La Torre
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Mensaje  Knyh el Dom Sep 24, 2017 6:33 pm

Eran muchos los días que el escribano bajaba las escaleras de la Torre hasta la biblioteca. Aquel lugar lleno de estanterías de madera vieja, olor a vainilla de las hojas más antiguas de los libros menos consultados y el silencio sereno, sólo interrumpido por los amortiguados pasos de los alumnos (cuando los había), el rasgar de las plumas sobre los pergaminos y el deslizar de las hojas al ser pasadas. Era el ambiente perfecto para un gris y cansado aprendiz de mago.

Knyh cruzó el umbral de la puerta con paso lento y constante. Llevaba su capucha sobre la cabeza y unos mechones grisáceos de su melena asomaban de sus hombros, cayendo hacia delante, a ambos lados del medallón de plata con el relieve de un demonio siendo invocado...o desterrado. En su mano izquierda llevaba su bastón con retoques de calaveras hechos de plata. Su repicar en el suelo inundaba la estancia a cada paso. Al hombro colgaba su cartera de cuero, en cuyo interior un grueso volumen abultaba la tapa hacia fuera. Era el Libro del Aire, cuyo estudio era crucial para pasar la prueba y ascender. Aunque no era algo que le preocupara realmente, pese a la enorme utilidad de los hechizos de teletransporte. Siempre se le había dado bien caminar, los caminos eran su hogar y su vida. Eran una transición necesaria para llegar a su destino. Y siempre había jugosas historias en los caminos. Saltarlos con un hechizo le quitaba la magia a su vida.

Cruzó algunos pasillos y encontró una mesa de oscura madera con una silla de aspecto robusto y cómodo. Dejó sus cosas sobre la tabla y tomó asiento. Sacó el libro de su cartera, un pergamino, tintero, pluma y diversas herramientas de escriba. Las dispuso ordenadamente por la mesa. Se retiró la capucha, dejando ver su rostro níveo y de rasgos norteños. Luego comenzó a preparar la tinta, con su molienda y mezclando el polvo con un líquido transparente que tenía en otro frasco, sin etiqueta. Cuando todo estuvo listo, se limpió la tinta de las manos con un trapo blanco, con alguna que otra mancha negruzca. Pese a ello, algunas manchas quedaron impregnadas en sus dedos y entre las uñas, pero no pareció importarle.

Abrió el Libro del Aire y comenzó a consultarlo, aunque realmente no necesitaba leerlo para saber qué contenía. Era algo que había adquirido desde hacía muchos años, una habilidad que atribuía a su ojo experto, sin pensar siquiera que era algo intrínseco en él, algo mágico.

El escribano tomaba nota en un pergamino con la mano derecha de todas las fórmulas, bases y efectos de los hechizos. En una ocasión frunció el ceño, como si no terminara de comprender algo.

Sin dejar de escribir con la mano derecha, tomó de dentro de su cartera (y con su mano zurda) una semilla. Sin apartar la mirada del libro, y aún escribiendo con la otra mano, realizó un pase mágico y susurró unas palabras. La semilla creció hasta florecer una linda y fragante rosa. Otro pase mágico y unas nuevas palabras arcanas y la rosa tomó forma humanoide hasta convertirse en un pequeño duende de las flores.

Un único gesto señalando una hoja con diversos títulos garabateados le bastó a la pequeña criatura para comprender. En seguida salió en busca de los volúmenes que su invocador le había ordenado encontrar. Cada vez que encontraba uno agitaba su tallo espinoso y Knyh, con un pase mágico y un susurro, movía por arte de magia el volumen hacia la mesa. Le echaba un vistazo a la portada, concentrado, absorbiendo cada palabra que contenía. Una vez terminaba, volvía al Libro del Aire y seguía con sus apuntes.

Fue así que se llevó todo el día, sin parar a comer.

Al atardecer estaba agotado, hambriento y casi desfallecido. Devolvió al duende a su plano, guardó todas sus cosas, limpiándolas meticulosamente, devolvió los volúmenes a sus estanterías (aunque sabía que no sería necesario, pues la biblioteca tenía un hechizo para que los libros se colocaran solos en su lugar) y se fue de allí.
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Knyh
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