La Torre
Bienvenidos a La Torre, un foro de rol progresivo basado en las Crónicas de la Torre, trilogía escrita por Laura Gallego García.

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Svea Sunnafær

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Svea Sunnafær

Mensaje  Rurik Helgason el Lun Jul 24, 2017 2:51 am

En unos pocos meses se cumplirán tres años de mi llegada a la Torre, y siento como si llevara la túnica morada desde hace siglos. No me he dado mucha prisa con mis estudios de magia, es verdad, pero pensé que, quizás inspirado por mis éxitos anteriores, me habría graduado hace ya tiempo y habría regresado ya a mis tierras frías y nevadas. Las echo de menos, aunque con cada día que pasa más me cuesta recordarlas. Al principio solo necesitaba pensar en ellas para que mi mente recrease los olores y los paisajes, y los ruidos, el canto de los pájaros, el oro de los campos, el frío del verano por la mañana; ahora a estos recuerdos y sensaciones les quitan el lugar otros nuevos, formados aquí, en el Valle de los Lobos: los innúmeros paseos por el bosque, los chapuzones en las lagunas, el rocío en la hierba del jardín, el aullar de los lobos a la luna.

No puedo decir que no me guste vivir en la Torre. Apenas tengo obligaciones porque todo aquí lo hace la magia. ¿Han enfermado los cocineros? La magia nos da alimento. ¿Hace falta fuego en invierno? La magia nos da calor. Solo tengo que estudiar, y la libertad que nos dan los maestros para encabezar nuestros estudios es diferente a lo que me había esperado al pensar que iría a una escuela de magia. De vez en cuando, cuando me he cansado de estudiar y los paseos por el valle no me resultan atrayentes, suelo bajar a la biblioteca y pasar unas cuantas horas hojeando libros de todo tipo: historias, hechizos, geografía... Mis favoritos son los que hablan del norte, de enanos, de dragones, pero también he descubierto una curiosidad mórbida por aquellos que tratan de demonios.

Quizá me lo estoy tomando todo con demasiada calma.

Aquel día hacía un calor agradable, por lo que no vestí la túnica morada típica de mi rango; elegí en su lugar una camisa blanca y unos pantalones oscuros, simples. Bajé al jardín dispuesto a dar mi paseo matutino —el sol había salido una hora antes de que yo lo hiciera—, y no me encontré con nadie. Es decir, no es algo sorprendente. Me parece que los alumnos de la escuela son cada vez menos; bien acaban sus estudios y se van, bien se trasladan a otras escuelas para continuar con su aprendizaje, o es que simplemente tengo mala suerte y nunca coincidimos.

Me tumbé sobre la hierba a la sombra de un árbol, mirando las hojas moverse con la brisa. Siento una especie de... no sé, tristeza, nostalgia, pero también excitación, algo que los nórdicos —hay un proverbio que dice que si no tiene palabra en lengua nórdica, algo no existe— llamamos edwendlust. Tengo ganas de regresar al hogar y ver a mi familia. De vez en cuando les escribo cartas, más raras veces recibo respuestas, y, por algún motivo, nunca se me ocurrió ir de visita aunque soy capaz de teletransportarme. Quizás estaba demasiado centrado en mis estudios o de disfrutar de los regalos de la magia.

Debería regresar pronto. Prepararme para la prueba del fuego y superarla. He oído cosas terribles sobre lo difícil que es, y de vez en cuando he ayudado a atender a los magos recién consagrados en la enfermería; algunos de ellos verdaderamente tenían mala pinta. Sin embargo, no tengo miedo. Quizás un poco de prisa, he visto gente con la túnica roja que ha pasado menos tiempo estudiando que yo.

Aunque es verdad que quiero consagrarme, tampoco quiero ponerme a pensar en estas cosas a estas horas de la mañana, ¡aún ni he desayunado! Tampoco tengo hambre, así que supongo que eso puede esperar. Me levanté y continué paseando hasta encontrar unos cuantos troncos apilados, quizá utilizados como dianas o como material para hechizos de transformación, o para alimentar alguna hoguera, quién sabe. Cogí un leño del tamaño apropiado, saqué de uno de los bolsillos una pequeña navaja y, tras sentarme con la espalda apoyada contra el muro que divide el Valle de la Torre, me puse a tallar.

Dicen que el aburrimiento es la madre de la inventiva y, en mi caso, es verdad. Un día que me aburría decidí intentar tallar algo en madera sin utilizar hechizos, porque, ¿dónde está la diversión en eso? Desde aquel instante encontré una nueva afición. Miré el tronco pensativo, girándolo, observando cada uno de sus detalles, y me decidí por un modelo. Mi tía Svenja es una mujer muy creyente que se sabe de memoria el nombre de todos los hijos e hijas de Svea y Ravn, y mil historias sobre los dioses del norte. Una que le gustaba mucho era la de Svea Sunnafær, portadora del sol, inspiración para la estatuilla que iba a tallar. Sería un regalo para mi tía.

De todos los dioses del norte, Svea y Ravn tienen, comprensiblemente, los papeles más importantes y, sin duda, los más extensos de todos. Son figuras complementarias: Svea es la madre de todo, Ravn el padre; Svea es la luz y la paz y la tranquilidad, Ravn el caos y las sombras. Ambos son enemigos, pero también son marido y mujer y padres de todos los dioses. No es del todo la dicotomía bien-mal que representan la Diosa y el Dios de los magos y elfos, sino que son dos caras de una misma moneda. Bueno, al menos eso se decía antiguamente: Ravn ahora tiene muy mala fama entre los nórdicos, que le tratan con una mezcla de odio y respeto.

Desde tiempos inmemoriales, se cuenta entre los nórdicos la historia de cómo Ravn robó la luz de las estrellas para sumir el mundo en oscuridad, tras una disputa con Svea Állmáðr, Svea la madre de todo. Mucho antes de los tiempos de Harla, hija de los Lobos, cuando la tierra aún era plana y las mil estrellas del cielo iluminaban la patria primordial, Ravn, en un acto de ira, decidió reunir toda la luz que desprendían las estrellas para forjar con ella unas flechas con las que dar caza a los ciervos argénteos de Rimis, diosa-doncella de las estrellas, que no podían ser dañados por ningún arma o arte mágica de hombres y dioses. Ravn, creyéndose el mayor entre los dioses, quería demostrar que no había nada que no pudiera hacer, y pensó que las flechas de luz de estrellas podrían dar muerte a estos animales.

En aquel entonces no existía el sol y las estrellas eran las reinas del cielo, que iluminaban las tierras de los hombres día y noche con su tenue luz, y cuando esta fue robada el mundo quedó sumido en una oscuridad tan profunda que ni los fuegos de las hogueras parecían penetrarla. De vez en cuando, un rayo de esa luz partía el cielo en dos: era Ravn dando caza a los ciervos. Siete noches pasó disparando sin acertar a los animales, hasta que una flecha se le clavó a uno de los ciervos en el cuello y brotó de la herida sangre dorada. Al escuchar el alarido de dolor del animal, Svea quedó enfurecida y decidió ponerle fin a las locuras de su marido. Le quitó la flecha al pobre ciervo y pasó tres noches cantándole canciones de sanación y curándole las heridas. Luego ungió al ciervo con su sangre dorada y se convirtió en un ciervo de oro, y le dio una luz más brillante que la de las estrellas. Entonces, con el ciervo de maravillosos cuernos se presentó en la esquina este del mundo, y la luz del animal cegó a Ravn, y Svea le arrebató las flechas de luz de estrellas que le quedaban, y comenzó a arrojarle las saetas como si fueran jabalinas.

Ninguna de ellas acertó, y hay gente que piensa que Svea no quería herir a su esposo, solo humillarlo. Las flechas que cayeron a la tierra lo hicieron con fuerza y violencia y se convirtieron en los primeros rayos —por eso la gente dice que cuando hay tormenta Svea está riñendo a Ravn—. Una vez acabada la disputa, Svea le dio al animal el don del vuelo para que se alzase en el cielo más alto que los pájaros, y proclamó:

Ik sijt sunnarís, min nám Sunnafær,
ik bring·þiz tæ morghen ǫ tæ líht þæs dæj,
ik áppan tæ níht ǫ ik áppan tæ skæj,
ik bring líf þas eorðes, ǫ síht tæ þas æjs.Soy el amanecer, mi nombre es Sunnafær,
os traigo la mañana y la luz del día,
echo la noche y abro el cielo,
traigo vida a la tierra y vista a vuestros ojos.

El ciervo corrió por el cielo durante siete largos días, y entonces Svea escuchó los rezos de las gentes: era demasiada luz y la gente tenía mucho calor y sed, las plantas comenzaban a morir, las aguas a evaporarse y la tierra se quedaba seca. Svea decidió entonces, en su eterna sabiduría, que en el mundo no podía existir la luz sin sombra, pues la gente moriría de sed y de calor, pero tampoco sombra sin luz, porque la gente moriría de hambre y de frío. Decidió, pues, dos cosas: la primera de ellas era convertir la tierra en una esfera, para que el ciervo pudiera correr hacia el oeste y volver a llegar al este; la segunda cosa que decidió era que necesitaba crear un homólogo para el ciervo dorado, y tomó una de las criaturas de Ravn, una inmensa loba de pelaje de plata, y le dio la poca luz que quedaba de las estrellas y recubrió con ella sus colmillos, y le dio también el don del vuelo y lo liberó, para que persiguiese eternamente al ciervo dorado.

Esta historia tiene varias moralejas: por una parte explica la existencia del sol y de la luna y de los rayos y por qué la tierra es redonda y por qué los lobos aúllan a la luna. También explica que, pese a todas sus diferencias, Svea y Ravn se necesitan uno al otro. Mis creencias nórdicas están profundamente arraigadas, y, aunque sé que los seguidores del Dios son mala gente, no puedo concebir un mundo en el que no existan ambos dioses. En fin, me distraigo: mientras pensaba en el mito, tallaba una imagen de Svea portando el sol. Bastante simbólica y hierática, quizás algo tosca, represento a Svea con ropajes nórdicos, rostro solemne, las manos alzadas hacia el cielo, con la esfera solar —y no un ciervo de potente cornamenta— entre ellas. En la base de la imagen grabo tres palabras: SVEA · SUNNAFÆR · SVENJAI; Svea portando el sol, para Svenja. Creo que le gustará. Quizá podría incluso pintarla...

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Gyda Brodeur el Vie Ago 04, 2017 1:07 pm

Gyda cuando abrió los ojos, se encontró con el miedo de estar en un lugar que no conocía. Tenía la sensación que había dormido durante muchísimo tiempo, y todo el día anterior se había convertido como en una especie de sueño que apenas era capaz de recordar, fragmentado en su memoria, ni si quiera podía jurar que realmente no hubiese sido un sueño. Intentó recordar, agarró las raíces del recuerdo y tiró de ellas fuertemente, intentando traer consigo alguna imagen, algún sonido o alguna conversación y sobre todo, algo que lograra explicar dónde estaba y por qué.

Entonces, el relincho de un caballo la despertó de aquel frustrante ejercicio de la memoria,y no solo la despertó de su letargo. Estuvo tan concentrada en su frustración que había dejado la realidad en un segundo plano, que cuando la realidad llamó a la joven, se asustó, sobrecogiéndose en el acto, dando una pequeña sacudida en el césped.

Maldito potro. —masculló Gyda con cierto resentimiento. Como no es una persona agresiva, lo dijo con cierta dulzura, terminando la frase con una leve sonrisa y agarrándose el pecho con las dos manos—.

Miró  a su izquierda —fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba sentada, apoyada en un viejo roble de maderas oscuras— y vio a Tifón.

‹‹¿Tifón?››

Tifón era una caballo blanco con mirada triste que había comprado el día anterior, y al verle lo reconoció, lo recordó. Y por recordar, también recordó a la mujer que se lo había vendido: era bastante mayor, su mirada y su expresión estaban ausentes de toda emoción. Su modo de proceder era bastante rudo y descortés, pero no le pareció una mala mujer, aunque si le dio la sensación de que ocultaba algo porque miraba mucho hacía los lados. Hablaron bastante tiempo, hasta le rebajó el precio del caballo porque no podía pagárselo y, le ofreció una bebida caliente al cerrar el trato (¿o fue cuando entró al comercio?). Al montar en el caballo, ella se despidió de Gyda con una sonrisa bastante fría y acarició a Tifón un par de veces mientras le susurraba al oído varias palabras lo suficiente bajo para que  Gyda no fuera capaz de oírla, no lo suficiente para que se diera cuenta de que no era Gárnalico.

Hizo el esfuerzo de seguir recordando, pero era incapaz de hacerlo. En cambio, comenzó a dolerla levemente la cabeza. Tifón dio un par de pasos hacía la Gyda que se había vuelto a quedar ausente y comenzó a olisquear su cabello. Seguramente se planteaba la posibilidad de comérselo, pero el instinto típico que persigue a los animales le sugería que podría ser un error fatal y Tifón, que era un caballo blanco con la mirada triste, le gustaba demasiado su vida como caballo para jugársela de aquella manera, así que se apartó de ella y volvió a relinchar, aburrido.

Gyda decidió levantarse y al hacerlo, se percató de lo mucho que la dolían las piernas y supuso que Tifón era el culpable. No era un dolor insoportable, más bien una molestia bastante severa provocada por las agujetas, preguntándose así cuanta distancia habrían recorrido para llegar hasta el lugar donde estaban. También se percató de que a pesar de estar perdida y que había olvidado casi un día entero de su vida, estaba actuando con una absoluta tranquilidad. Supuso que sería el estrés y el cansancio.

Se giró  y vio, como detrás del roble, crecía de la tierra una inmensa torre: no estaba muy lejos, y por algún motivo, la transmitía cierta seguridad. Así que, comenzó a andar, procurando que Tifón la siguiese aunque no tuvo muchos problemas, era un caballo bastante obediente y tranquilo. Tal vez, demasiado tranquilo: se paraba muchas veces a oler las flores o perdía la vista en el horizonte, como si hubiese escuchado algo que le hubiese llamado la atención. Cuando ocurría esto, Gyda tenía que llamarle un par de veces e incluso empujarle unos pasos hacia delante: algo bastante difícil dado el peso del animal y que cuando estaba ensimismado en algo, se rehuía a caminar de ninguna manera.

Fue entonces, cuando en su camino de acercarse hacía aquella torre, que consistía en esquivar algunas pequeñas arboleadas, cambiar de trayectoria porque había demasiadas flores y no seguir un camino recto, pues desde lejos podía ver que era la parte trasera de la torre —no había ninguna puerta—, así se ahorraba un par de pasos de “giro” hasta llegar a la entrada; se encontró a un chico que iba vestido de manera sencilla y elegante a la vez y eso avergonzó un poco a la pobre, pues llevaba ropa de viaje bastante sencilla —para lo que estaba acostumbrada—, algo rota y sucia por el viaje supuso y, llevaba botas de hombre. Las robó porque eran más cómodas que las que llevaba en aquel momento.

El joven, parecía absorto en sus pensamientos en una estatuilla que llevaba en sus manos. Se sentó de esta manera a su lado y procedió a iniciar una conversación, esperando que no fuese el dueño de esas tierras.

Buenas tardes, joven. —saludó con tal educación y solemnidad, y no fue por sus palabras, sino por la forma de decirlas, que hasta Tifón, que se había alejado  un par de pasos, los miró con curiosidad y meneó sus crines con gentil orgullo— ¡Que bella estatuilla! ¿La elaborasteis vos? ¡Qué buen oficio! —Exclamó, observando la herramienta que había utilizado para tallar la madera, asimilando que había sido él creador de aquella creación. Lo poco que vio, o que pudo ver por el ángulo, le pareció una estatuilla religiosa.

Cuando Gyda habló, habló con la verdad pero con el objetivo de interrogarle después de haber cogido más confianza con él sobre el lugar en el que estaban, y si se permitió todo eso fue porque durante el camino, dedujo que se encontraba en un colegio religioso o algo similar: había visto a varias personas que bien leían o hablaban con sus amistades y todas vestían con túnicas de diferentes colores, y porque la mayoría lucía un aspecto intelectual, dedujo esto. Los colores de las túnicas podían representar rangos dentro de aquel lugar, y las personas que leían podrían estar perfectamente estudiando textos religiosos o libros sobre diferentes áreas. Y las personas que se limitaban a hablar y a reírse, pudo suponer que no era un lugar hostil o que pudiera correr alguna clase de peligro, así que aquel hecho la permitió relajarse.

Y si habló con aquel chico, y no con alguno otro, fue en parte porque no llevaba túnica y eso equilibraba un poco las cosas, pues ella tampoco llevaba ninguna. Y también fue porque era el único que destacaba del resto por estar haciendo algo diferente: creaba, daba vida a la madera muerta dándole un motivo de ser. Tallaba la madera y hacía arte, y a lo mejor no se daba cuenta de ello; y puede que en esa inocencia, se encontraba la belleza pura.
Algo que era, por el simple hecho del ser. Y fue por eso, que Gyda decidió hablar con aquel muchacho, y no con otro.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Rurik Helgason el Vie Ago 04, 2017 2:11 pm

Me había, sinceramente, quedado algo embobado mirando la figura de Svea Sunnafær, examinando cada una de las facetas de la estatuilla de todos los ángulos en los que podía girarla. Estaba pensando qué colores aplicar: obviamente el sol brillaría amarillo con algunos toques anaranjados, y el cabello de Svea Állmaðr sería blanco y frío como el hielo pero su rostro cálido y agradable como una hoguera en invierno. Su piel sería pálida, rosada en las mejillas y la nariz, como recuerdo a la gente de mis tierras, y...

¡Qué bella estatuilla! ¿La elaborasteis vos? ¡Qué buen oficio!

Esas palabras me sacaron de mi ensimismamiento (¿enmimismamiento?), y cuando me di cuenta una chica se había sentado a mi lado. La primera impresión que me dio fue... rara, no sabría qué decir. Nunca antes me habían llamado de vos, porque en la Torre el ambiente era muy relajado, incluso entre maestros y alumnos. Varios príncipes y reyes habían estudiado en la prestigiosa escuela de magia y mientras estaban en los recintos de la misma solo eran un alumno o profesor más. Claro, luego hay algunos archimagos algo desagradables que creen que se merecen el respeto de todos, aunque no lo hagan. En fin, divago.

Para la segunda impresión, me fijé en ella: no llevaba las túnicas de los magos, y, como no reconocía su rostro, supuse que era una recién llegada. La presencia de un caballo blanco de mirada triste parecía cimentar esta suposición. La verdad es que era una bastante guapa: su piel era blanca como la nieve y sus cabellos negros como el ébano, y creo que esta descripción la he sacado de uno de los cuentos que me contaba mi tía Svenja. Me quedé mirándola durante unos instantes, no sé si confuso o embobado, pero pronto recuperé el timón de mi cerebro y le respondí.

¡Ah!... Sí, la hice yo —respondí, un poco avergonzado por la repentina atención, y tan positiva. Es decir, considero que mi estatuilla de la diosa madre del norte no está mal, pero tampoco es la mejor de todas. Me di cuenta de que la hierba a mi alrededor, así como mi regazo y camisa, estaban llenas de virutas de madera—. Es... es una estatuilla de la diosa Svea portando el sol, la estoy tallando para regalársela a alguien—le explicaba mientras me limpiaba, ayudándome de una favorable brisa mágica para recoger las virutas en un montoncito a uno de los lados.

Sujetaba la figurita cerca de mí, como si temiera que la mujer de cabellos oscuros me la arrebatase. Me había esforzado en aprender el idioma centrogarnálico, y tengo que decir que era mucho más fácil que mis lenguas nórdicas, aunque mi idioma natal era mucho más divertido de hablar, con tantas vocales raras y consonantes impronunciables para los centrogarnálicos.

Acabas de llegar, ¿sí? No recuerdo haberte visto antes por aquí.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Gyda Brodeur el Sáb Ago 05, 2017 1:40 pm

Gyda contemplaba el horizonte, los árboles, el cielo, y de vez en cuando se giraba para ver que Tifón no hiciera nada malo. Como la última vez que se giró a comprobarlo, el caballo de mirada triste olisqueaba una piedra y le daba toquecitos con el hocico, no se preocupó demasiado: era un caballo demasiado manso para un nombre que encerraba demasiado poder y energía.

El joven hablaba, y parecía sorprendido por la repentina aparición de la joven y por su… ¿positividad? Supongo que no todo el mundo asalta a un desconocido y una de las primeras cosas que hace es alabar la estatuilla que acaba de hacer, aunque a decir verdad, aquel era el modo de proceder de muchos cortesanos: tanta literatura pastoril, y el endiablado amor cortés con su respectiva literatura amorosa había hecho que la mayoría de miembros de La Corte estuviesen locos. Los hombres buscaban doncellas, y las doncellas buscaban caballeros, así que solían aprovechar ambos para olvidarse muchas veces del decoro, ignorando la privacidad de cada uno. Otros, sencillamente aborrecían este modo de relación, pues respetaban sobre todo la distancia inicial que deben establecerse entre varón y mujer.

Gyda, por la expresión del joven, dedujo que no opinaba lo mismo sobre la calidad de su estatuilla, que al parecer, era una diosa que no conocía. O simplemente pensaba que la joven exageraba, y estuvo pensando en decirle algo como ‹‹yo jamás sería capaz de hacer algo así, así que…››, pero no encontró el momento, pues el joven volvió a hablar.

Acabas de llegar, ¿sí? No recuerdo haberte visto antes por aquí.

Gyda se quedó un rato pensativa, pensando en que decir exactamente. Miró al suelo, como si allí pudiera encontrar las palabras y después, cuando se dio de que estaba haciendo una pausa bastante larga, miró al joven, con una sonrisa que se balanceaba sobre la risa.

Pues acabo de llegar, la cosa es que… —hizo una pequeña pausa—, no sé dónde estoy.

Había cambiado su registro, pues el joven parecía preferir un trato más cercano, uno de “tú a tú”, pero su forma de mover los labios, su forma de mirarle y su forma en la que estaba sentada —sobre sus rodillas— denotaban una profunda educación, pero no era una educación fingida ni sonreía para ganarse la confianza del joven. No, no era eso. Sonreía porque a pesar de todo, le hacía gracia su ignorancia y era una persona que sonreía con facilidad.

Así que… —volvió a hacer una pausa, aunque esgrimió una pequeña sonrisa, hinchándose sus mejillas— ¿dónde estamos?

El viento sopló. La hierba se mecía y las hojas de los árboles reían, retorciéndose sobre sus propias ramas: y en aquel momento, Tifón parecía jugar con una mariquita que se había posado en la piedra que se había puesto a lamer cuando Gyda había apartado la mirada.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Rurik Helgason el Sáb Ago 05, 2017 2:41 pm

Según parece, acababa de llegar y no tenía ni idea de dónde estaba. Personalmente me parece algo sumamente extraño, porque no sabía de nadie que hubiera llegado a la Torre sin habérselo propuesto o buscado, y era una travesía peligrosa por estrechas sendas de montaña que a menudo se volvían intransitables en los meses fríos del año. Ni para las gentes del norte era un viaje fácil de hacer, por lo que algo en mi interior me decía que la mujer había llegado a la torre no por acción del destino sino por la de su voluntad, o quizá al sentir algo que la atraía a este lugar.

En este momento, la conversación se pausó, y yo volví a tomar la navaja que había empleado para tallar la figura para darle unos últimos toques, para suavizar los afilados rasgos hieráticos que le había otorgado. Svea es fuerte, pero también es gentil; es la madre de los rayos pero, a fin de cuentas, es la madre de todos. Sinceramente, prefiero la visión nórdica de la moneda que la visión que tienen los magos del bien y el mal enfrentado. Quizá es solo porque me crié con ella, pero, a mis ojos, tiene más sentido. La mujer pareció volver en sí tras unos instantes, y preguntó, con voz pausada, cuál era el lugar en el que nos encontrábamos.

Dudé un instante antes de responderle, intentando ver si realmente no tenía ni idea o si ocultaba algo tras esa cara de muñeca de porcelana.

Te encuentras en el Valle de los Lobos, en la Torre —le expliqué, omitiendo el detalle de que es una escuela de magia. Eso ya debería saberlo, ¿no?

Dejé al navaja a uno de los lados y tomé una rama del suelo, que se convirtió en un pincel nada más tocarlo. Sin utilizar pintura ni pigmento alguno, cuando las cerdas del pincel se posaban sobre la madera, les aplicaban un color dorado-anaranjado, pues estaba dándole vida al sol que creó Svea hace miles de milenios, con pinceladas suaves, lentas, como si tuviera que volcar todo su ser en cada uno de sus movimientos. A fin de cuentas, era un regalo para mi tía, que había sido más madre para mí que la que me trajo al mundo.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Gyda Brodeur el Lun Ago 07, 2017 2:17 pm

Cuando el chico, cuyo nombre aún era un misterio para Gyda, dijo que se encontraban en el Valle de los Lobos, por algún extraño motivo se sintió aliviada y a la vez, algo mareada. Concretó que se encontraban en La Torre —ante tal torre, quien lo iba a imaginar—, y Gyda asintió con la cabeza. Antes, a pesar de tener la vista perdida, observaba elementos concretos: el cielo, los árboles o su caballo. En aquel momento, después de haber escuchado las palabras del joven, tenía la vista clavada en sus recuerdos, que se mostraban borros y desordenados. Miraba hacía el horizonte, pero no lo veía. Veía algo más profundo, algo más íntimo, algo que no era capaz de recordar pero estaba allí, en los rincones de su mente.

Tenía la extraña sensación de haber cruzado un bosque montada en Tifón, huyendo de algo o de alguien, queriendo llegar a… ¿La Torre? Hacía el esfuerzo de recordar, y veía un millón de imágenes borrosas que habían formado una cadena, sensaciones, sonidos y olores que no tenían relación. La cabeza la estaba comenzando a doler otra vez, pero aquel nombre, aquel lugar había despertado algo en ella y era algo que no era capaz de comprender. Sentía un sabor extraño en la garganta, la garganta seca y el estómago revuelto, y las cosas que no deberían moverse se movían lentamente provocando una sensación de angustia.

Fue entonces, cuando apartó la vista del horizonte y la dirigió hacía el chico por curiosidad y porque pensaba que así se concentraría en menos cosas y así el mareo no le ocasionaría tantos problemas. Pero entonces, vio como una rama se transformaba en un pincel al entrar en contacto con las manos del joven, y que este mismo pintaba la estatuilla a pesar de la ausencia de algún color en el propio pincel. Gyda, por su educación, tenía muy mala opinión acerca de los magos, creyendo que eran personas que se dedicaban a comer bebés, deshonrar a las más inocentes de las vírgenes y hacer rituales con ambos, tanto con los bebés y con las no-tan-vírgenes. También, la magia era la encarnación del mal y la decadencia en este mundo, y verla tan de cerca… Sintió peligro y su corazón comenzó a latir salvajemente, y presa del pánico, expulsó una risa nerviosa. La risa fue a su vez acompañada por un par lágrimas que habían discurrido por sus mejillas cayendo a la tierra y todo el nudo de su estómago se aflojó, desatándose todas las cadenas, rompiéndose en su estómago, ahora todo aquello quería salir.

Así que corrió hacía un árbol y vomitó, intentando que no se viera el vómito ni como ella vomitaba, escogió un ángulo idóneo para ello. Tifón, había dado un paso desde la distancia, y la observaba con aquellos ojos tristes y profundos.

Gyda, sintiendo toda la acidez en la garganta y en la boca, y aún detrás del árbol, comenzó a toser mientras intentaba ahogar esas lágrimas. Nunca había estado tan inestable y tan inofensiva como en aquel momento, parecía un cervatillo en aquellos instantes, tan pálida como un cadáver, sacudiéndose en sus últimos instantes de vida. Sentía demasiada vergüenza en aquel momento, no le importaba si fuese un mago: sus sentimientos y la situación la habían superado y se sentía estúpidamente débil, una niña estúpida.

Y sus lágrimas, no eran solo del terror que le había visto a hacer a aquel agradable —ahora tenía sus dudas— joven. En parte, se le habían escapado aquellas lágrimas porque antes de sentir miedo, sintió alegría al ver aquel espectáculo tan hermoso, y por ende, si sintió sucia. Tan sucia que vomitó, y tenía una sensación terrible en el estómago y en la garganta. Su mente, saturada de tanta información, se quedó en blanco, rechazando cualquier pensamiento, suprimiendo cualquier sentimiento.

Temblaba, y a pesar de ello, se quitó los restos de saliva y vomito que se habían quedado en su boca con la parte trasera de su manga. Acto seguido, apoyó su cabeza en el árbol y cerró los ojos: estaba demasiado cansada y quería descansar, pero por otro lado, quería huir y quedarse en aquel lugar.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Rurik Helgason el Miér Ago 09, 2017 5:11 pm

Llegados a cierto momento, poco después de que empezara a colorear la estatuilla, a la mujer le dio algo de risa nerviosa y, de pronto,
se levantó y se dirigió detrás de un árbol, y, aunque no vi con certeza lo que obró ahí detrás, los sonidos que escaparon de su cuerpecillo de porcelana fueron suficientes para decirme que la mujer se encontraba mal y que, posiblemente, necesitaba ayuda. Bueno, seguramente necesitaba ayuda, así que me levanté, dejando la estatuilla apoyada contra el tronco del árbol y el pincel en el suelo, y me acerqué a la chica, que había dejado un charco de vómito en el suelo, detrás del árbol.

Puse una mueca de disgusto al verlo, pero pronto recordé mis modales y procuré esconderla, poniendo en su lugar una expresión precupada, que era el segundo sentimiento que sentía después del «ew», qué asco. No sabía qué había provocado tal ataque de vómito en la chica; quizá estaba enferma y venía a la torre buscando alguna medicina o embrujo que consiguiera curarla, o quizá se había mareado por el viaje, o quizás había comido algo en mal estado y ahora sentía los efectos de esa elección.

De cualquier modo, decidí que sería bueno ayudarla: hice gestos arcanos con mi mano y la humedad del ambiente se reunió en una esfera entre mis manos, del tamaño de una cabeza de niño, que le ofrecí a la mujer. Funcionaba casi como un vaso o cualquier otro contenedor de agua, pero sin paredes, lo que quizá haría un poco extraño todo eso de beber. Quizá debería haber invocado un manantial.

Ten, bebe.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Gyda Brodeur el Jue Ago 10, 2017 2:11 pm

Gyda observó como el chico, a través de unos gestos con las manos, comenzó a formarse una esfera de agua, haciendo un tenue remolino mientras flotaba en sus propias manos. Gyda, que había visto todo aquel proceso, estaba en tal estado, que no se percató que era magia y que por ende, debía temerla, después de aceptar su ofrecimiento con una sonrisa cansada. Acercó sus manos a la esfera, y pasándolas por debajo como una especie de cuña, la levantó y se la acercó a escasos centímetros de su boca.

Fue entonces, en aquellos instantes donde iba a beber y deseaba hacerlo, que se dio cuenta de que aquello era inevitablemente magia, y en aquellos donde no tenía la suficiente energía para sentir, sobre todo miedo, miró hacía el chico, esbozando un cansancio irracional —pues antes estaba como una dalia y ahora no— y esperó durante unos segundos, intentando recordar las palabras, aquellas perras negras que huían de la más sencilla oralidad. Y buscando la aprobación para beber agua, preguntó:
—¿Por qué no debería sentir miedo de la magia?

Sus manos temblaban, sujetando aquel orbe que se agitaba conforme los movimientos de sus manos, derramando algunas gotitas de agua. Ella solo quería beber, pero tenía miedo: entonces, una parte de ella pensó que si todas las cosas malas que había escuchado sobre los magos eran falsas, no debería de tenerle miedo a una mentira, y así podría beber. También recordó cuando era niña y dos de sus amigas se pelearon: hasta que no escuchó la versión de cada una, no pudo dar un juicio justo ni de valor. Cuando escuchó el testimonio de Clara, automáticamente fue a hablar con Rosa indignada por aquella actitud; pero cuando habló con Rosa y ella le contó su versión de los hechos, se dio cuenta de que las dos mentían y las dos decían la verdad: ambas eran culpables e inocentes. La pregunta era: ¿Cuál de las actitudes eran justificables, y cual se merecía no ser invitada a la próxima fiesta del té?

Al final, cuando hablaron las tres, todo se solucionó: lo que en un principio parecía algo incomprensible y extremadamente ofensivo, se volvió en algo comprensible y justificado, y los detalles que se habían decido omitir, salieron a la luz: ambas lloraron, se perdonaron y se abrazaron. Y, ambas fueron invitadas a la próxima fiesta del té, a lo mejor, más amigas que nunca porque aquel día, se volvieron a conocer, nuevamente. A mayor profundidad, a mayor escala y sin tapujos.

A lo mejor, no era tan diferente entre magos y no magos, pensó. Dudaba que fuera tan sencillo como un conflicto de niños, pero pensó que si quería beber, tenía que romper las bases que movían su mente, aquellos pilares que habían estipulado lo que era correcto y lo incorrecto, sea llamado moral, convenio social o como quieras. Y su mente, ante toda esa compleja reflexión cuando no tenía fuerzas para esta, la cabeza le volvió a latir —¿le había dejado de doler la cabeza desde un principio—, en pos del dolor. Pero es que deseaba beber. Antes, no se había dado cuenta lo sedienta que estaba porque la situación, a pesar de que se la había tomado con bastante tranquilidad, le había pillado por sorpresa. Al vomitar, no solo tenía la necesidad de limpiarse la boca, sino que se dio cuenta de su estado anímico y… tenía sed, deseaba beber. Necesitaba beber.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Rurik Helgason el Jue Ago 10, 2017 9:52 pm

Si había entendido e interpretado correctamente la pregunta de la mujer de cabellos oscuros, ella le tenía miedo a la magia, lo que podría explicar su reacción de antes: al haber visto cómo convertía aquel palo en un pincel y cómo pintaba sin pintura, algo en ella le había dicho que lo que hice era moralmente incorrecto, lo que había provocado... bueno, lo que había provocado.  Sin embargo, no había dudado en acercar sus manos al orbe del agua y acercar este a su boca.

Tenía la mujer suerte de haber llegado ahora y no dos años antes. Ahora, si bien no dominaba, utilizaba el idioma del centro con bastante habilidad. Dos años atrás no sé ni si habría entendido la pregunta ni si habría podido responderla sin trabarme y cambiar de idioma, acento y dialecto un total de setenta y dos veces.

¿Por qué deberías temer la magia? Esta en sí no es más que una herramienta, un poder. Depende del usuario si la usa para hacer el bien o para hacer el mal —comencé a explicar, rascándome una mejilla—. No es diferente a un hombre con una espada, o a un sacerdote, o un rey. Si el guerrero usa su espada para proteger a los buenos, no le temes; si la usa para hacerte mal, le temes. Si un sacerdote predica la bondad, la caridad, eso es bueno, pero es malo si usa su poder para condenar a la gente a la hoguera solo porque él considera que esa persona tiene algo impuro.

» La magia es lo mismo. En sí ella nos permite hacer crecer cosas así como destruirlas —Mientras explicaba, hice brotar una pequeña flor azul de la madera del árbol, que desapareció pocos segundos después—. Permite curar enfermedades e infligir heridas. Pero no tiene conciencia propia: nadie en su sano juicio culparía a una espada por los crímenes del espadachín, ¿no? Depende del mago con el que te encuentres. Has tenido suerte —le dije con una sonrisita—, porque aquí somos magos buenos. Aquí aprendemos a dominar nuestros poderes, y no hacemos daño a no ser que nos amenacen. Claro, también hay magos malos, no te lo voy a negar, pero esos están en la Cueva Oscura, o eso se cuenta.

» De cualquier modo, tú decides. La Señora de la Torre ha decretado que todos aquellos con buenas intenciones son bienvenidos a quedarse si buscan refugio.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Gyda Brodeur el Dom Ago 13, 2017 6:39 pm

Gyda escuchó cada una de sus palabras con atención, concentrándose en la ardua tarea de entender todo lo que decía. Las primeras palabras que salieron de la boca del joven fueron escuchadas en su plenitud, con una exactitud precisa: las palabras habían surgido del pensamiento, transformadas ahora en sonidos, se desvanecían al ser escuchadas y eran entendidas. Pero conforme se fue alargando la charla, Gyda hizo uno de los mayores esfuerzos por escuchar, pero las palabras se chocaban entre ellas, se repetían, se desvanecían en lo más profundo de su mente y otras, se perdían en gestos tan sencillos como una brisa que acariciaba una brizna de hierba o un árbol que había decidido crujir. Y a pesar de todo, había conseguido entender más o menos el mensaje. La llamó la atención cuando le escuchó decir: «Si un sacerdote predica la bondad, la caridad, eso es bueno, pero es malo si usa su poder para condenar a la gente a la hoguera solo porque él considera que esa persona tiene algo impuro», pues ella misma había vivido aquella situación —fue ese el principal motivo de que huyese de las tierras de su padre— y aquel ejempló se le grabó como el mismísimo fuego dentro de una parte de ella, una parte de ella que todavía no había despertado.

Estaba irracionalmente cansada, su mente funcionaba con una lentitud frustrante y las cosas que sentía se desarrollaban y se concebían de una manera bastante primitiva. Parecía estar drogada, en cierta manera: era como si fuese un personaje plano, una persona plana en un mundo plano con creencias planas, vacías. Pero digamos, que una serie de circunstancias la habían llevado a ese estado aquel día.

Tú me has dado agua —reflexionó e hizo una pausa dramática que hasta resultó algo cómica—. Eres una persona buena —hiló—.

Metió una de sus manos en el orbe y primero se lavó mejor el rostro. Aquel rostro blanco destacaba aún más estando mojado, declinado con aquel brillo de las cosas mojadas, cerró los ojos y se le escapó una sonrisilla. Entonces, se secó —otra vez— con la manga de sus vestimentas y sujetando otra vez (Gyda es una chica de costumbres) levantó la esfera, inclinó su rostro y bebió: al principio lentamente, después con velocidad, apagando una profunda sed y el sentimiento desagradable de haber vomitado.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Rurik Helgason el Vie Ago 18, 2017 9:22 pm

Mis palabras convencieron a Gyda de que la mala no era intrínsecamente mala, y en aquel momento me sentí como uno de los famosos escaldos del norte, uno de los guerreros-poetas que hablaban palabras de magia y profecía. Claro, estoy exagerando y no solo un poco, pero sentó bien el ver que no toda la gente del centro pensaba que la magia era el mal y ya: según parece, hay gente dispuesta a escuchar a los demás y formar sus propias opiniones sobre el mundo.

Dijo que era una persona buena y entonces se lavó la cara y comenzó a beber, al principio con lentitud, pero luego con tanta sed que parecía haber vagado durante semanas por los desiertos del sur. No sé si se daría cuenta, pero hice que el vómito desapareciera, como si se lo hubiera tragado la tierra. Sinceramente, me encontraba mejor sin ver el desayuno de la mujer y sin oler el ácido estomacal.

Esperé a que la mujer saciara su sed antes de hablar.

Si no te molesta vivir entre magos, puedes pasar en la Torre todo el tiempo que quieras —le expliqué, de nuevo con una sonrisa—. Si quieres comer, puedo acompañarte a la cocina, o si quieres descansar, puedes elegir una habitación de cualquier piso de la Torre, excepto el último; ese está reservado para la Señora de la Torre.

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Re: Svea Sunnafær

Mensaje  Gyda Brodeur el Sáb Ago 19, 2017 1:28 pm

Gyda escuchó un diminuto chasquido que bien podría haber sido una rama, pero algo la decía que había sido el chico mientras terminaba de saciar su sed. Su teoría se corroboró cuando después de unos segundos, el olor a vómito había desaparecido y moviendo la vista hacía el lugar no encontró nada: como si lo hubiera drenado la tierra.

Aunque hubiera renunciado al temor que sentía hacía la magia —más por necesidad que por alguna otra cosa—, no estaba acostumbrada a ella. Es más, no hacía ni tan solo unos escasos minutos que había palidecido, temblado y vomitado solo por una rama que se había transformado en un pincel. Así que, se le aceleró el pulso durante unos instantes, tragó saliva y apartó la mirada. Lentamente, casi como un susurro: casi como un secreto. Después, dirigió su rostro hacía aquel chico.

Si no te molesta vivir entre magos, puedes pasar en la Torre todo el tiempo que quieras —explicó, sonriendo—. Si quieres comer, puedo acompañarte a la cocina, o si quieres descansar, puedes elegir una habitación de cualquier piso de la Torre, excepto el último; ese está reservado para la Señora de la Torre.

La chica lo escuchó con atención y cuando terminó, asintió con la cabeza educadamente, intentando dar una señal de que había estado prestándole atención. Después, en aquel estado de lentitud mental, tuvo que procesar aquello que había oído y entenderlo. Al cabo de unos segundos, se dio cuenta de que le estaban ofreciendo bien comida, o bien descanso.

Estaba agotada, cansada mentalmente y físicamente: tenía agujetas en las piernas y un dolor agudo en el lado izquierdo de la cabeza. Sus ojos pesaban como piedras en aquel lienzo blanco que era su piel e impulsados por aquel peso, bajó la mirada.

Necesito dormir —anunció después de unos segundos—. Discúlpame por mis modales, no están siendo los más adecuados —reconoció. Cerró los ojos durante unos segundos y los volvió a abrir—. ¿Te importaría mucho guiarme a alguna de las habitaciones? —Preguntó, aunque parecía más una orden que se había escondido entre la duda y la cortesía que una pregunta.

Y a pesar de todo, lo hizo con una voz cansada, pálida y frágil. Como si en cualquier momento fuera a desplomarse, tanto su voz como ella. Cada segundo que pasaba, su cuerpo iba cediendo poco a poco a los estragos del cansancio, que como una bola de nieve, iba creciendo con una cruel y osada lentitud. Pero ahora que no tenía sed, quería dormir. E impulsada por el mismo salvaje deseo que le había impulsado a beber, decidió ponerse en marcha para tardar menos en llegar a las habitaciones —así el joven la guiaría de inmediato al ver que se movía— y tan rápidamente como levantó un pie, estuvo a punto de perder el equilibrio y caer, pero no lo hizo. Pronto se dio cuenta de que no solo necesitaba un guía, sino un apoyo. No se lo pidió con palabras, era una chica orgullosa y aunque estuviese actuando de una manera extraña y las cosas que era se habían vuelto ajenas a ella, aún conservaba una pizca de orgullo. Pero le miró, y lo que no se atrevía a decir lo gritó con los ojos: unos ojos cansados que pedían ayuda.

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