducía hacia el interior del camposanto, carraspeando ligeramente.

¿Estás bien?—Lank se acercó a ella, tomándole del rostro.

Liara asintió, sin embargo su gesto parecía totalmente afligido. El hombre la miró, como si comprendiera algo.

Supongo que nunca nos hacemos a la idea de que nuestro ser amado se vaya del todo… ¿Quieres que esperemos un rato?

No… por favor, id entrando… tan solo necesito unos minutos.

Lank asintió, le acarició la mejilla con suavidad y, acompañado de la anciana, cruzó el umbral. Una vez ambos se alejaron lo suficiente, Liara abandonó aquel gesto que tan bien se le daba y sonrió de medio lado.

Sí, perder a la persona amada siempre dolía. Pero para ella su fase de duelo había terminado años atrás.

Sacó la carta que tan pulcramente había escrito su madre. Un papel repleto de mentiras sobre las últimas palabras de la elfa, algo con lo que llamar su atención, una forma de tratar de hacer ver que simpatizaba con su cruzada personal. Pero Liara conocía perfectamente las maniobras de la gran Erivelet, por lo que había acudido a la cita, pero no del modo que ella esperaba. Arrugó de mala gana la misiva y volvió a guardarla.

Damas y caballeros—murmuró abriéndose la capa y sacando a relucir su arco, alrededor de este llevaba enrollada una gran cuerda—, la casa Thannaris os da la bienvenida—rio por lo bajo mientras desaparecía de la vista de los guardias que franqueaban la entrada. Durante el día eran pocos los apostados ahí.

Encontró el lugar que consideró más propicio y enganchó la soga en la parte alta del muro, en la zona próxima a la cripta perteneciente a la familia Thannaris, donde incluso los sirvientes más leales a estos eran enterrados cerca de los señores, a las afueras de la construcción. Una vez se hubo asegurado de que estaba lo suficientemente bien sujeta para aguantar su peso, comenzó a ascender por esta, de forma ágil aunque algo incómoda por el sobrecargado vestido. Cuando estuvo arriba, recogió la cuerda y la dejó a un lado. Tomó el arco y sacó una flecha que llevaba enganchada en la liga. La había comprado en uno de sus viajes al sur, en un pequeño puesto especializado. Sin duda causaría sensación, pues a pesar de no saber manejar el arco con destreza para el combate, había sido una actividad habitual para ella exhibirse en la forma más artística de este.

Justo en aquel momento, su madre iba a comenzar un discurso emotivo, cargado de las clásicas frases sobre el fin de la vida, sobre las virtudes que poseía la buena de Elirya, sobre su labor y buen carácter. Palabras vacías para un público vacío dispuesto a asistir a uno de los acontecimientos de la familia Thannaris, siempre correctos, siempre derrochando gran elegancia, grandeza y esplendor.
La pelirroja colocó la flecha en su lugar y tensó la cuerda, aguantó la respiración durante unos instantes…


…y, simplemente, soltó.

La flecha se encendió en el aire, convirtiéndose en una pequeña bola de fuego que avanzaba a toda velocidad. Los invitados alzaron la vista unos segundos antes de que esta terminase cayendo en el enorme círculo de rosas rojas que se había depositado alrededor de la lápida, adquiriendo un tono negruzco antes de deshacerse totalmente carbonizadas. A los pocos instantes un círculo de llamas se alzaba en torno a la tumba… y a su madre.

¡Gracias! ¡Muchas gracias!—exclamó la joven bajando el arco y haciendo una sutil reverencia, con una amplia sonrisa—. Ha sido un duro entrenamiento, pero me alegra haberos podido deleitar con mi nueva afición. El arco corto estaba bien pero este…—negó un par de veces, acariciando la madera—, es todo un arte—su tono de voz destilaba orgullo y apatía a partes iguales.  

Los asistentes comenzaron a murmurar entre ellos, totalmente escandalizados ante la escena. Su madre, pálida como la propia nieve que cubría el lugar, fue rescatada de forma inminente por los guardias, quienes rápidamente apaciguaron las llamas y la ayudaron a salir.

¡Liara! Baja de ahí—la voz autoritaria de Erivelet se alzó por encima de los cuchicheos.

¿No os ha gustado, madre? Lástima que no haya un piano cerca… habríamos podido terminar de deleitar a nuestros invitados. Sin duda habría sido una fiesta mucho más entretenida, la música siempre lo mejora todo, absolutamente todo. Pero en fin, en lo efímero se encuentra siempre el equilibrio, ¿no creéis?—su mirada, en ese momento totalmente vacía, traspasó a la mujer—. Ha sido todo un éxito, una gran velada. Os felicito. Mi enhorabuena—inclinó la cabeza, de forma exagerada.

Lank se llevó la mano a la frente, frotándosela como si no creyera nada de lo que había ocurrido.

"Ponte la peluca, tejón. Ponte la peluca y cierra el pico"

¡Liara!—chilló entonces una voz femenina de entre el público, aterrorizada—¡Liara, niña, ven!—su tía se acercó, con paso lento y renqueante debido a la cojera que hacía años que la atenazaba debido a una infección mal tratada.

La pelirroja elevó una carcajada, seguida de otra y de otra. Parecía atacada por la risa. Cuando cesó y se pasó el dedo índice bajo los ojos, para desechar las pequeñas lagrimillas que se habían formado, pudo ver como los guardias de la ciudad comenzaban a acercarse debido al alboroto. Pero aquello no iba a ser necesario, sabía de buena tinta lo que tocaba ahora. Dardos, sueño, golpes, rubíes. Y después… su deber, los recuerdos, los legados.

Estaba segura de que todos los allí presentes creían que había perdido el control, pero en realidad… en realidad jamás había estado tan cuerda, jamás había maniobrado de forma tan sublime. Había cumplido su objetivo.

Cuando el pequeño aguijón se clavó en la parte baja de su nuca y Liara se tambaleó hacia delante para después caer, Lank ya estaba abajo con los brazos extendidos, preparado para cogerla.

Llevadla de vuelta a casa—ordenó su madre—. Sin duda la muerte de Elirya ha sido un duro golpe para ella—trató de excusarse ante los asistentes—. Mi pobre hija…—suspiró, negando para sí.

Algunos invitados se acercaron a ella dedicándole palabras de apoyo, ofreciéndole toda la ayuda que necesitase. Tampoco había salido tan mal la inadecuada aparición de Liara, a fin de cuentas eran personas importantes. ¿Y qué mejor forma hay de ganar poder que una tierna visión de madre desesperada ante las personalidades más influyentes de gran parte del reino de Garnalia central?

Un par de guardias personales, vestidos en tonos rojizos y con el emblema de la familia, escoltaron a Lank mientras llevaba el cuerpo inerte de Liara de regreso a la mansión Thannaris, situada al norte de la ciudad.

"¿Pero qué diablos has hecho?", se preguntaba una y otra vez.

"El espectáculo más memorable que jamás hayas podido ver, Tejón. El más memorable y encantador. Adoro este vestido ¿tú no? Vamos, vamos, vamos, ponte una de esas pelucas. Rápido, rápido. Yo me encargo de la máscara. Las máscaras me sientan bien. Adoro las máscaras", le respondía con voz burlona.




Spoiler:

La fusta se clavó en su espalda de tal modo que cuando Erivelet la retiró sintió como parte de su piel se iba con ella.  Y sin embargo, Liara no podía dejar de reír de forma escandalosa a pesar de haber recibido golpes en la mayor parte de su cuerpo.

¡¿Cómo te has atrevido?!

El objeto volvió a chocar contra su cuerpo, lo que causó que la joven se retorciera en el suelo.

Soy… una chica… atrevida—respondió cuando pudo recobrar el aliento, que en ese instante, para su desgracia, no era el suficiente como para continuar carcajeándose.

Lo que eres es una estúpida—la mujer alzó de nuevo el brazo, dispuesta a seguir— ¡Debes temer y obedecer a aquellos que tienen el poder!

Liara trató de incorporarse pero sus articulaciones, claramente castigadas, se lo impidieron. Así que, ayudándose de sus brazos, quedó de rodillas ante su madre quien, aturdida por el movimiento, mantuvo la posición. La joven fue alzando la cabeza lentamente hacia ella. Una vez que su cabello alborotado dejó de cubrir su visión, sus intensos ojos verdes se clavaron en los suyos, divertidos.

Temedme pues, madre.

Erivelet apretó los dientes con fuerza y comenzó a respirar profundamente. Gruñó, encolerizada. Liara respondió a ello sonriendo de medio lado y dejando escapar un breve sonido desdeñoso por la nariz.

Temedme—repitió suavemente.

La anciana, que había presenciado toda la escena desde un rincón de la estancia, dio entonces un par de pasos al frente. Vestía una túnica de color púrpura oscuro con adornos plateados en los ribetes.

No dejéis que os confunda, Erivelet, conocéis de sobra su lengua. La caída en su juego es muestra de debilidad. Y habéis trabajado mucho para traer el poder a nuestro señor, no dejéis que os quite su favor tan fácilmente.

Liara giró la cabeza hacia ella.

Ah… Balma, querida. Sigo admirando… vuestra fortaleza al no sucumbir en las corrientes de la etiqueta y… y el buen gusto. Os favorece—comentó en tono lisonjero, de forma entrecortada.

El brazo de su madre bajó con rapidez causándole un palpitante dolor en el hombro derecho y haciendo que cayera de nuevo, golpeándose la barbilla contra el suelo, con fuerza. Recordó cómo años atrás la misma acción había dejado dos pequeñas cicatrices en esas zonas de su cuerpo, casi imposibles de dilucidar debido al tratamiento al que posteriormente le habían sometido.


La joven entreabrió los labios, sintiendo el frío suelo en la parte interior de estos.

"Temedme", habría querido repetir.

Balma salió entonces de la estancia, en silencio, mientras su madre se agachaba a su lado y, a través de una jeringuilla, le inyectaba un líquido transparente en el brazo. Tras eso, se recogió los bajos del vestido y, todavía con la fusta en la mano, se acercó al capitán de la guardia, que había observado la escena con mal disimulado regocijo. Liara ya le había visto esa expresión en anteriores ocasiones. No hacía falta ser demasiado avispado para percatarse de las leves muestras de dolor, mezcladas con placer, que asomaban a su rostro cada vez que se colocaba la armadura pesada.

Su madre siempre había destinado los cargos importantes a personas que podían definirse cuanto menos como “especiales”.

Vigiladla, Grabel—ordenó simplemente.

El hombre asintió y se dirigió hacia la entrada de la habitación. No obstante, antes de asir la madera, observó de reojo a qué distancia se encontraba ya Erivelet, después se giró hacia la muchacha, sin entrar.

Disfrutad, dama Liara. Solo así se refuerza el espíritu—le dijo en tono confidente.

Como respuesta, la joven tan solo pudo emitir un desconcertante sonido. Los párpados comenzaban a pesarle y podía sentir como todos sus sentidos se perdían en un torbellino de silencio.

Lo último que alcanzó a ver fue un resplandor rojizo que se acrecentaba con el sonido de una puerta corredera cerrándose.

Pero nada de eso la perturbó.

Seguía ejerciendo el control. Y eso era cuanto importaba.

"Temedme".

Y finalmente la espiral terminó por arrastrarla en una corriente oscura, imposible de franquear. Después de ello, la nada.




Spoiler:

¡Lank! Oh, querido chico… ¿Dónde está la niña?

La mujer, que aparentaba más edad de la que tenía, le miró con ojos suplicantes. Lank le tomó una de las manos y la apretó con levedad: estaba helada.

No os preocupéis, señora Suila. Liara está bien—le sonrió levemente—. Tan solo ha sufrido un pequeño percance debido a la tensión del lugar. Pero no temáis—bajó el tono, casi en una confidencia, mientras comenzaba a ayudarla a subir la gran escalinata del vestíbulo—, estoy convencido de que en breves volverá a cantar para vos en las meriendas.

La mentira siempre había sido un buen entretenimiento para él. Aunque todo había cambiado desde el día en que Gestiel Thannaris le reclutó para su propia pequeña banda de ladrones de guante blanco, pues entonces la mentira se había convertido en un arte, un arte que siempre se esmeraba por mejorar. Y seguramente por ello la temblorosa mujer depositó un tierno beso en el dorso de su mano, agradecida.

¡Oh, mi dulce niña! Cuán insoportable ha sido la espera de su regreso—suspiró, centrando la mirada en la cristalera de colores que coronaba la pared central—. Habrás de disculparme, joven—se llevó la mano a un costado, mientras inspiraba copiosamente—, pero una ya empieza a notar el paso del tiempo. Dile a Liara que venga a verme cuando despierte, ¿de acuerdo?

Desde luego, será lo primero que le diga, señora Suila—soltó con delicadeza a la mujer e inclinó levemente el cuerpo hacia delante, con la mano cruzada en la cintura, en una reverencia sutil y elegante—. Pasad una maravillosa velada.

También tú, chico—se giró para marcharse, con paso renqueante. Cuando ya llevaba buena parte de trecho recorrida se detuvo y gritó: —¡Y cuando puedas tráeme ese reloj de agua que le compré en Las Horcas para su cumpleaños!

Os lo traeré a la mayor brevedad, dama Suila. Le encantará, estoy seguro.

"Ni siquiera lo verá…"

Suspiró, permitiéndose el lujo de sentarse en el enmoquetado y cerrar los ojos unos segundos, intentando reconstruir aquel puzle sin sentido que Liara había creado.  

"¿Todo para montar un espectáculo?", negó para sí, chasqueando la lengua.

"Piensa, Tejón, piensa", le respondía en tono divertido. Liara comenzó a dar vueltas a su alrededor, mientras le iba poniendo pelucas de distintos tipos.  

"¿Venganza? ¿Querías volver por venganza?".

"Eso no tiene ningún sentido", negaba la muchacha apoyando los codos en sus hombros.

"¿Para reírte de mí, quizá? ¿Para recordarme una y otra vez que esto lo he causado yo? ¿Qué podía haberlo evitado?"

"Llévame contigo, Tejón, llévame contigo", la voz infantil surgió de la pelirroja, que después comenzó a reírse.

¡Basta!—exclamó.

Abrió los ojos mirando a su alrededor. Un guardia regordete acababa de entrar. Su cara era de desconcierto.

¿Cómo decís?—preguntó con el ceño fruncido.

Lank se quedó por un momento en blanco.

Nada, nada.

Se levantó, sonriendo de medio lado, tratando de disimular todo aquello que estaba corroyéndole por dentro. Bajó la escalinata con paso desenfadado.

¿Pudo concluirse el entierro? —preguntó de la misma forma.

El hombre le miró de arriba a abajo, todavía receloso.

Sí. Y todos se fueron a sus casas… el ocaso no tardará en llegar y no es buena idea seguir por las inmediaciones. Pero no hubo más incidentes—cruzó los brazos bajo el pecho, tratando de imitar una pose profesional.

De acuerdo…—se pasó la mano por la nuca.

El tallado del sepulcro era apropiado—se encogió de hombros—. Eso está bien.

Hm…Sí, lo está.

Además el mármol era de buena calidad. Eso también está bien.

Claro… Si me disculpáis he de atender unos asuntos.

El guardia volvió a encogerse de hombros y Lank encaminó sus pasos a una de las salas más pequeñas de la mansión, un lugar donde pudiese pensar con claridad… y donde nadie le enumerase las múltiples cosas que estaban bien en un entierro.

Sin embargo, a mitad de camino se detuvo. Frunció el ceño, con gesto contraído, y se mordió el labio.

"Eso está bien, Tejón. Maravillosamente bien. Coméntaselo al guardia, seguro que estará de acuerdo."
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Re: Rumbos de Liara (+18)

Mensaje  Liara el Miér Sep 07, 2016 2:38 am

I. La Muerte: la mayor locura y el mejor de los espectáculos (parte II)


Spoiler:


Cuando Liara despertó lo único que podía sentir era el frío que se colaba en su cuerpo desnudo a través del suelo. Trató de mover el brazo, después la mano y finalmente el dedo índice, pero sus extremidades no respondieron.

El efecto, todavía no ha pasado el efecto”.

Continuó postrada ahí, preguntándose cuántas horas, cuántos días, llevaría en esa posición. Recordaba tenuemente las entradas y salidas, los pinchazos en el mismo punto de su brazo, voces amortiguadas... Lo único que podía manejar en aquel momento eran los párpados. Pero no debía abrirlos.

Mantén los ojos cerrados, colibrí. Tranquila, deja que la oscuridad te proteja, la oscuridad es tu apoyo, no abras los ojos”.

Trató de frenar el impulso que la llevaba a abrirlos y caer en el pánico.

No mires, no mires”, se repetía una y otra vez.

Pero sus ojos se resistieron al autocontrol impuesto y miraron. Y encontraron la misma imagen que antaño.

Rubíes.

Aquel intenso color rojo dañó todo su ser. Los rubíes estaban posicionados por toda la pared, creando reflejos entre ellos, reflejos capaces de enloquecer a cualquiera, porque se movían, porque hipnotizaban… porque no permitían ver. Y mirar al suelo tampoco era una solución. Rubíes tallados en una superficie transparente totalmente plana que no dejaba ver el fin de esas gemas bajo sus pies.  

Emitió un pequeño sonido de angustia y trató de golpear bajo su cuerpo, en un acceso de ira, recordando los largos días que había pasado encerrada en aquella habitación. Los rubíes habían sido su jaula, su mayor miedo en aquella época y, probablemente, aquello sería algo que nunca cambiaría, por mucho que el tiempo pasase implacablemente. Aquella gema siempre sería su tortura. Y, no obstante, la habitación estaba repleta de todas las comodidades que podían encontrarse en el mejor dormitorio de cualquier casa del barrio rico: una enorme cama repleta de cojines, un par de mesillas de noche, estanterías…, y sin embargo faltaba un elemento esencial en todo ello: ventanas.  

Poco a poco, sintió como recuperaba parcialmente el control de sus miembros y fue capaz de arrastrarse hasta la silla en la que reposaba su vestido, perfectamente limpio y doblado, junto a un collar de rubíes que su madre se esmeraba por dejar siempre a su vista, por si todo aquello no fuese suficiente. Tiró de la tela, jadeando, y logró que cayera sobre su cabeza. Se quedó así, deseando que el efecto pasase lo más pronto posible y poder escapar de la pesadilla que la atormentaba en sus peores noches.

Para entretenerse, calibró mentalmente la distancia a la que estaba la calavera roja que debía empujar hacia el interior de la pared para abrir el pasadizo secreto por el que tantas veces había huido y, a su vez, regresado para no levantar sospechas.

Pasaron un par de horas hasta que pudo levantarse y vestirse, esto último con mayor dificultad ya que las lesiones le impedían desempeñarse del mismo modo.

Se acercó hasta la estatuilla y, con las manos llenas de heridas y alguna que otra uña rota, empujó. El único ruido en un primer momento fue un leve siseo, como si una plataforma se arrastrase más allá. Tras ello, el mismo sonido una y otra vez, cada vez más cerca inundó los oídos de Liara y, finalmente, una pequeña franja de pared se abrió ante sus ojos. Más allá de esta había un pequeño túnel por el que cabía una sola persona estirada y se perdía en la oscuridad.

Cogió el collar de rubíes y lo estampó contra el suelo. Se acercó hasta el pequeño hueco y se agachó, dispuesta a arrastrarse en la penumbra. Sin embargo, se quedó quieta un segundo para finalmente incorporarse de nuevo, tomar la joya entre sus manos y engancharla en su liga. Bien merecía una compensación por aquellos días.

Y entonces sí, salió del lugar, dispuesta a no volver a pisarlo nunca más.

Aunque previamente debía pasar por su antigua habitación y rebuscar entre sus viejos escondites antes de que se percatasen de su ausencia. Tenía algo que recuperar.

Para conseguir lo que se desea, Lili, muchas veces nos vemos obligados hacer grandes sacrificios. Por ejemplo, hoy me he pasado todo el día metido en la sastrería. Sí, en la sastrería. Tendrías que haber visto la cara que ha puesto ese hombre tan estirado al verme, casi parecía que iba a darle algo. Le he enseñado mi bolsa y entonces ha dejado de observarme como si fuese una rata. En fin, como decía, hoy me he pasado todo el día en la sastrería, dando vueltas entre las telas mientras un par de chicas iban poniendo unas sobre otras, para combinarlas, no sé, esas cosas que se hacen allí. El caso es que tras esa gran agonía, he conseguido las ropas perfectas… el vestido perfecto para ti”, su propia risa lejana inundó los sentidos de Liara mientras se arrastraba entre la oscuridad, “Porque sé que te gustan esas tonterías. No voy a pararme a discutir ni a ponerme sentimental sobre lo mucho que te lo mereces, porque ya sabes que yo no soy así. ¿Ha valido la pena mi abnegación? No lo sé. ¿Volvería a hacerlo? Sin duda. Porque, Lili, para conseguir lo que se desea nos vemos obligados a hacer grandes sacrificios. Y yo he hecho todo eso para que volvieras a besarme. Porque es la única ambición que tengo ahora mismo, pequeña listilla. Así que deja de quejarte por ese rasguño, hay personas que hemos tenido un día peor que el tuyo y no estamos aquí lamentándonos por ello. ¿Te he dicho ya lo que supone para mí entrar en un sitio así, por cierto? Es un horror, Lili, un horror”.




Los primeros rayos de sol inundaron las nevadas calles de la ciudad mientras Liara dirigía sus pasos a un lugar concreto, sin entretenerse en observar la belleza que el paisaje le otorgaba, como hubiera hecho tiempo atrás. Poco parecía importarle el frío que debía sentir, portando el vestido rojo y negro sin mangas, sin capa alguna cubriendo sus hombros desnudos. A su espalda llevaba colgado un arco largo de madera de fresno que emitía un amplio, aunque tenue, resplandor rojizo.

Las grandes puertas del cementerio volvían a estar abiertas al público que desease pasear entre sus criptas y monumentos.

Dis… disculpe señorita…—la pelirroja sintió como tiraban de los bajos de su falda y descendió la mirada.

Ante ella había tres niños muy pequeños, sucios y sin zapatos que trataban de protegerse del frío con sus pequeñas manitas. Se agachó, suavizando la mirada.

¿Sí?

El que parecía el cabecilla parpadeó, desconcertado, sin duda no esperaba aquella respuesta de alguien de porte tan regio.

¿Tendría algo para nosotros? Tenemos frío y… y…—tragó saliva, todavía cortado.

¿Cuántos años tenéis?

Yo nueve mi… mi señora. Mis hermanos tienen cinco y tres… mi madre está enferma y… y…

¿Y sabe que estáis aquí desde tan temprano? —la joven sonrió levemente, arrodillándose del todo frente al chico. Hizo una pequeña mueca de dolor cuando su rodilla se posó en el suelo.

Yo… yo…

Liara frunció el ceño y, sin ningún tipo de miramientos, atrajo hacia sí al más pequeño de los tres, provocando que el mayor extendiera el brazo hacia ella, soltando una exclamación asustada. Sin embargo, la pelirroja se dedicó a mirarle los dedos de los pies, que estaban llenos de suciedad… y de hierba.

¡¿Habéis pasado la noche en el cementerio?!—preguntó, frunciendo el ceño y soltando al niño, que corrió a refugiarse tras su hermano.

Dicen que las criptas de los viajeros tienen… que…—el mayor parecía comenzar a arrepentirse de haberse acercado a ella.

¿Grandes tesoros?—alzó ambas cejas—¿Y os habían dicho que es también un atajo de salteadores?

Por favor, señorita…

Liara se alzó la falda del vestido por un lado, hasta medio muslo. Descolgó el collar de rubíes y se lo lanzó con suavidad al niño, que lo cogió en el aire, con los ojos abiertos al máximo.

Id a ver a Olgheir y… ¿conocéis su tienda, no?—el pequeño asintió— Decidle que Colibrí le manda esto y que el momento ha llegado. Él se encargará. Pero debéis prometerme que jamás volveréis a pisar el cementerio de noche. ¿Lo haréis? —miró a los hermanos con seriedad, estos asintieron. A juzgar por su expresión parecían tener el corazón en un puño, como si no entendiesen nada—Bien. Entonces id. ¡Y que no vuelva a veros por aquí! —se incorporó, antes de que los niños reaccionaran, y cruzó las puertas bajo la atenta mirada de los guardias, inmóviles a cada lado de la entrada.

Recorrió el sendero que llevaba hacia el otro extremo, perdida en sus pensamientos.


Los bosques son el lugar ideal para aislarnos de nuestros problemas”, resonaba en su cabeza aquella fina voz femenina “Los árboles nos acogen en su eterno lecho, dispuestos a rodearnos entre sus ramas, a extirpar con sus verdes hojas todo el dolor que portamos en nuestro interior y purificarlo, para que la hermosura y el amor puedan volver a florecer en nuestros corazones maltrechos. Por eso te he traído aquí, querida mía. Pues tal perfección de cabellos de fuego no puede estar siempre mermada por el sufrimiento. Deja que la vegetación te escuche, cierra los ojos y trata de contactar con los espíritus del bosque, encuentra la belleza en cada rincón...”.

Comenzó a dar vueltas por la zona, buscando algo con la mirada. A aquellas horas de la mañana el cementerio estaba desierto, ni una sola alma deambulaba por allí. Finalmente, sus ojos verdes relucieron al encontrar una pala abandonada en un rincón, unos metros más allá de la cripta de Gestiel Thannaris… y del lugar de reposo de Elirya.

La tomó con ambas manos, sobreponiéndose al dolor de sus brazos, y se acercó a la perfecta lápida de mármol tallado.

Tranquila, te llevaré al bosque, Elirya. A nuestro bosque—susurró alzando la pala.

Y, simplemente, la dejó caer encima de la tumba… pero alguien la agarró desde atrás, apartándola de su objetivo.

¡Liara! ¿Pero qué diablos…? ¡Liara! —exclamó la voz de Lank cerca de su oído.

¡Suéltame!—trató de desembarazarse de él, agitando los brazos.

¡Vas a atraer la atención de los guardias!

La joven se retorció como un gato salvaje y consiguió escabullirse. Corrió hacia la tumba… hacia Elirya, con la pala nuevamente alzada.

Distracción, una distracción…”, se dijo Lank antes de abalanzarse sobre ella y volver a retenerla.

¡Estás herida!¡Suéltala!

La joven emitió una especie de bufido desde la profundidad de su garganta y le mordió el brazo. El hombre cerró los ojos y apretó los labios, maldiciendo mentalmente, pero no la soltó.

¡Deja de hacer el idiota! —la pelirroja clavó con más fuerza sus dientes y agitó la pala en al aire, pero debido a su debilidad poco pudo hacer para intimidarle—¿Acaso te has vuelto loca? —preguntó Lank, de pronto.

Distracción…

¿Loca? ¿Me estás llamando loca, maldito ignaro? —el hombre sonrió levemente. Había dado en el clavo—¡Ese no es su sitio!—exclamó revolviéndose entre sus brazos—¡Déjame!

Te soltaré si me prometes que te vas a calmar y a dejar de blandir esa cosa como si fueses una chiflada…

Poco a poco, la joven dejó caer los brazos y se echó hacia delante, en señal de rendición. Lank esperó unos segundos y finalmente la liberó.

Y ahora te vas a poner la capa que he…

Antes de que pudiese terminar la frase, la pala se dirigió hacia él, y le propinó un fuerte golpe en la nariz. Sintió el sabor metálico de la sangre en su boca y como su cuerpo se doblaba para terminar cayendo hacia atrás. Liara se desequilibró un momento, yéndose para un lado por el peso.

¿Qué crees que est…?

La pelirroja alzó de nuevo lo que parecía ya su nueva arma.

¡Todo esto es por tu culpa!—gritó de pronto.

Lank dio un leve respingo, como si le hubiesen pinchado en la nuca, y alzó un brazo hacia ella.

Liara…

¡NO!—se acercó a él con lentitud, cojeando del pie derecho, con la pala en alto—¿Por qué tuviste que hacerme esto?

El joven suspiró, derrotado. Se incorporó pesadamente, dejando tras de sí un pequeño reguero de gotas de sangre.

Porque fui un cobarde y… un idiota.

Te odio, Lank—terminó llegando a su altura, mirándole fijamente, con desprecio. Sus pies se movían, nerviosos, de un lado a otro. Aferraba la madera con fuerza, crispando los dedos alrededor de ella.

Lo sé—respondió él, de pronto derrotado.

Elirya no continuará entre estas frías piedras, tenlo por seguro—zanjó, sin cambiar el gesto—. No estoy loca, Lank. Tan solo pongo las cosas en su sitio antes de mi marcha—su tono glacial atravesó la mente del hombre, pues sabía a qué marcha se refería.

Giró sobre sus talones, encaminándose de manera decidida hacia la tumba.

Cambiar de lugar a Elirya no hará que te sientas mejor. No es su cuerpo lo que echas de menos, lo que anhelas revivir…—la joven se detuvo y alzó la vista al cielo—, es su recuerdo—Lank se acercó poco a poco, meditando cada paso. En cualquier momento Liara podía volver a perder el control… y entonces… todo estaría perdido—. Enterremos su memoria en el lugar que le corresponde, si es lo que deseas… pero deja que reposen sus restos materiales. Démosle fin al martirio que ya sufrió en vida.

Ni siquiera pude llorar su muerte…—se giró hacia él.

Lo sé…—extendió el brazo hacia ella—Liara…

No… no puedo expresar nada, Lank—dejó caer la pala, con el ceño fruncido—Ni siquiera sé lo que siento. Me he… perdido—alzó la mirada hacia él, como si de pronto entendiera la magnitud de sus propias palabras.  

Spoiler:

No puedo continuar aquí… Por favor, Tejón, por favor. Me estoy… perdiendo. Sácame de aquí”.

Recordó a la niña asustadiza que había llegado a Ereaten con trece años, recordó cómo había tratado de escaparse decenas de veces porque, como decía ella, aquel no era su hogar, recordó la forma en la que él la había enseñado a no mostrar debilidad, a encerrarse bajo un manto de sonrisas cada vez que lloraba, cada vez que expresaba la más mínima emoción, a burlarse de los sentimientos bajo una capa de vanidad y desatención… como le había enseñado a portar aquella máscara vacía en su dolor, frustración y… soledad. Una máscara que ahora parecía imposible de quitar, cosida a su piel como por arte de magia. Solo que no era magia.  

Y entonces él también se odió más que nada en el mundo, como se había odiado tiempo atrás, cuando la había encontrado dormitando bajo los efectos del alcohol en uno de los puertos de Las Horcas, expuesta a cualquier clase de maleante que pasara por allí. Porque en aquel momento comprendió que Liara era algo más frágil que el cristal, oculta bajo una ilusión de acero y titanio. Y que aquello lo había provocado él.

Negó para sí, tratando de sobreponerse. Extendió de nuevo la mano y se acercó a ella, contando los pasos, caminando de forma lenta y cautelosa, como un cervatillo asustado que intuye que en cualquier momento puede ser sorprendido por un hambriento y feroz lobo.

Vamos, Liara… salgamos de aquí—murmuró.

La pelirroja le miró, como si no entendiese lo que acababa de decir.

Confía en mí.

Liara continuó mirándole fijamente, sin parpadear. Sus intensos ojos verdes habían perdido parte de su brillo, como si su mente estuviese volando, lejos de allí... lejos de él.

Los traidores siempre son desconfiados—susurró, como si aquellas palabras las dijese otra persona, como si alguien se hubiese apoderado de su capacidad de hablar y simplemente repitiera una letanía que sonaba en el eco lejano de sus recuerdos.

Finalmente se atrevió a poner las manos sobre sus hombros. Sabía lo que estaba sucediendo.

Liara, vuelve. Vuelve conmigo…

El arte es el esbozo del alma, el arte…—negó un par de veces, con la mirada fija en el infinito.

Tú eres la imagen de tu alma, Liara.

Hay que esconder.

No, ya no. Olvida todo eso. No son más que milongas.

La joven le chistó, suavemente. Y se quedaron así durante unos minutos que a Lank se le hicieron eternos, esperando a que Liara se desplomase, preparado para recogerla, como tantas otras veces. Porque aquel estado la transportaba a tiempos pasados y cuando quería regresar… su mente no lo soportaba.

Sin embargo, para su sorpresa, la pelirroja terminó por parpadear, como si acabase de despertar y le miró, sonriendo de medio lado.

Estás espantoso. Vámonos, pero procura andar unos metros por detrás de mí, no quiero que crean que he perdido mi célebre buen gusto.

Le dio un suave golpecito en el hombro y se giró, como si nada hubiese acontecido, en dirección a la salida.




El bosque a las afueras de Ereaten presentaba tal belleza en aquella época, con las copas de los árboles cubiertas por ligeras capas de nieve y los pequeños arroyos congelados, que la joven sintió por un segundo como se disipaba la bruma de la tristeza.

No les fue necesario adentrarse demasiado para llegar al claro que a Liara le traía tan gratos recuerdos. Un enorme árbol solitario se alzaba ante ellos, como si de algún modo les diese la bienvenida. La pelirroja cerró los ojos e inspiró con profundidad.

El bosque, la vegetación, los pequeños animales que lo poblaban, habían sido sus confidentes, aquellos que calmaban su alma desorientada; además de mudos testigos de sus encuentros furtivos con Elirya, donde amparadas por la discreción del lugar podían dar rienda suelta a su pasión, lejos del control de Erivelet. Aquel era entonces su territorio, sin bandera, sin frontera, pero completamente suyo. El único sitio donde expresar sus verdaderos sentimientos.

Lank se alejó de ella, en completo silencio, y comenzó a dar vueltas alrededor del claro.

Me he dejado el tabaco”, su propia voz le sonó irreal.

La risa de Elirya retumbó en su oídos, cantarina, sincera.

¿Y para qué quieres algo que va a terminar por matarte si estás en un sitio que te da vida? ¿Es algo poético, quizá?

Poético o no, no sé cómo voy a sobrevivir después de esto sin un cigarrillo”, le respondía con voz traviesa.

El sonido del vestido de la elfa cayendo en la hierba, que en aquella época presentaba vivos tonos verdes y anaranjados, invadió su mente.


Yo te enseñaré cómo…”, Elirya se tumbó boca arriba, desnuda sobre su propia ropa.

Liara se acercó a ella y traspasó su imagen.

Un vicio por otro…”, comentaba ella misma en aquel recuerdo, mientras se deshacía del engorroso vestido azul bordado con un fino brocado plateado, “No sé por cuál de los dos debería decantarme. Al fin y al cabo uno me matará, pero el otro me volverá un ser dependiente que no podrá torturarse por las desventajas que este le aporte. ¿Entonces dónde quedará la gracia de la pequeña rebelión que se forma en nuestro interior cuando hacemos algo que sabemos que no es bueno?”.

En el mismo lugar en que quedan los besos de humo: el vacío”.

Y entonces Elirya estiraba la cabeza hacia atrás y la observaba con el nimio triunfo pintado en sus ojos. Y Liara hacía ver que dudaba, tapándose el pecho con la camisa interior ya arrugada, fingiendo cierto temor.

No sé si me gusta la idea…”.

Y la elfa extendía su dedo índice hacia ella, indicándole que se acercase.

¿Liara La Atrevida recela?”.

Y entonces la pelirroja lanzaba toda su ropa por los aires y, haciendo una exagerada reverencia, respondía:

¡Eso jamás!”.

Bueno… creo que esto ya está.

La voz de Lank hizo que regresara a aquel plano de realidad que tanto despreciaba. En un primer momento se sintió desorientada pero tan solo le hizo falta girar la cabeza levemente para ver a lo que se refería.

El hombre había improvisado un pequeño altar hecho con piedras a los pies del árbol, un altar para sus recuerdos, para su pasado. Un altar donde recordar sin sentir el sabor amargo de sus desvaríos.

Te… te dejaré a solas un rato… iré a…—pero no terminó la frase, simplemente señaló hacia la zona por donde habían entrado y comenzó a andar en esa dirección.

Justo cuando pasaba por su lado, Liara lo detuvo, asiéndole del brazo.

Gracias.

El hombre negó y sonrió con tristeza.

Es lo mínimo que puedo hacer.

Liara frunció el ceño. Ninguno de ellos parecía atreverse a mirarse a los ojos directamente.

No, no tenías por qué haberlo hecho.

Lank le apretó la muñeca con suavidad y continuó caminando.

¡Lank!—le llamó, girándose hacia él—Yo…—se azuzó el pelo, sin osar despegar la mirada del suelo—Yo no te odio.

El hombre le sonrió de medio lado y, finalmente, le dedicó una mirada repleta de cariño.

Lo sé.

La pelirroja asintió, como si aquello la aliviase y alzó la vista hacia él, que ya había retomado su marcha.

No le odiaba, porque él no solo había provocado esa situación de desvaríos, sino que también la había sacado del agujero en el que había caído tres años atrás, cuando tan solo se movía por sus instintos buscando, buscando a aquel contrabandista de puerto en puerto, de taberna en taberna. Cuando había perdido todo amor propio, cuando poco le importaba su suerte con tal de continuar imparable su travesía. Su mente, su cuerpo, su vida… nada le pertenecía hasta que él había vuelto a encontrarla.

No podía odiar a aquel que la había devuelto parte de su existencia.





Spoiler:

Lank se sentó en una enorme piedra, lejos de la vista de Liara. Enterró el rostro entre las manos, totalmente frías tras montar aquel pequeño monumento, derrotado.

Además, había pasado muchas horas haciendo guardia en el cementerio durante aquellos diez días. No podía calcular cuando lograría Liara escapar de la habitación de los rubíes.

Hay veces en las que uno no puede lograr nada con sus actos: para eso están las palabras”, sonó una voz lejana de mujer, ruda y decidida.

Menuda idiotez—murmuró.

Sí, la verdad es que sí. ¿Para qué diablos quiere cuatro piedras mal puestas y encima con este frío de narices?—le replicó una voz masculina, suave y aterciopelada.

Lank pegó tal brinco que hizo que casi cayera de espaldas y giró la cabeza, en busca de su dueño. Pero no le hizo falta investigar demasiado. El corazón de una manzana cayó a sus pies. Alzó la cabeza, alerta, y encontró a un hombre masticando con parsimonia. Su cuerpo era delgado aunque, a juzgar por las apretadas ropas que portaba, también fibroso. Le costó un poco reconocerle, pero cuando lo hizo le lanzó los restos de la fruta con toda la fuerza de la que fue capaz.

¡Maldita sea, grandísimo sinvergüenza! ¿Quieres matarme o qué demonios te pasa?

El hombre se levantó, esquivando con agilidad el corazón, y manteniéndose de pie sobre la rama, que crujía peligrosamente.

No todavía, amigo mío. No todavía—hizo una exagerada reverencia y terminó por descender de ahí con un elegante salto.

Una vez en tierra firme se bajó la capucha mostrando una melena rubia que caía despeinada alrededor de su rostro. Sonriendo de oreja a oreja, en un gesto chulesco y prepotente, le dedicó una intensa mirada. Sus ojos eran verdes, casi parecían brotar chispas de ellos.
Sin poderlo evitar, Lank se quedó embobado mirándolos. Habría podido reconocerlos en cualquier lugar, pero el regocijo que desprendían… Suspiró y entrecerró los ojos, fastidiado por su intromisión.

¿Dónde has estado todo este tiempo, Yaren?

Yaren se pasó algunos cabellos por detrás de las orejas.

Oh… ya sabes.

Sí, supongo que sí que sé—su rostro se contrajo en una leve mueca de asco y le dio la espalda de nuevo—. Creía que estábamos juntos en esto.

Y lo estamos, lo estamos, amigo—sonrió, poniéndole una mano en el hombro—. Pero tenía que despedirme de mi vida antes de pasar a ser un honorable hombre de familia—se inclinó hacia él, fingiendo seriedad—¿Nunca has pensado en la paternidad, querido Lank? Quizá deberías. Te da muchas satisfacciones.

Lank chasqueó la lengua y se giró hacia él.

¿Satisfacciones? Si apenas hace unos años que supiste de ello.

Y me satisfizo mucho cuando lo supe.

El hombre le dedicó una mirada de reproche y volvió a sentarse en la enorme piedra.

No sé por qué le das tantas vueltas—se acercó a él, dando amplios pasos y abriendo los brazos—. Tampoco estás tan mal. Piensa que no es que fueses demasiado atractivo antes. Podrás lucir esa nueva cicatriz en el burdel—ladeó la cabeza—¡Eh! Podemos decir que te la hiciste surcando los mares que separan ambos continentes, cuando te asaltó el marido pirata celoso de alguna mujerzuela. A las putas les encantan esas historias, igual te hacen una rebaja.

No, gracias. No es una mala historia pero creo que no. Además, tenemos asuntos más importantes que resolver.

Todo puede resolverse con putas.

Jamás he oído esa frase de tus labios—respondió, sarcástico.

El hombre rubio alzó el dedo índice y dio un par de pasos a la derecha, después otros dos a la izquierda, quedándose de nuevo en el mismo punto a la vez que iba casi recitando:

Nuestras amigas, las furcias, pueden hacer que lo veas todo de otra forma. Tú pagas, ellas te hacen feliz, tú las haces felices, la economía avanza, la libido fluye y entonces te olvidas de las complicaciones. Todo el mundo quiere sexo, si todo el mundo que quiere sexo tuviera sexo, no habría guerras. Te lo aseguro. Ni tampoco palazos en la cara. Está demostrado—asintió, convencido.

Si tan seguro estás, ¿por qué no vas ahí y le comentas a Liara tu solución mágica?

¡Eh! —el hombre apretó los labios y entrecerró los ojos, sopesándolo. Dio un par de pasos rápidos, como si corriera y luego volvió a su lado—Pues no es mala idea. Eso seguramente nos uniría bastante como padre e hija. ¡Nuestro primer plan familiar! ¿Pero qué crees que es mejor? ¿Hacerlo todo en conjunto? Por eso de la unión ¿O por separado?—movió las manos, con gestos pausados pero se notaba cierta excitación, incluso ilusión, en su tono—. No sé qué gustos tiene en esa materia, y quizá sería un poco raro, por eso de que somos familia.

Lank abrió los ojos, totalmente anonadado, sin saber si le estaba tomando el pelo o no.

¿Qué vamos a hacer con Erivelet?—cortó, cambiando a un tono seco.

¿Hacer? No creo que haga falta hacer nada, querido Lank—alzó un dedo—. Tan solo esperar a que la vieja se la coma en uno de esos rituales, o lo que diablos sea. Está claro que es lo que va a pasar. Estará bien.

Sabes que te está buscando, ¿verdad?

Yaren se encogió de hombros.

Erivelet no sabe encontrar ni su propia sombra, dudo mucho que pueda encontrar otras—sonrió de medio lado. Lank le miró, todavía con la cabeza gacha.

Siempre había sospechado que aquel hombre era mucho más de lo que aparentaba ser, más que un putero y un juerguista que contaba chistes malos. Había comenzado a dudar a las dos semanas de conocerle, cuando se habían visto enzarzados en una pelea de taberna en un pueblucho de la zona oriental de Garnalia. El hombre con el que habían mantenido la disputa no había vuelto a aparecer tras aquella jornada. Quizá no habría sido tan extraño si no hubiese tenido seis hijos y una mujer, con quienes había dormido esa noche. Al despertar simplemente se había esfumado.

Encontró a Liara.

No es difícil encontrarla. ¿A dónde se van todas las almas desesperadas de Garnalia? —preguntó, con cierto aire filosófico—. Al sur. El lugar ideal para empezar de nuevo… y terminar, desde luego. Tan solo hace falta tener un par de monedas, hablar con un par de sureños y… ¡ahí está! Obtienes toda la información necesaria.

Solo espero que sepas lo que estás haciendo al venir por aquí.

Ten por seguro que lo sé. Es un juego de niños, de veras. Además, tampoco pienso quedarme demasiado tiempo, tengo un plan que quizá haga que las cosas vayan bien.

Lo único que hay que evitar es que encuentre a Alauneth. Es demasiado pronto.

No te preocupes por eso—sonrió, quitándole importancia.

Quizá fue por el tono de voz, quizá por su sonrisa o quizá por la seguridad con que lo había dicho, pero Lank no pudo evitar estremecerse.

Dijimos que no le haríamos nada.

Yaren le miró, con gesto inocente.

¿Me estás acusando de algo?

No. Tan solo te lo recuerdo—respondió con tono severo.

Se quedaron en silencio. El rubio sin abandonar su amplia sonrisa, Lank sin poder dejar de estar tenso. Era algo que su simple presencia le provocaba.


Esa Elirya…—murmuró de pronto Yaren—, era rubia, ¿verdad?

—contestó tras una breve pausa, sin entender a dónde quería llegar. Posó sus oscuros ojos en un arbusto totalmente cubierto por la nieve.

Si hubiese sido una puta se habría ahorrado todo esto—se sentó a su lado, en el suelo.

Era una elfa. Y Liara la amaba—comentó Lank, sin saber muy bien por qué.

Amor—Yaren sacó una manzana del bolsillo de su chaqueta, la frotó y le dio un mordisco. Aún con la boca llena añadió—. No, no… el amor entre elfos y humanos…—negó con la cabeza

Elfos—casi escupió Lank—. Orgullosos y fríos elfos. Si estos pueden llegar a amar es solamente a sí mismos. Se llenan la boca hablando de todo, mostrando al mundo que no hay nadie que sepa más que ellos en cualquier cuestión. Incluso se atreven a hablar de amor—frunció el ceño, era algo que había estado almacenando durante demasiado tiempo—, pero en realidad no tienen ni la más remota idea de lo que significa.

¿Acaso es algo fácil a lo que hallarle el significado? —dio otro mordisco y ladeó la cabeza, mirándole de reojo.

No—desvió la mirada, incómodo—, no lo es—tragó saliva e hizo una breve pausa, no podía continuar manteniéndose en silencio, guardando para sí lo que tantas veces amenazaba por brotar en momentos como aquel, momentos en los que Liara perdía el control—. Es por eso que me enervan. Son seres caprichosos y vanidosos que no tienen la más remota idea de amar. Tan solo conocen la palabra. Y eso es porque se quedan en la superficie, no exploran las profundidades de ese sentimiento, no entran en el agujero al que te puede llevar. Viven demasiados años, no pueden entenderlo como nosotros.

¿Y quién querría entrar en ese agujero pudiendo entrar en otros más placenteros?—preguntó, travieso.

Lank se revolvió en su sitio, tratado de no agobiarse.

Nadie ha dicho que sea algo a lo que uno se ofrece voluntario. Pero creo que los elfos tienen tal concepción platónica e ilusoria del amor que nunca podrán conocerlo.

Y por eso estás furioso.

Por un momento Lank se quedó totalmente petrificado. Después se levantó, con lentitud, como si portara una pesada losa sobre sus hombros y se dirigió al tronco del árbol más cercano. Apoyó la espalda en él.

No puedes evitar sentir rabia, sentir que no valió la pena todo el sacrificio de Liara. Porque Elirya no la amaba. ¿No es así? —Yaren se aproximó a él, implacable, y dio un nuevo mordisco.  

Lank se arrancó con los dientes una pielecilla de los labios. El otro hombre seguía acercándose. Conocía de sobras el poco respeto que sentía por el espacio personal del resto. Cuando se quiso dar cuenta ya estaba a pocos centímetros de él, mirándole a los ojos, con aire de superioridad.

¿No es así, Lank? —ladeó la cabeza.

Es… es injusto—afirmó, sin fuerzas.

Y tú sabes mucho de justicia, ¿verdad, Lank? —continuó preguntando, insidioso.

El otro hombre le miró, movido por un resorte, con la culpa asomando en sus ojos.

Es injusto, es injusto…—murmuró Yaren mientras se alejaba de él con pasos lentos y estudiados—Dime una cosa, Lank. ¿Era eso lo que le decías a Liara mientras dejabas que se manchara las manos de sangre? ¿Mientras la instabas a asesinar a aquella mujer? Era injusto, era injusto lo que hacía, merecía la muerte—giró la cabeza hacia él, su cara se había tornado una máscara burlona, su sonrisa se había vuelto retorcida y su mirada malévola.

Lank sintió que se quedaba sin respiración un momento. Quiso hablar, defenderse… pero las palabras no brotaban de su garganta, de pronto totalmente seca. Además, no alcanzaba a comprender cómo podía Yaren conocer aquel hecho.

¿Por qué… no sigues mi consejo y te entretienes con las putas? —Yaren giró su cuerpo hacia él, ahora intimidante, aunque todavía con aquella expresión macabra, entre la locura que nace al mezclar el éxtasis de la alegría y la ira.

Liara debía… debía pasar esa prueba. Solo así estaría preparada—logró decir cuando recuperó el aire.

Preparada… ¿Preparada para qué? Preparada para asistir a fiestas, para conseguir tesoros, para engañar, para moverse sin ser oída, para pintar, cantar, bailar, tocar instrumentos, para fingir no ser ella, para esconderse, para escapar, para saltar, para seducir, para robar, para no sentir, para tapar sus cicatrices sin ayuda de nadie, para ser perfecta… La has preparado para tantas cosas que creo que no sé muy bien a qué diablos te estás refiriendo. Pero tengo clara una cosa, Lank, querido amigo Lank—se acercó a él y puso su frente contra la suya. Lank sintió como sus piernas se ponían rígidas y quedaba petrificado—. Y es que lo has hecho mal—dejó caer el corazón de la manzana a sus pies. Mantuvo esa posición unos instantes con sus intensos ojos verdes fijos en él, brillando peligrosamente, amenazadores. Después, relajó el rostro y le dedicó una amplia sonrisa que culminó en unas sonoras carcajadas—. Nadie está preparado para enloquecer a causa de todas esas cosas. Y mucho menos después de todo lo que ha tenido que soportar desde que era una niña… Parece que los hombres no han hecho otra cosa que complicarle la vida. Supongo que por eso no hay tantos putos. Lo que unas te quitan, los otros te lo dan—de pronto acercó la mano a su nariz y la apretó con fuerza, obligándole a emitir un grave chillido de dolor—¿Entonces qué, Lank? ¿Vas a seguir jugando a caballeros o vas a dejar que otros jueguen las justas mayores ahí dónde tú no supiste ganar? Porque tenlo en mente: no eres el salvador, eres el ogro de la historia, uno de los tantos villanos que la pueblan. Y estás hecho para las furcias, no para mi hija.

Lank apretó los dientes, con los ojos llenos de lágrimas. Pero no pensaba dejarse humillar de aquel modo a pesar de haber sacado gran parte de sus pecados en aquellas palabras. Consiguió reunir el valor suficiente y le propinó un puñetazo en las costillas, lo que le hizo retroceder.

¡¿Pero quién demonios te crees que eres?!—rugió, acercándose ahora él—¿Tú? ¡Que preñaste a una de esas mujeres que tanto nombras y dejaste que tu hija fuese…!—se interrumpió y negó, no pensaba caer tan bajo, no pensaba restregarle todo lo que había sucedido por su culpa, por su ausencia. Agitó la mano dolorida—No pienso jugar a este juego, Yaren. Los dos hemos sido unos hijos de puta, los dos hemos causado desgracias ajenas. Ninguno puede reprocharle nada al otro. Así que olvídate, porque no pienso dedicarme a otra cosa que no sea vengarme de todas y cada una de esas causas. Y ni por un segundo pienses que voy a alejarme de Liara.

Yaren comenzó a reírse por lo bajo.

Eso no será necesario. Ella sola ya se aleja de ti. Y eso es lo que no puedes perdonarle a Elirya. Te importa bien poco que la quisiera o no. Pero no puedes competir con su recuerdo. ¿Sabes lo bueno de los muertos? Que están muertos. Y por tanto sus bondades siempre quedan exaltadas y sus errores desaparecen al igual que sus cuerpos. Mientras que en los vivos las faltas se enaltecen y las virtudes son arrinconadas. Si ya no lo soportas con uno… ¿Qué va a ser de ti cuando haya dos? ¿Es por eso que te opones a que enfrente a su propio destino y descubra a Alauneth?—le sonrió, con malicia— ¿No desearías estar muerto y que todos tus pecados fuesen olvidados?—tosió, todavía doblado sobre sí mismo, con la mano en el lado derecho.  

Prefiero estar vivo y enmendarlos por mi cuenta mientras pueda.

El hombre alzó la cabeza, los iris verdes podían dilucidarse tras los mechones de cabello que caían desordenados por su rostro.

Sea pues—sonrió, incorporándose del todo, como si no hubiese pasado nada—. Los dos ogros de reluciente armadura trabajarán juntos.

Lank no pudo hacer otra cosa que recuperar el aire sin dejar de observarle, con los ojos entrecerrados por el dolor.

¿Qué vas a hacer? —pudo preguntar finalmente.

¿Todavía no has aprendido que los mejores trucos son los que uno guarda en su manga? —giró con gracia la muñeca y justo en la palma de su mano apareció una carta.

El hombre se mordió el interior de las mejillas, comenzaba a hartarse de aquel juego de despiste. Cerró los ojos, agotado.

Bien, ¡haz lo que te venga en gana! Pero como vuelvas a mentarme a las putas no respondo de mí. ¡Ten un poco de seriedad!

Spoiler:

¿Seriedad? —la voz de Liara a sus espaldas le sorprendió. Se giró hacia ella, como un relámpago—¿Qué tienen que ver las meretrices con la seriedad? No conozco concepto más alejado. Bueno, en realidad sí. Pero…—la joven se encogió de hombros, con gesto de extrañeza, mientras se acercaba con pasos lentos hacia él—¿Con quién hablabas?

Conmigo mismo—trató de sonreírle él, dedicando alguna que otra furtiva mirada a su alrededor. No parecía haber el más mínimo rastro de Yaren. Ni siquiera sus pisadas en la nieve.

Hum… supongo que es un tema recurrente. Pero no pensé que lo fuese tanto como para discutirlo con uno mismo.

No veo limitación alguna para sacar un tema de conversación cualquiera cuando tanto el emisor como el receptor eres tú, jamás se puede hablar de cualquier cosa con más libertad que de ese modo.

Liara sonrió levemente, mirándole como si estuviese loco. “Pero no como a un desequilibrado como los hombres rubios que comen manzanas”, se decía él, “más bien como el clásico chiflado encantador que cae bien a todo el mundo”.

Tienes razón, Tejón.

¿Estás preparada para volver?

No voy a volver a la mansión Thannaris…

Lo sé. Me refería a…—calló, tratando de no hacerla sentir incómoda.

… al mundo real.

Al mundo real—asintió.

Liara ladeó la cabeza, pensativa.

Una nunca está preparada para eso. Supongo que lo ideal sería afirmar que estoy preparada para no verme avasallada por la realidad y para volver a tratar de mantenerme serena.

¿Lo estás?

La pelirroja asintió.

Lo estoy.

Lank le ofreció el brazo, sin añadir nada más y desvió su mirada hacia el otro lado del río, donde las murallas de Ereaten se distinguían en la lejanía.

Volvamos.
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Re: Rumbos de Liara (+18)

Mensaje  Liara el Lun Sep 26, 2016 11:36 pm

I. La Muerte: la mayor locura y el mejor de los espectáculos (parte III)


Spoiler:

La habitación de Lank en el distrito del puerto siempre le había parecido un cuchitril.

"Tienes suficiente para permitirte algo mejor… no entiendo por qué te obstinas en acomodarte en este lugar".

"No necesito nada más", le sonreía de medio lado, de tal modo que Liara intuía que tras esas palabras se escondía algo más, pero nunca le había insistido. Si a ella le molestaba que la avasallaran a preguntas, no pensaba hacer lo mismo con el único que siempre había respetado su intimidad.

Está anocheciendo—dijo él mientras le tendía unas mantas—. Iré a tu casa y te traeré algunas cosas. Imagino que Erivelet habrá reforzado las guardias, pero no creo que tenga ningún problema. Tú quédate aquí y ponte esto—le tendió un cuenco con una mezcla de hierbas y un líquido de tono marrón—. Cuando vuelva te ayudaré con la espalda—Liara cogió el recipiente entre las manos, arrugando la nariz. Lank se acercó a ella y la tomó de las muñecas—. Sobre todo, no salgas de aquí—le ordenó, totalmente serio.

No sabía por qué seguía haciendo eso, al fin y al cabo Liara siempre terminaba haciendo lo que quería. Salió de la habitación y pisó la calle. Cerró los ojos y dejó que el aire fresco de la noche le acariciara el rostro.

Recorrió los caminos con andar desenfadado, sonrió y asintió a cada uno de los conocidos que se iba cruzando, totalmente en calma. Una vez sus pasos le llevaron hasta la mansión Thannaris, simplemente hizo su magia particular.

Las sombras y la oscuridad le amparaban. Bailar con ellas era su principal entretenimiento, fundirse en ellas su necesidad. No se había equivocado al imaginar que los guardias estarían patrullando la hacienda más de lo habitual. Pero aquello no suponía ningún problema para él. Se llevó la mano al bolsillo y sacó un pañuelo y un pequeño frasco de cristal lleno de un líquido con el que lo imbuyó. Estaba listo.
En primer lugar se dirigió a la habitación privada que en su día Gestiel Thannaris le había dispuesto en uno de los rincones secretos de la mansión, en la zona del sótano. Para ello esperó a que un guardia entrase por la puerta de atrás y se coló, siguiéndole a unos pocos centímetros de distancia, protegido por las sombras que se dibujaban gracias a la tenue luz del candelabro que este portaba. Tras ello, tan solo debía “saltar” de un plano a otro, de sombra en sombra. Finalmente llegó hasta la pared del piso inferior que escondía su guarida. Nada de valor había para el resto de huéspedes de la casa, por lo que los guardias no se molestaban en patrullar esa zona. Dio un par de golpecitos en el papel pintado y susurró:

En la sombra de la sinceridad solo la sombra es innegable.

Al instante una puerta negra apareció ante él. La abrió, con rapidez y cerró tras de sí. Inspiró con profundidad una vez se vio amparado por aquellas cuatro paredes. No podía negar que moverse de ese modo y la emoción por ser descubierto, le causaba gran excitación. Cerró los ojos y trató de concentrarse.

La habitación estaba repleta de cosas. Absolutamente cada estantería, cada mesa, cada armario contenía  objetos que, de una forma u otra, eran útiles. Abrió una de las cómodas y sacó un traje de mujer, rojo y negro, una túnica de tonos blancos y rojos y por último… se giró y se dirigió hacia una de las vitrinas que contenían una armadura ligera de tonos negros y rojos. Siempre había guardado los trajes que utilizaba Liara para sus trabajos, por si acaso a su madre le daba por deshacerse de ellos, no era ningún secreto que no sentía el menor aprecio por la ropa que no fuese la que ella consideraba “correcta”. Tomó una de sus bolsas de contención y lo metió todo de la forma más ordenada posible.

Se colgó la mochila al hombro dispuesto a salir. Sin embargo, justo cuando tenía la mano sobre el pomo de la puerta, no pudo reprimir el impulso que le llevaba a una de las estanterías.

"Ponte la peluca, Tejón".

Sonrió, divertido, observando la colección de pelucas y máscaras bien posicionadas que tenía perfectamente situadas sobre la madera. Terminó por decantarse por la de cabello negro y, de paso, cogió un pequeño antifaz que le cubriría tan solo la mitad superior de la cara. Se puso ante el espejo, tratando de colocárselo de la mejor forma. Además, añadió a su conjunto un guante metálico que otorgaba más fuerza al portador. Cuando creyó que Liara le daría el visto bueno, asintió y, finalmente, salió de la estancia.

Pero todavía había un lugar al que debía ir antes de marcharse de la mansión.  

Los establos eran, sin duda alguna, el lugar que más recuerdos contenía de sus años sirviendo allí. Fue ahí donde el señor Thannaris lo había encontrado tratando de robarle un potrillo recién nacido, donde en vez de entregarlo a la guardia lo había reclutado para su organización… donde su vida había cambiado para siempre.

"Tienes talento, chico. Pero te falta practicar. Además… ¿para qué quieres un potrillo? ¿No ves que sin los cuidados de su madre acabaría muriendo y nos habríamos quedado sin él tanto tú como yo?", le había sonreído el hombre.

Para Lank, que portaba tras de sí una vida llena de miseria, aquello había supuesto un oasis en el desierto de su existencia.

Sacó el paño ya imbuido por el líquido y se acercó por detrás, de forma sigilosa, al mozo de cuadras que estaba terminando de atar la paja. Le puso una mano en la boca y la otra, en la que llevaba el pañuelo, sobre la nariz. A los pocos segundos el hombre cayó, dormido como un tronco.

Una vez se hubo asegurado que estaba completamente solo en esa área fue con paso firme hacia una de las puertas de las caballerizas.

Shhh…—la hermosa yegua blanca le reconoció y emitió un suave sonido, seguido de dos pisadas nerviosas—, tranquila—le susurró—. Voy a llevarte con ella, Carmesí.


Colocó la silla con mano experta, cargó la bolsa en uno de los costados del animal y tiró de las bridas. Carmesí comenzó a caminar despacio, como si le costase al principio. Erivelet descuidaba con frecuencia los cuidados que necesitaban los caballos, por eso él se había llevado el suyo tiempo atrás.

Spoiler:

"Podrías llamarla Nube, Nieve… o Nata, ¿te gusta la nata, verdad?"

Podía recordar como Liara había fruncido el ceño y mirado a Gestiel con aquel gesto tan suyo de grandilocuencia, como si el resto del mundo no pudiese llegar a comprenderla nunca.

"Me gusta comérmela. Pero no veo por qué tendría que ponerle un nombre así a un animal. Creo que todos podemos ver perfectamente que es blanca sin tener que llamarle por cosas que sean de ese color".

Gestiel se había reído entonces, de buena gana.

"Tan solo era una sugerencia, perdóname por proponerte algo tan estúpido, querida", sus ojos azules la miraban con cariño, "¿Y qué dices tú, Lank? Piénsalo bien antes de abrir la boca o sentirás su ira, ¿eh?".

Él, por aquel entonces muy joven, se había encogido de hombros mientras terminaba de poner a punto a su caballo negro, Noche.

"Es solo un nombre. Si ya alteramos el nuestro a voluntad… ¿Por qué agobiarse por elegir uno que creemos adecuado? Si nos cansamos se le pone otro y asunto arreglado".

Y aun así, Liara le había fulminado con la mirada.

"Es importante tener un nombre para no dejar de lado quién somos", le había replicado, con aquel tono repelente que le hacían querer estrangularla por aquellos tiempos, "¿Sabes acaso quién eres tú o ya se te ha olvidado de tanto cambiar de identidad?".

Lank le dedicó una mirada de reproche y tuvo que morderse la lengua para no contestarla de malas maneras. Continuó cepillando a su montura.

"¿Y entonces cómo vas a llamarla? ¿Quién va a ser esta potrilla?", trató de rebajar la tensión el hombre.

La adolescente había girado la cabeza hacia el animal, mirándole directamente a los ojos y ofreciéndole un terrón de azúcar.


"Carmesí. Será Carmesí", había respondido sin titubear, como si el animal se lo hubiese transmitido en ese mismo instante.

Gestiel y Lank se miraron de reojo, extrañados, pero ninguno se atrevió a preguntar el porqué de aquel nombre. Tan solo los dioses sabían lo que pasaba por aquella cabeza pelirroja con el rostro surcado de pecas… aunque tampoco de eso estaban completamente seguros.  

Dejó a Carmesí atada en el poste de la salida de los establos y volvió a asegurarse de que la zona estuviese despejada. El guardia gordinflón de días atrás cabeceaba cerca de la puerta trasera, por lo que no le fue difícil dejarle dormido del todo, por si acaso.

Finalmente consiguió salir de la zona, no obstante no apartó la mirada de la casa… y seguramente por ello tropezó con alguien.

¡Eh! —le reprendió una voz infantil—¿Por qué no miras por dónde vas?

El hombre observó al niño que yacía tumbado de espaldas en el suelo y refunfuñaba por lo bajo.

¿Qué estás haciendo a estas horas merodeando por aquí? —le preguntó, de mala gana. Le había dado un susto de muerte.

¿Y a ti qué te importa? —replicó el chiquillo, poniéndose de pie y estirándose las ropas.

Lank soltó un momento a Carmesí y le cogió del hombro.

Me importa—murmuró, intimidante.

El niño le miró con los ojos muy abiertos y finalmente cedió.

Está bien, está bien. Traigo una carta para… la señorita Laira Teneris, o algo así me han dicho.

Déjame verla—le pidió, desconfiado.

El niño suspiró, derrotado, y sacó el sobre del bolsillo interior de su chaqueta, que le iba unas cuantas tallas más grande.

Lo que leyó agravó su gesto de preocupación.

"A la señorita Liara Thannaris, de los Thann en Ereaten"

Me dijeron que se la diera en mano.

Yo se la daré. Toma—le dio un par de monedas, sin apartar la vista del papel—. Y ahora márchate. No es buena idea andar por el barrio a estas horas si no quieres que te tomen por un criminal.

El niño se encogió de hombros, le dio un mordisco a la moneda y se giró para marcharse.

Lo que tú digas…

Lank volvió a tomar la rienda de Carmesí y tiró de ella con suavidad, pensativo. ¿Debía entregársela? ¿Y si aquella carta la había escrito Alauneth? ¿Y si todos sus planes iban a desplomarse de golpe por no ocultársela? Pero la letra era demasiado refinada como para ser de aquel patán y además… ese sello… no lo había visto nunca.

Cavilando sobre todo ello llegó, sin apenas darse cuenta, a la entrada del local donde se alojaba. Ató las riendas de la yegua en una columna cercana y le pagó a un conocido suyo de la guardia para que la vigilase durante la noche. Sin embargo, mientras se disponía a entrar, le llegó un olor a tabaco muy fuerte y, movido por la intuición se dirigió hacia el lugar del que provenía. A pocos metros encontró a Liara sentada sobre un barril, fumándose un cigarro con gesto calmado, como si aquel pequeño acto le proporcionara el placer suficiente como para estar en paz.

Nunca harás caso de lo que te diga, ¿verdad?

Liara pegó un salto, sobresaltada, y lanzó el cigarrillo al mar, de forma casi automática. Dejó escapar el humo por la boca, con gesto culpable.

Supongo que es una pregunta retórica—carraspeó, serenándose.

Lank sonrió de medio lado.

Lo es.

La pelirroja se giró hacia él y sonrió ampliamente al percatarse de los complementos.

Vaya, vaya…—se llevó una mano a la cintura, mirándole de arriba a abajo—. Creo reconocer a Sir Taliren de Zanthé…—murmuró, entrecerrando los ojos.

Por toda respuesta, Lank se inclinó de forma elegante, tomó su mano y depositó un suave beso en ella.

Para serviros, bella dama.

Liara correspondió a su gesto, haciendo una pulcra reverencia.

Sir, es un honor volver a veros. Aunque habréis de perdonarme, no recuerdo esa máscara de nuestro último encuentro…

El hombre hizo una mueca, restándole importancia y le ofreció el brazo.

Tanto tiempo ha pasado desde tal momento… La desgracia se cernió sobre mi persona en el instante en que me crucé con aquel Caballero Negro… Pues como dictan mis principios, el honor siempre ha de prevalecer, y no pude sino enfrentarme en duelo a él—se llevó la mano al pequeño accesorio, con gesto lastimero, mientras se encaminaba hacia el local—. Por suerte, tan solo una marca quedó de tal encuentro y un cuerpo, mas no era el mío, por Dios que no lo era.

Suena aterrador, querido Sir Taliren—negó ella con la cabeza, moviendo un abanico imaginario.

Mas nada de eso es comparable con la satisfacción que me da volver a veros, pues tan largo viaje se hace menos arduo cuando con vuestra mirada ilumináis mi destino.

Me haréis enrojecer—giró la cabeza, fingiendo rubor—, pues no es tan…—de forma abrupta se interrumpió, entreabrió los labios y se soltó de Lank—¡Carmesí!—echó a correr hacia el animal que, al momento, trató de liberarse de sus ataduras para reunirse con ella.

Lank se quedó ahí, esbozando una tierna sonrisa y observando el encuentro. Liara desató el nudo y abrazó el cuello de la yegua, que empezó a relinchar y a mover las patas, nerviosa. La pelirroja le susurró cosas al oído durante unos minutos, al final de los cuales Carmesí ya se había calmado y su expresión de alegría se había limitado a frotar su cabeza contra la de ella.  

La joven se separó un poco de su vieja amiga y sonrió al hombre, quien contuvo la respiración unos instantes. Era la primera vez en mucho tiempo que Liara parecía sonreír de verdad. Tal fue su sorpresa que no supo muy bien cómo reaccionar cuando se acercó a él y, clavando sus intensos y, en ese momento, chispeantes ojos verdes en los suyos, exclamó:

¡Gracias, Tejón!



La había echado tanto de menos…—suspiró.

Ante eso, Lank no pudo sino alzar una ceja. Era increíble la capacidad de Liara para manifestar su amor a un caballo y olvidarse del resto de personas, incluida su tía enferma, aquella a la que una vez quiso de veras, aquella que la había acompañado en sus primeros años de vida.

E incluido él mismo.

Me…—carraspeó—, me parece que también ella te ha echado de menos—fue lo único que se le ocurrió decir. Tratando de encontrar una forma de salir de su bloqueo le tendió la bolsa con sus cosas—. He pensado que te irían bien.

La joven la abrió sin demasiados miramientos y acarició una a una las telas que se adivinaban ahí guardadas, sin que la amplia sonrisa abandonase su rostro.

"Y ahora… ¿Qué vas a hacer, Tejón? O me la das ahora… o la quemas, me engañas y vuelves a traicionarme, como siempre".

Y… un niño llevaba esto—le tendió la carta—. Pude interceptarle antes de que llegase a tu casa.

Liara abandonó aquel gesto de felicidad, tensa, y frunció el ceño, tomando el papel entre sus manos, sin ojearlo siquiera.

Es una carta… ¿para mí? —por toda respuesta el hombre le señaló el sobre. La joven bajó su mirada hacia él, sus ojos recorrieron la tinta impresa y terminó por arrugar la nariz. Sin embargo, una media sonrisa afloró en su rostro al ver escrito "A la señorita Liara Thannaris, de los Thann en Ereaten" junto al sello de un cuervo en perfecta caligrafía negra y dorada.

Será estúpido…—murmuró, con cierta guasa.

Lank no se atrevió a preguntar quién, simplemente esperó a que terminase de leer la carta. Tragó saliva y, tratando de sonar neutral, inquirió:

¿Malas noticias?

La joven alzó la vista hacia él.

He de regresar a Las Horcas—respondió, con una tenue sonrisa triunfal.

El hombre la observó, tratando de dilucidar el motivo de aquella sonrisa.

¿Buenas noticias? —alzó una ceja.

Las mejores—se levantó, resuelta. Anduvo cerca del muelle con bastante desparpajo, a pesar de la leve cojera.

Se separó de él y tomó la rienda de Carmesí. Lank parpadeó media docena de veces y terminó por asentir.

¿Cuándo te marchas?

Liara le dedicó una mirada traviesa.

Con el primer barco. Creo que sale en… unas seis horas.

Lank abrió los ojos, anonadado.

Pero tus heridas no est…

Dame de esa mezcla tan grotesca que gustas de ponerme encima. Yo me encargaré.

Pero…—se interrumpió y sacudió la cabeza.

¿Por qué trataba de retenerla si aquel era el plan perfecto? Liara debía desaparecer de nuevo de la ciudad. Fuera de ella, Erivelet perdería el interés rápidamente en volver a retenerla, por lo menos hasta que encontrase a Yaren. Y en cuanto a él… no tenía ni idea de dónde se había metido. Y quizá era mejor que siguiese siendo así, comenzaba a arrepentirse de haberle pedido ayuda, sobre todo tras mostrar varios episodios que a Lank le habían parecido cercanos a la bipolaridad.    

Está bien—asintió—. Pero tendrás que ponértela o te quedarán unas horrendas cicatrices que no querrás lucir.

Siendo así, no veo el más mínimo riesgo de rebelión por mi parte.

Y en vez de entrar a la habitación, se quedaron ambos sentados sobre el barril, charlando, interpretando otros papeles, recordando viejas canciones… Y fue entonces cuando el amanecer les sorprendió al penetrar un intenso rayo de Sol en sus retinas.

Será mejor que nos vayamos al muelle…—murmuró ella, ojerosa.

Lank ladeó la cabeza y frotó su maltrecha nariz contra la parte superior de su cabeza.

Sí, será lo mejor.

Una vez pudieron contemplar el enorme navío comercial a tan solo unos pocos metros de distancia, ambos fueron conscientes de las pocas posibilidades que tenían de volver a verse en mucho tiempo.

Lank, yo…—se giró hacia él, retorciendo el asa de la bolsa.

No tienes que decir nada, Liara.

La joven asintió. Se avergonzaba sobremanera por la forma en que había hecho las cosas, por haber vuelto a perder el control, por no haber sabido distinguir la realidad de lo ficticio, lo necesario de lo superfluo. Tomó la rienda de Carmesí, con lentitud.

Quiero pedirte una última cosa.

Lank permaneció inmóvil, a la espera, se permitió soñar un:

"Ven conmigo, Tejón".

Dile a Suila que la perdono. Y que ella haga lo mismo conmigo. Dile que…—se mordió el labio, poco acostumbrada a expresar sus sentimientos—… que algún día volveremos a encontrarnos.

El hombre sonrió levemente y movió la cabeza.

Se alegrará de saberlo.

Spoiler:

Se miraron, en silencio. Atrás parecían haber quedado los años de tutelaje, los años de correrías juntos, los años de rencor…

Entonces… adiós—Liara alzó la mano apenas unos centímetros y separó los dedos.

Adiós…—la imitó él.

Y cuando ya se disponía a marchar, Lank la agarró por detrás y la abrazó con fuerza, sin poderse contener por más tiempo.


Por favor—murmuró contra su pelo—. No pierdas de vista el mundo, Colibrí.

Liara se tensó un instante. Después cerró los ojos y respondió:

Siempre que el mundo no fije su mirada en mí, Tejón.

El hombre la observó entre su abrazo, tratando de grabar en su memoria la tonalidad exacta de su pelo, de sus ojos verdes, del rojo de sus labios… Y entonces sí, la soltó.

Ten un buen viaje.

Sir Taliren…—la joven le dedicó una reverencia formal antes de girarse y subir la rampa que la llevaría a bordo del navío, tirando con suavidad de Carmesí.

Una vez arriba Lank alzó el brazo y agitó la mano. Liara, pensativa durante unos segundos, le hizo un gesto para que esperase y desapareció de su visión. A los pocos minutos reapareció con una bola de papel en la mano y se la lanzó con fuerza. El hombre consiguió atraparla en el aire y extendió el papel, que contenía un poema con letra algo apresurada y desigual.

Spoiler:


Pero cuando alzó la vista para sonreírle, la joven ya había desaparecido. Continuó con los ojos clavados en el lugar hasta que alguien con una voz ronca y desagradable le sacó de su ensoñación.

Zeñorr—le zarandearon del brazo—, me mandan parra darrle un mensaje.

¿Un mensaje?

El hombre, que sufría de una obesidad importante, extendió la mano con la palma hacia arriba. Lank suspiró y depositó en ella unas monedas. Acto seguido, el individuo le dio de mala gana un papel doblado y arrastró con él un enorme barril en dirección al barco.
Cuando desdobló la hoja y vio su contenido* chasqueó la lengua. El papel, perteneciente al burdel cercano de “Los Brazos de la Sirena”, estaba pintarrajeado con dibujos de muy mal gusto, que trataban de ser  ridículamente sugerentes. En el centro, en un rojo intenso, probablemente escrito con pintalabios, podía leerse con total claridad:

PUTAS

Lank hizo una bola con él y se giró en dirección al hombre que le había traído el mensaje, irritado. Sin embargo, antes de que le diese tiempo a lanzar el papel, escuchó como decía, aparentemente a nadie:

Zí, el local de Elorra sigue abierrto, perro me parrece que no es barrato…

Por el agujero de la parte superior del barril surgieron dos dedos finos y cuidados que se movieron en su dirección, moviéndose hacia dentro y hacia fuera.

Vamos… no me fastidies ahora…—murmuró para sí, casi boquiabierto.

Cuando el navío comenzó a retirar la pendiente de madera y el tonel estuvo ya fuera de su alcance, en vez de dos asomó un solo dedo, concretamente el corazón. Entonces el fuerte pitido del silbato indicó que el barco estaba preparado para partir.

Y Lank continuó ahí, sentado, mucho después de que este se perdiera en la lejanía, con ambas bolas de papel en la mano. Jugueteó con ellas ensimismado, en un mutismo ausente, preguntándose qué suerte correría Liara ahora que su padre la seguiría tan de cerca.

Y sobre todo… con la intriga de saber cuál de los dos acabaría antes con el otro.

Porque en la lucha de la locura es difícil elegir un claro ganador.
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