La Torre
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Ficha de Alfher - Terminada.

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Ficha de Alfher - Terminada.

Mensaje  Alfher el Sáb Sep 02, 2017 11:20 pm

Ficha de Alfher

♦ Nombre y apellidos: Alfher.

♦ Sexo: Masculino.

♦ Edad: 28.

♦ Condición vital: Vivo.

♦ Bando: El Dios.

♦ Raza: Humano.

♦ Profesión: Estudiante de de magia, 1er grado.

♦ Escuela: Fortaleza de Aressher.

♦ Clase social: Pueblo llano.

♦ Descripción física: Alfher nunca le ha importado mucho su aspecto, excusándose siempre que hay mejores formas y más entretenidas en las que uno puede perder el tiempo. Así que muy difícilmente le verás bien peinado, con la barba arreglada y mucho menos con una vestimenta que no esté torcida o arrugada. A lo mejor en una boda o en algún funeral…
 
Generalmente, siempre lleva el pelo corto o muy corto, siempre despeinado como si se acabara de despertar o de quitar un sombrero. Su barba, al igual que su pelo, presentan un tono castaño apagado que conjugan con aquel azul apagado de sus ojos, creando una combinación bastante agradable. Sea como sea, cogió la costumbre de cuidarse mínimamente la barba por culpa de cierta persona, así que cuando aquella barba comienza a adquirir una esencia salvaje, coge unas tijeras y comienza a perfilar aquella bestia antes de que sea tarde, domándola.
 
Sus cejas, a pesar de ser algo gruesas y ofrecer a lo mejor un aspecto tosco, nunca ha tenido entrecejo y eso es algo por los que muchas mujeres y muchos nobles hubieran matado. En todo caso, si hubiera sido como el resto de personas normales en las después de unos días cada ceja se comienza a acercar a la otra como buenas enamoradas, hubiera tomado medidas. Sé que dije que nunca le ha importado mucho su aspecto, pero siempre ha opinado que llevar entrecejo es de paletos.
 
Mientras tanto, tenemos su cara: ojos pálidos, con una mirada llena de ojeras donde desciende a través de esta una nariz algo grande, una boca pequeña pero expresiva de labios delicados y muy versados en el bello arte del beso.
 
Sus orejas son bastante típicas, nada que destacar, nada que definir.
 
En cuanto temas relacionados con el peso, la constitución y la altura, podemos definirle como un hombre medianamente alto, que mide entorno 1,82 metros. No es una persona delgada, pero no está gorda: aunque es verdad que ya por la edad, le está empezando a salir una tímida barriga censurada por una musculatura casi definida. No es una persona extremadamente fuerte ni musculosa, pero si ha sabido cuidarse y la vida en el campo le han servido para tener unas buenas capacidades físicas.
 
Tiene bastante algo de pelo en las piernas y en los brazos, además del pecho y otras zonas que no son de interés público.
♦ Descripción psicológica: Realmente en este punto, no se puede realizar una descripción muy elaborada: Alfher es una persona sencilla, de gustos sencillos y poco más.

Es alguien que le gusta reírse, y muchas veces se ríe hasta de sus propios chistes. En general, intenta tomarse todo con un humor encantador a lo mejor por el simple hecho de intentar soportar mejor el peso de los días.
A pesar de ser una persona algo sencilla, tiene muchas inquietudes… Y poco más, la verdad. Es majete, le gusta mucho conocer a nuevas personas, es bastante trabajador… Y bueno, esas cosas.
Mira, si quieres conocerlo, te recomiendo que leas su historia. Cualquier cosa que diga de él aquí, va a ser pura paja, y sé que suena a excusa. Pero es verdad.
Y también es verdad que es una excusa.

♦ Historia:
Historia larga:
Mi nombre es Alfher, conocido en todo el continente por mi gran habilidad de pasar desapercibido. Destaco en no destacar, y aparte de sonar bastante irónico y confuso, es una habilidad de la que me siento altamente orgulloso, aunque más de una vez me ha resultado de lo más irritante.

Recuerdo cuando era joven, no me acuerdo exactamente porqué, pero tenía que preguntarle una cosa a mi madre. Así que me dirigí a la botica donde ella trabajaba.

La botica, el cliente y su madre.

Cuando abrí la puerta de la botica, sonó la campanilla colgada del techo avisando la llegada de un nuevo cliente en el lugar. Mi madre se encontraba detrás del mostrador de madera separando una serie de hierbas en paquetes.

Buenos días —me saludó sin apartar la mirada del mostrador con la típica voz con la que un vendedor le saluda a un cliente. Comprensible, pues no me había visto—.

Adentrándome más en la botica dando un par de pasos para no molestar en la entrada, eché un vistazo rápido a todas las plantas que habían en los estantes no sé si por curiosidad, o por la costumbre que tengo de mirarlo todo. Aquel proceso no duró más de unos escasos segundos, pues el establecimiento era casi tan pequeño como humilde, y tal vez por ello o porque fuera mi madre la propietaria; terriblemente acogedor.

Posiblemente penséis que aquella botica no era muy buena por el simple hecho de ser pequeña, pero os equivocaríais de tal manera que no sabría por dónde empezar. El lugar era modesto, pero porque mi madre tenía claras sus prioridades: si tenía que preparar una medicina o un cataplasma, compraba los mejores ingredientes aunque fueran significativamente más caros, y vendía el producto final por un ridículo y casi inexiste margen de beneficio. Si queríamos comer, no podíamos permitirnos un local más grande o más lujoso, porque eso supondría que ella no podría tratar a la gente como se merece.

Ella solía decir: «todas las personas, sin importar el dinero que tengan en sus bolsas, se merecen gozar de una buena salud. Yo no les puedo dar dinero a los pobres, ni puedo regir un país según las necesidades de todos de la misma manera que no puedo parar las guerras de este mundo por mucho que quiera. Pero si que sé un poco sobre medicina. Sí no hiciera todo lo que está en mi mano teniendo las capacidades y los conocimientos suficientes para hacerlo, ¿en qué clase de persona me convertiría eso?».

Mi madre era una persona muy sabia.

Buenos días, mamá.

No vendemos filtros de amor, venenos y mucho menos remedios contra la impotencia —continuó —. Es más, si alguien alguna vez te dice que tiene un remedio eficaz contra la impotencia, seguramente te quiera timar —añadió con voz más que cansada, aburrida. Aquello se lo decía a todos los clientes que entraban por primera vez, a pesar que hubiera un cartel en la entrada que ponía exactamente lo mismo —.

Me quedé perplejo, pues aunque era normal que cuando hablara mis padres parecían no oírme (aún no he determinado la causa), aquello estaba rozando los límites de lo absurdo. Así que, desenfundé el ingenio y mostrando su filo, saqué a relucir mi lado, desde mi punto de vista, más encantador y me acerqué al mostrador.

Es que verás… —carraspeé con mi respectiva voz grave de hombre—, resulta que estoy embarazado y no sé si quiero tener al bebé.

Por un momento, pensé que mi madre me reconocería por la voz y se reiría, pero para mi asombro, cerró otro paquetito con la mayor de las absolutas indiferencias, lo dejó en un montoncito a la derecha y mientras cogía otro papel para realizar el mismo procedimiento que antes, levantó la mirada y estuvo a punto de decir que tampoco se encargaban de esas cosas (no lo habíamos puesto en el cartel por falta de espacio), pero al parecer me vio y más importante, me reconoció. Su expresión pasó del aburrimiento al asombro, terminando por una serie de violentas carcajadas que no eran muy propias de una señorita.

¡Serás cabrón! —me dijo cariñosamente mientras se reía —, no te había reconocido.

Mi madre era, sobre todo, una mujer muy campechana. Mi padre mientras tanto era más tranquilo, más refinado y prefería el silencio y el frío de los metales: mi padre era herrero.

Mi padre herrero.

Muchas veces, sobre todo cuando era niño, me pasaba las tardes cuando no tenía nada que hacer viendo como trabajaba mi padre. Tenía unos brazos fuertes, y cuando golpeaba el metal ardiente para darle forma, me parecía impresionante que no se partiera en dos o que se derritiera ante todo aquel calor. Era algo que solo sabría describir como magia.

Cuando mi padre no me pedía nada, que era bastante frecuente pues muchas veces no se daba cuenta que estaba detrás de él, observando que hacía; fantaseaba con aquella escena tan dramática: como el metal tan frío podía arder de aquella forma, deformándose ante esas esquirlas de fuego que difuminaban la imagen en esa herrería tan oscura, pero a pesar de ello, tan luminosa debido a la propia fragua, creando como brazos de luz en la oscuridad.

Era un constante contraste de cosas que podían mantener embobado durante toda una tarde al niño que una vez fui. Sin embargo, he de reconocer, que lo que más me impactaba de aquellos días en la herrería era mi padre. Parecía un dios entre toda esa luz y toda esa oscuridad. Llamaba al fuego cuando lo necesitaba, lo calmaba cuando quería. Usaba el agua, el viento, el fuego y el trueno para crear del metal, algo con un propósito, dándole significado. Dándole forma.

Tal vez, por eso cuando pienso en dios, siempre me lo imagino como una especie de herrero en su forja, templando los metales o golpeando con la fuerza de un trueno el hierro, creando un aluvión de chispas por cada golpe, chispas que para los mortales serían las estrellas en el cielo nocturno.

Una vez, mi padre me regaló una daga.

Hijo, acércame el cubo —me dijo una vez mientras golpeaba con su martillo una especie de lámina de hierro al rojo vivo—.

Me levanté del taburete y se lo acerqué.

¡Pero con agua, cabezón!

Me reí, y fui corriendo a llenar el cubo a una fuente que teníamos cerca de casa. Volví casi tan rápidamente como me había ido —porque sabía que los tempos en la herrería eran importantes— y esta vez lleno de agua, le coloqué el cubo cerca de él.

Después de una innumerable lista de procesos, de calor, de golpes, de yo suplicándole que me dejara usar el fuelle; terminó su obra maestra y me la entregó. Un puñal. Era afilado como mil demonios, y tenía el mango de madera y estaba hecho de tal forma, que resultaba inquietantemente cómodo a la hora de agarrarlo.

Me ha dicho un pajarito que hoy cumples 12 años —me dijo después de secarse el sudor la frente con el mandil. Acto seguido, me acarició la cabeza y me dijo varias cosas sobre que cosas debía a hacer o no con el cuchillo, como debía de cuidarlo y muchas más cosas a las que no presté demasiada atención —.

Yo no sabía para que un niño de 12 años querría un puñal, pero me alegré de que me hubieran regalado algo. Tanto que a pesar de no saber para que lo iba a usar, decidí llevarlo siempre conmigo a todas partes. Así que de alguna manera me las ingenié para aprender en esa misma tarde, mediante prueba y error, a hacer una funda de cuero bastante primitiva que llevaría a partir de aquel día, debajo de mis pantalones y atada a una pierna mediante una cinta de cuero cosida en la propia funda. Después de bastantes años me daría cuenta del valor que tendría aquella funda escondida y lo útil que podría llegar a ser: desde un ataque sorpresa a un enemigo que piensa que estas desarmado hasta cortar manzanas con una asombrosa facilidad y comértelas con una excesiva masculinidad.

En todas las historias hay princesas.

Tenía 21 años conocí a Julio. Él fue hasta su muerte, todo lo que un hombre como yo podía pedir: era tan ridículamente amable, que hasta le caía bien a la gente odiosa. Era terriblemente tierno como una promesa de amor, como una balada dulce…

Miento. Era mucho más que eso, era… Era los corazones de todos los hombres cuando regresan al hogar, era la nana que canta una madre en una noche oscura… era mi Julio, y cuando más hablo de lo que era, más me alejo de él. Jamás podré retratarle con palabras, porque cada cosa que digo de él, me siento sucio, como si fuera incapaz de hacerle justicia, como si no pudiera acercarme a la verdad, como si… Bah, que le den.

Empecemos de nuevo.

Él tenía 27 años cuando lo conocí, tenía la barba demasiado cuidada para ser del pueblo y un rostro demasiado hermoso para ser humano. Cuando te hablaba, te sonería con sinceridad y por un momento, pensabas que si el mundo era una sombra, él era la luz de una fragua.

La verdad es que nuestro encuentro fue una coincidencia o un capricho del destino. Veréis…

Cuando llueve.

Era una tarde de invierno y yo ya tenía unos merecidos veintiún años. Había salido al bosque en uno de mis paseos matutinos y en mitad del trayecto, me vi envuelto en una tormenta bastante violenta. Había oscurecido en cuestión de segundos, las nubes grises habían devorado el cielo y en cuestión de instantes, había comenzado a caer una buena.

En aquel momento me replanteé en volver a la aldea corriendo, pero en uno de mis viajes al bosque había descubierto una pequeña cabaña abandonada no muy lejos de donde estaba, más cerca que la aldea. Así que me coloqué el borde de la capa que llevaba en la cabeza a modo de caperuza para evitar mojarme en exceso, y salí corriendo en busca de la cabaña. Esquivé varios árboles, escalé un montículo, manchándome de barro y hubo un momento en el que pensé que me había perdido, pero entonces torcí a la izquierda, volví a escalar otro montículo, volviéndome a manchar de barro y la encontré.

Entré en la cabaña sin pensármelo en un segundo y me dirigí al comedor, y para mi sorpresa ya había alguien allí, sentado al lado de una estufa calentándose las manos. Con el sonido de la tormenta no me había oído entrar, y estaba a espaldas de mí así que básicamente, él no sabía que estaba allí. Así que decidí hacer yo el primer movimiento.

¿Hola?

Hablé alto, lo suficiente para que se escuchara por encima del sonido de la lluvia. Mi voz sonaba a sorpresa, y mi cara reflejaba cierto grado de consternación, como si dijera: «no te esperaba en estaba cabaña abandonada en mitad de una tormenta».

Se giró al escucharme, casi tan sorprendido como yo. Cuando le vi, debo de reconocer que se me aceleró el pulso y creo que me quedé algo embobado ante aquella belleza masculina.

¡Perdón! Pensaba que aquí no vivía nadie —se disculpó. Parecía algo consternado. Al verme debió de pensar que yo era el propietario de la cabaña—.

¡No, no, no! ¡Si yo pensaba lo mismo! —dije riéndome en parte para suavizar un poco el ambiente, y en parte porque me habían hecho gracia mis propias palabras —.

¿Qué? Soy una persona sencilla: me río de mí mismo y de las cosas que digo.

¡Ah, bueno! —exclamó, más relajado, riéndose también —, entonces, esperemos que esté abandonada de verdad.

Eso espero —afirmé con una sonrisa—, porque…

No me acuerdo que iba a decir, pero dio igual porque me cortó.

¡Estás empapado! —exclamó, como si no se hubiera dado cuenta hasta aquel momento, de una manera muy maternal, como con una mezcla de enfado y preocupación, pero entonces…—. Desnúdate —ordenó con una absoluta seriedad—.

La verdad es que empapado se quedaba corto. Estaba calado hasta los huesos, temblaba del frío y me quedé anonadado ante aquel mandato, así que me ruboricé.

¿Qué?

Hombre, si te quieres resfriar… —hizo una pausa dramática—, yo solo te digo que en el arcón de allí —lo señaló con un dedo— hay toallas.

Yo podría haberme limitado a asentir y haber ido desnudándome, pero había algo que me había extrañado de él desde el principio.

Pero tú estás seco —afirmé —.

La tormenta no llevaba más de un cuarto de hora y había venido sin avisar, tan rápido como un rayo y se había propagado casi tan rápido como los secretos. O él era muy afortunado y había estado cerca de la cabaña antes de que comenzara a llover, o había algo que no cuadraba.

Oh, ¿acaso te gustaría que yo también estuviese empapado? No será que… —me miró a los ojos y añadió con una sonrisa maliciosa — quieres verme desnudo.

Trueno.

Era evidente que no había contestado mi pregunta, pero en aquel momento me había pillado desprevenido. Dejé a relucir mi vena de pueblo y exclamé, casi sin inmutarme. Hasta intenté hacerme el ofendido, pero fue imposible. Más que ofendido, estaba acalorado.

Ya te gustaría a ti.

Parecía sorprendido, como si no esperara aquella respuesta. A lo mejor, había pensado que era una persona tímida y esperaba que me volviera a ruborizar, que titubeara o algo así, pero no le di el gusto. Por mi parte, me acerqué al arcón, lo abrí y en efecto, allí había varias toallas.

Así que, comencé a desnudarme dándole la espalda sin preocuparme de que me estuviera viendo —más bien aproveché la oportunidad para exhibirme disimuladamente—, amontoné la ropa mojada en el suelo y, me agaché para coger las toallas. Evidentemente, me estaba mirando, y yo me mostraba sin mucho decoro.

¿Y esa cinta de cuero? —me preguntó con curiosidad, aunque parecía más que quería justificar el hecho de que me estaba mirando el culo rompiendo el silencio que se había formado desde nosotros desde el momento en que me había comenzado a quitar la ropa —.

Yo, sin mucho tapujos y con las toallas todavía en los brazos, me di la vuelta hacía él y obviamente, cintura hacía abajo se veían más que dos piernas. No pudo evitar bajar la mirada hacía ciertas zonas, y la cara que puso fue un verdadero cuadro. Estuve a punto de reírme, pero no lo hice. Realmente, aquel gesto no tenía ninguna connotación sexual ni quería provocarle, simplemente quería ver la expresión que ponía.

Así que cuando mi desnudez ya no tenía ningún propósito de ser, me coloqué una de las toallas alrededor de la cintura y la otra me la puse sobre los hombros y me envolví con ella.

Nada, un cuchillo. Uno nunca sabe —respondí sin darle mucho valor y me senté a su lado, buscando el calor de la estufa—.

¿Y por qué no te lo quitas? Es un poco… —parecía que no sabía muy bien que palabras escoger, así que estuvo unos segundos haciendo muecas raras y gestos con las manos— incómodo para mí —acabó concretando, manteniendo un tono cordial y amistoso —.

Uno nunca sabe —repetí con gesto inexpresivo—.

Me miró como si le acabaran de dar una bofetada en la cara. Era obvio que se sentía ofendido y se empezaba a sentir la tensión en el ambiente, pero yo estaba bromeando. Confiaba en él ciegamente, después de todo, era obvio que ambos compartíamos unos gustos un tanto particulares, únicos y no muy legales. Los dos lo sabíamos, y aquello nos unía de una manera especial. O puede que simplemente él tuviera un sentido del humor muy particular y fuera muy amable, pero ya os digo yo que no. Bueno, realmente sí, pero… Bueno, ya me entendéis.

¡Era broma! —dije mientras me quitaba las correas que más bien, seguían el mecanismo de un cinturón. Cogí y le mostré la funda donde se podía ver el mago del puñal —. ¿Ves?

Y lo tiré sobre el montón de la ropa mojada. Entonces, le guiñé el ojo.

No me levanto porque seguro que aprovechas para mirar desde abajo —expliqué con malicia, siguiendo aquel tono desenfadado, despreocupado y sobre todo, satírico —.

Entonces, me miró con enojo fingido.

Que malo eres —afirmó negando varias veces con la cabeza —.

Y así pasamos el día, esperando a que la lluvia decidiera parar. Hablábamos, nos presentamos, bromeábamos como adolescentes y reíamos como tortolitos.

Creo, que sí me enamoré de él no fue porque a los dos nos gustaran los hombres, a pesar de que no nos lo habíamos dicho directamente; aunque debo de decir que aquello fue algo muy importante cuando comenzamos a salir. Me enamoré de él de la manera más irracional posible, y supongo que allí estaba la diferencia entre la atracción y el amor.

Resumen rápido de algo doloroso.

Después de varios años, yo tenía 24 años y seguía saliendo en secreto con Julio porque en la sociedad en la que vivíamos, había cosas que era mejor mantener en secreto.

A veces ahorraba algo de dinero e iba a la ciudad, aunque la mayoría de veces era él quien se venía a la aldea. Casi siempre se quedaba a comer y a mis padres no les importaba, es más, todo lo contrario. Estaban encantados con Julio, fascinados diría. Siempre que hablaba, se quedaban absortos, boquiabiertos ante aquella forma de hablar tan de la capital.

Ellos pensaban que éramos muy buenos amigos, o al menos, no hacían muchas preguntas al respecto. Supongo que mi madre, por la manera en que nos miraba a veces, debía de sospechar algo, pero si lo hacía, no lo exteriorizaba y era algo que agradecía.

Una noche, mientras nos amábamos ocultos detrás de un viejo roble, alguien debió de escuchar ruidos extraños y decidió ir a investigar. Nos pilló, pero al parecer, debida a mi dichosa habilidad de pasar desapercibido, solo le vio a él lo suficientemente bien para poder reconocerlo durante el día. Huimos rápidamente al bosque y pensamos que era imposible que nos hubiera reconocido con la poca luz que había, y si se iba ahora, sería más sospechoso mañana. “Sí, mira, vi ayer a dos hombres haciendo prácticas de sodomía y justo el caballo de Julio y Julio han desaparecido antes del amanecer. Que casualidad”. Así que optamos por esperar al día siguiente.

Jamás me arrepentiré lo suficiente por aquella elección. Ni si quiera hubo un juicio, ni un triste proceso legal. Fue la propia gente del pueblo quien asesinó a Julio.

No diré como fue, porque a día de hoy apenas he superado su muerte, mucho menos su asesinato. Solo diré que fue espantoso, y yo no podía hacer nada por él.

A veces todavía recuerdo sus miradas, los gritos en la calle y me pongo a temblar. Y la luz de mi fragua, se apagó para siempre: el mundo solo era oscuridad.

Cuando todo el mundo se fue, ya una vez dada la alta noche, el cadáver de Julio estaba apoyado en un banco de la placeta. Era horrible ver a mi Julio, tan frío como la noche de la tormenta, tan lleno de heridas y tan lleno de sangre, tan lleno de las atrocidades que le habían hecho hasta matarlo.

Lo único que pude hacer fue tumbarme en aquel regazo sin vida y llorar de una forma como antes nunca lo había hecho, pensando: «¿por qué él y no yo?». Me manché con su sangre, le miré aquel rostro vacío y supe que jamás volvería. Entonces, volví a llorar sobre sus piernas, a pesar de que ya no me quedaban lágrimas para derramar.

Después de varias horas, escuché la voz de mi madre detrás de mí. Noté como apoyaba su mano en mi hombro.

Cariño…

Me levanté y me giré hacía mi madre.

Mamá… —dije entre susurros. Hablar era doloroso, las palabras se clavaban en mi pecho como espinas. Sencillamente, había demasiado dolor y tenía una piedra en la garganta —¿No hay nada que puedas hacer? —pregunté con un hilillo de voz —.

No respondió, tampoco hacía falta. Los dos sabíamos que era imposible. Entonces, volví a apoyarme sobre las piernas de mi difunto novio y seguí llorando, soportando todo el peso de la oscuridad sobre mis hombros.

Mi luto, mi venganza.

La gente suele vestirse de negro cuando está de luto. Yo en cambio, me vestí de colores más oscuros

♣ Gustos y aficiones: -

♣ Cosas que detesta: -

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♣ Manías: -

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♣ Objetivos y metas: -

♣ Otros datos de interés: -

La primera norma en una escuela de hechicería es no desobedecer al maestro o algo así.
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Re: Ficha de Alfher - Terminada.

Mensaje  Alfher el Lun Sep 04, 2017 11:42 pm

Ficha actualizada y terminada. Perdón por el doble post, pero creo que así facilito el trabajo a la administración~

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Re: Ficha de Alfher - Terminada.

Mensaje  Yandrack el Jue Sep 07, 2017 6:24 pm

ficha aceptada,para la próxima resume la historia, no la rolees por favor xd

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