La Torre
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El juicio

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El juicio

Mensaje  La Diosa el Jue Mar 21, 2013 3:58 pm

En la torre izquierda del castillo del Concilio (que es la más ancha, aunque no la más alta), en la planta más baja, existe una puerta enorme, imponente y tallada en madera oscura, casi negra, que está constantemente vigilada por cuatro guardianes inmortales, de piedra. En la parte alta, sobre ella, un letrero de mármol reza: «Juzgado del Concilio». Debajo, hay escrito un pequeño texto en runas arcanas que habla de la prosperidad de la Justicia y de las virtudes de la Diosa.

El primer día de primavera, a las últimas luces del ocaso, las puertas del Juzgado estaban abiertas. La sala era enorme y tenía la siguiente disposición: al fondo, en el centro y en la parte más alta, había un palco con tres majestuosos asientos, ocupados por el triunvirato de Anaë-draýl (Presidente del Concilio), Alice (la Vicepresidenta) y Shewë (la Jueza Suprema); a la derecha, descendiendo un par de escalones, había una larga mesa donde se hallaban los nueve miembros restantes del Concilio. En la parte más baja, en el centro de un espacio circular, se encontraba el banco de los acusados y, detrás, una serie de asientos para testigos, defensores y demás implicados en el caso. El resto de asientos, dispuestos en forma de gradas, estaban reservados para miembros de la comunidad mágica que actuaban como jurado en caso de empate entre los miembros del Concilio o en cualquier otra situación extraordinaria.

Las puertas acababan de abrirse y los únicos que ocupaban la sala eran los miembros del Concilio. Todos estaban presentes (incluso Nerón, que solía eludir aquel tipo de acontecimientos). Todos... salvo la Señora de la Torre. Su silla permanecía vacía, en la esquina derecha. Al lado estaba Joseph Winterose, aún recuperándose de las heridas del duelo y con un cofre en sus manos que rezumaba oscuridad por los cuatro costados.

Pronto, los magos elegidos como jurado entraron en la sala. Todos entraron por su propio pie, pues estaba prohibido el uso de magia, y, en unos veinte minutos, ocuparon buena parte de los asientos libres, aunque varios quedaron vacíos. Algunos eran magos de prestigio; otros, guerreros que habían sobrevivido a la batalla de las Tierras Muertas y estaban en buenas condiciones para asistir al juicio.

Por último, entró Crescent fon Wölfkrone, que, junto con Joseph, eran los únicos presentes que podían hablar de lo sucedido en las Tierras Muertas. Con él iba Michelle Swallow, en representación del ejército del Concilio, y ambos fueron conducidos a la zona de los testigos, donde les cedieron dos asientos privilegiados.

Luego se hizo el silencio, que solo fue roto por Anaë-draýl cuando estuvo seguro de que no faltaba nadie.

Antes de empezar, quisiera agradecer la presencia de todos ustedes en la celebración de este juicio —dijo e hizo una pequeña pausa—. Como tristemente sabemos, una organización denominada los Seis Secretos se ha encargado de sembrar el terror en la comunidad mágica durante los últimos meses...

»Al principio creímos que eran solo unos rebeldes sin importancia, pero, después de la batalla, de las bajas y de la convocatoria de los duelos, se ha convertido en un asunto de gravedad que va en contra de los principios marcados por nuestra Diosa.

»Por eso, pese a la ausencia de prisioneros a los que culpar, hemos aprovechado la celebración de este juicio para decidir el destino que le espera a los implicados.


El Presidente del Concilio clavó la mirada en Joseph, primero, y luego en Crescent y en Michelle. A continuación, fue la Jueza Suprema quien tomó la palabra:

Según las informaciones que nos han llegado, los miembros de esta organización son Flextus, Iaga, Bast, Andurk de Ripernak, Raven Darkhole y Xerxes Break —prosiguió—. De los duelistas, solo dos han regresado con sus respectivos secretos. ¿Qué podéis decir de los demás? —preguntó, sobrevolando con la sala con la mirada—. Vos, Crescent fon Wölfkrone, tengo entendido que fuisteis quien luchó con Flextus. Me gustaría escuchar vuestro testimonio.

Y volvió a alzarse el silencio. Todas las miradas se clavaron en el guerrero exaltado y esperaron a que comenzara a hablar.


Última edición por La Diosa el Lun Sep 02, 2013 12:25 pm, editado 2 veces

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Re: El juicio

Mensaje  Crescent fon Wolfkrone el Jue Mar 21, 2013 7:01 pm

Cuando casi había anochecido nos habían convocado a la sala de juicios, en la torre izquierda del castillo del Concilio, negra, como todo el castillo y toda la ciudad, por la piedra que venía de las canteras de roca negra, que tanto abundaba en la isla. Junto a mi iban Joseph Winterrose, cuyo nombre me daba vagos recuerdos de alguna de las cosas que hizo, aunque el qué, el cuando y el dónde no los podía conjurar; y Michelle Swallow. Mich, la mejor de las alumnas que tuve, que, según había oído, fue la encargada de liderar el ejército del Concilio en la Guerra del Secreto. No podría estar más orgulloso de ella.

Joseph llevaba un cofrecito que irradiaba oscuridad, y yo, sabiendo que no se permitía usar la magia en esta sala en concreto, opté por hacer lo mismo, portando el Secreto de la Tierra en un cofre forjado especialmente para contener un artefacto de tanto poder. Ni de día ni de noche me había separado de él, por lo que sabía que seguía allí. Es más, lo comprobé minutos antes de entrar en la sala. Lo portaba con la mano izquierda, y me daba la impresión de un monarca con el globus cruciger.

La primera cosa que vi al entrar en la sala del juicio fue la mirada atenta de todos los convidados, fuesen archimagos, magos de renombre, y guerreros que habían sobrevivido a la masacre. Y también vi que la silla reservada a Narshel, la Señora de la Torre, mi maestra, estaba vacía. Aunque realmente no se mostró en mi rostro, la flor de la preocupación floreció en mi mente, y no pude evitar preguntarme qué había sido de ella.

Joseph se sentó junto al Concilio, mientras que Michelle y yo nos sentamos en dos asientos reservados en la zona de los testigos. La verdad, mi nerviosismo crecía por momentos. Había estado en más juicios, es lo que tiene el ser un príncipe, pero nunca en uno de tal magnitud, o con tanta importancia. Y también sabía que la vida de alguien dependía de mis palabras, y más aún tras ver como Xerxes lo tomó preso. Cosas como estas evitaban que uno estuviesen del todo tranquilo. Intenté tranquilizarme mientras dejaba el pequeño cofrecito de metal y más metal y metal con magia entrelazado sobre la mesa. Uno no podía ser lo bastante cuidadoso con tal artefacto.

Habló en primer lugar Anaë-draýl, el Señor de la Escuela del Bosque Dorado, y, según sabía, el Presidente del Concilio, diciendo algo que podría tratarse como un preámbulo al juicio que iba a dar comienzo cuando la juez, Shewë, decidiese que sería apropiado. En pocas palabras, el discurso de Anaë-draýl trató de como los Seis Secretos demostraron ser una amenaza mayor de la que todos pensaron que serían, y, por tanto, serían juzgados in absentia para decidir qué castigo caería sobre ellos cuando acabasen presos. Si es que alguien vivo podría apresarlos, eso es.

Cuando Anaë-draýl calló, hablo la juez, Shewë, nombrando a los seis miembros de los Secretos, escuchando entre ellos el nombre de Flextus. De hecho, fue el primero que mencionó... era como si el destino quería asegurarse de que no olvidaba lo que tenía que hacer: defender la "inocencia" de Flextus, el cual, aunque comenzó estando en el bando de los secretos, no dudó en traicionarlos por salvar su vida... y acabar preso. Tras eso, la juez dijo que de todos los que lucharon contra los Secretos, solo volvimos con los secretos -¿qué demonios? De hecho, solo volvimos, con o sin secretos- dos. Miré durante un corto instante a Joseph, y luego devolví la mirada a la juez.

Dijo mi nombre y me levanté de mi asiento cuando acabó de hablar, pues quería oír mi testimonio.

Señoría— Comencé, dudando de si llamarla así, o de si llamarla "Señora Archimaga" o cualquier otro nombre. Supongo que la llamaría así por que era la juez de este tribunal.—, tiene usted razón, fui yo quien luchó contra Flextus, el cual poseía el Secreto de la Tierra.

» Podría contaros los innumerables detalles de la lucha, aunque sé que, además de que no serían muy relevantes, tampoco son muy interesantes. Pero sí desearía destacar una cosa de mi, en aquel entonces, contrincante: Se rindió. No quiso luchar más de lo debido, es más, cuando mis compañeros se marcharon se comunicó conmigo mentalmente, y el efecto que me causaron sus palabras en aquel instante fue el de una sorpresa tremenda. Me dijo, en resumidas cuentas, que él no estaba totalmente aliado con los Seis Secretos, y que se hallaba allí por el deseo de salvar a un amigo, pues, otra vez haciendo referencia a sus palabras, compartía los mismos ideales que yo tenía en aquel momento, es decir, devolver el secreto a su lugar de reposo y acabar con aquel conflicto.

» Seré sincero a todos los presentes y a su señoría: en ese momento no estaba seguro de qué pensar, pero decidí darle el voto de confianza y escuchar qué tenía que decirme. Me reveló que estaba ahí por que lo habían extorsionado, que estaba ahí para salvar a un amigo. Bien, pues, no sé si será verdad o no, pero accedí a seguir su estratagema para "engañar" a los secretos, fingiendo así una lucha. El individuo en cuestión acabó rindiéndose, y conseguí lo que buscaba.

Tomé el amuleto que llevaba colgado al cuello, un círculo rodeando un sol radiante hecho en plata. Lo introduje en la ranura correspondiente en el cofre, y lo giré tres veces hacia la derecha, y el cofre se abrió. Lo alcé de manera que todos pudiesen ver su contenido: Tratábase de un orbe verde, no mayor que el ojo de una persona, que desprendía un olor a bosque, a mil y una flores... Tras que todo el mundo pudiese ver y corroborar que era el secreto que había ganado, cerré nuevamente el cofre y guardé la llave-amuleto.

Ahí lo tienen, el Secreto de la Tierra, que me fue entregado por Flextus tras rendirse, siguiendo el plan que había ideado en aquel momento. Tras concluir el duelo y tras que me entregase el secreto, apareció Xerxes y lo tomó preso por su traición. Y, creedme, sé que sus acciones no han sido las correctas en ninguna medida, pero tras los eventos pasados no creo que deba costarle la vida. Su traición hacia los secretos debería ganarle, aunque sea un poco, de perdón.

Estaba bastante seguro de mis palabras, y de haber hecho lo correcto. Dije la verdad y nada más que la verdad, y no me vanaglorié en decir con cuanta valentía luché o de como vencí a Flextus, pues habría sido un engaño, y este no era el momento preciso de mentir. Aunque nunca dejé de estar nervioso, no me permití que se mostrase ningún ápice de nerviosismo en mi voz, dábame igual cuanta gente que podría fulminarme con tan solo desearla me escuchase y evaluase mi testimonio.

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Crescent fon Wolfkrone
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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Jue Mar 21, 2013 7:40 pm

Todas las personas de la sala escucharon el testimonio de Crescent casi sin respirar, prestando atención a todas y a cada una de sus palabras. Más de un archimago se mostró sorprendido ante la historia de Flextus que su oponente había contado y pronto se despertaron las primeras dudas. ¿Estaría siendo sincero? ¿Trataría de encubrir a su enemigo en el duelo porque anteriormente habían sido compañeros de escuela?

Gracias por su intervención, señor Wölfkrone —dijo Shewë cuando terminó de hablar—. Según lo que usted testifica (y corríjame si me equivoco), la participación de Flextus en el caso de los Seis Secretos se debe a un delito de extorsión por parte de dicha organización. Claramente, tomó los medios equivocados y, según su testimonio, podemos afirmar que prefirió salvar la vida de un amigo que rendirle fidelidad a su Diosa.

»No obstante —y tomando por cierto lo que usted, señor Wölfkrone, afirma—, traicionó a los Secretos y eso le valió un secuestro perpetrado por Xerxes Break, líder de la organización, cargo que se le sumaría a los que ya tiene.


Desde la mesa del Concilio, el joven Hernôt no había dejado de mirar a Crescent ni por un segundo. Quien lo hubiera visto en el instante en el que el príncipe del norte hablaba de Flextus, habría advertido incluso que se le humedecían los ojos. Tal vez era él quien más fe tenía en sus palabras.

Joseph Winterose —continuó Shewë—, es su turno. Sabemos que usted llegó a las Tierras Muertas más tarde, acompañado del ejército del Concilio, pero no lo que sucedió una vez que entró en La Muralla. Se batió en duelo contra Raven Darkhole, una prófuga de la justicia por su condición de maga oscura; ¿podría aportar alguna información adicional que fuera relevante para la resolución del caso?

De nuevo, todos esperaron las palabras del siguiente testigo.

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Re: El juicio

Mensaje  Joseph Winterose el Jue Mar 21, 2013 8:25 pm


Irónicamente, a los pocos días de haber salido de la prisión estaba en el mismo lugar en el que habían decidido meterme en ella. No obstante, las cosas se veían desde puntos de vista muy diferentes cuando se está en la mesa del Concilio y no en el banco de los acusados.

Crescent fon Wölfkrone, el actual príncipe de mi tierra, fue el primero en testificar. No sabía si reconocería mi nombre por la tragedia que había causado en su pueblo, pero, sinceramente, prefería que no lo hiciera. Al fin y al cabo, él era tan solo un niño cuando sucedió aquello y dudaba mucho de que, por aquel entonces, le interesaran aquel tipo de cuestiones.

Después, Shewë me indicó que había llegado mi turno y me puse en pie, aunque me mantuve en mi posición. Ahora que la tenía no quería abandonarla.

Exactamente, señoría, mi oponente en el duelo fue Raven Darkhole, maga oscura y miembro de los Secretos —empecé—. Tanto en la batalla como durante el duelo, les comuniqué la postura del Concilio respecto a sus actuaciones, pero hicieron caso omiso de mis palabras. Raven se mostró totalmente convencida de sus ideales y, por ello, deduzco que debe ser uno de los principales apoyos de Xerxes Break.

»Nada más llegar al campo de batalla vi campos de sangre sobre las Tierras Muertas. Cuerpos en el suelo, sin vida. Horrores en el viento, ¡gritos cercenando el aire!
—exclamé, dando mayor énfasis a mis palabras—. Hubo muertos, muchos muertos, y, si algo me ha enseñado esta vida, es que nada es lo suficientemente importante como para cobrarse la vida de cientos de inocentes. Y eso, señoría, eso fue lo que yo vi en las Tierras Muertas...

»El único motivo que desencadenó esta guerra fue el afán de poder de los Seis Secretos. Ellos pretenden quitarnos la magia, desproveernos de la fuerza que hace girar al mundo. Y yo pregunto a todos los aquí presentes..., ¿qué es un mago sin su magia? O mejor dicho, ¿qué es el mundo sin la magia?

»Sus objetivos son crueles y tiranos, casi peores que los de un nigromante. No conozco al hombre del que habla Crescent fon Wölfkrone, pero no creo que un guerrero como él, un príncipe aclamado por su pueblo, sea capaz de mentir en un asunto de tanta importancia como este. No puedo hablar desde el conocimiento, pero sí desde la lógica y yo, que he vivido en mis propias carnes el poder de un mago con un Secreto en sus manos, creo en el testimonio de Su Alteza. Sé que tienen poder y, por eso, creo que el señor Flextus pudo haber sido extorsionado.

»Permítame añadir en su favor, señoría, que los vínculos del amor son incluso más fuertes que la lealtad. Yo no puedo defender a ese hombre, porque no lo conozco ni conozco sus circunstancias, pero pido al menos que se le conceda la oportunidad de defenderse. Si es cierto que ahora ha sido secuestrado por traicionar a quien lo extorsionaba, merece, en mi opinión, ser rescatado y llevado ante el tribunal. Y, con las pruebas presentes y el testimonio del reo, se decidirá su destino.

»Asimismo, siguiendo lo que yo vi, puedo afirmar que Raven Darkhole merece que caiga sobre ella todo el peso de la ley. También sobre Xerxes Break, que es el líder de todo esto. Del resto, ya no puedo decir nada sin temor a equivocarme.

»De la misma manera, considero que nuestra principal preocupación en estos momentos no es solo detenerlos, sino saber qué ha sucedido con el resto de duelistas. Pueden estar muertos, secuestrados... o pueden haberse convertido en traidores. En cualquiera de los casos, eso dice mucho en contra de los Secretos y demuestra la poca consideración que ellos tienen con la magia, con los dioses y hasta con la vida humana. No tengo nada más que añadir, señoría.


Tras un discurso cargado de emoción, me senté y muchos de mis antiguos compañeros me miraron, como reconociendo en mis palabras al hombre que un día fui y que, durante varios años, dejé de ser. Luego me llevé una mano al hombro, donde todavía me dolían las heridas y esperé la siguiente intervención.

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Jue Mar 21, 2013 8:45 pm

Tras los discursos de Crescent y de Joseph, podría decirse que casi todos los presentes creían en la extorsión de Flextus, aunque a los demás, ante la escasez de testimonios, solo podía dárselos por culpables. Entre los miembros del Concilio, mucho más resistentes a la elocuencia de las palabras, aún había diversidad de opiniones, pero, por el momento, todos se mantuvieron en silencio.

Gracias, señor Winterose —dijo Shewë, manteniendo su semblante serio y rígido—. Parece que usted apoya la versión de Crescent fon Wölfkrone y, además, insiste en la culpabilidad de los Seis Secretos. Le diré, asimismo, que la situación ideal sería tener a los seis portadores de los Secretos en el banco de los acusados, pero no tenemos a ninguno. Por lo tanto, nuestro auténtico objetivo es, a todas luces, capturarlos. Lo que puede variar son los cargos impuestos a cada uno de sus miembros. Según extraigo de sus palabras sobre Raven Darkhole (y dada su condición de maga oscura), usted no duda de su condición de culpable.

»La información que se nos ha aportado gira en torno a Flextus y a Raven y, en parte, a Xerxes Break, que, por ser líder, podemos considerarlo el núcleo de toda esta trama. ¿Podría usted, Michelle Swallow, decirnos algo de Iaga, Bast o Andurk, o darnos cualquier otra información relevante? Espero sus palabras, señora Swallow.



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Re: El juicio

Mensaje  Michelle Swallow el Jue Mar 21, 2013 9:41 pm

Era la primera vez que asistía a un juicio y estaba nerviosa. Había más gente de la que esperaba y no conocía prácticamente a nadie, salvo a Cres y a Joseph (y a este último tan solo por su intervención en la batalla).

Cuando me llegó el turno, decidí actuar como habían hecho mis dos compañeros, aunque, como no había participado en los duelos, no podía añadir demasiado.

Bien, yo no puedo decir mucho porque no participé en los duelos. Solo sé que Xehanorth, Maestro de la Torre, entró en La Muralla y aún no ha regresado. Lo único que puedo añadir es que hubo alguien más en la batalla. Un mago oscuro. Me enfrenté a él. Sé que buscaba a Xehanorth, pero no cuáles eran sus intenciones.

»En cuanto a Bast, creo recordar que era el líder de la Guardia del Amanecer, el ejército que defendía La Muralla y contra el que levantamos las armas. Sin embargo, cuando yo llegué no lo vi allí. Supongo que estaba en los duelos.


Me detuve y tomé aire. Si solo Crescent y Joseph habían salido vivos de La Muralla, ¿qué había sido del resto? ¿Estarían muertos? En el caso de Amelia Lackless, no me preocupaba el resultado —de hecho, casi preferiría que no hubiera sobrevivido—, pero había otras personas cuya supervivencia sí me importaba.

Al igual que Joseph, yo vi el escenario de guerra y sí, es cierto que perecieron muchos inocentes, pero ese es el destino de cualquier guerrero y todas las batallas se cobran vidas. Siempre ha sido así —dije y, de pronto, recordé haber tenido esa misma conversación hace mucho tiempo, aunque con otra persona—. Pero si hay algo en lo que estoy de acuerdo es en que, ante todo, debemos saber qué ha sido de los desaparecidos y rescatarlos... o recoger sus cuerpos.

»Eso es lo que sé, señoría
—finalicé, utilizando el trato que le habían dado los otros dos testigos—. Nadie en la Torre conocía el asunto, ni siquiera la Señora de la Torre nos avisó de ello y...

Entonces caí en la cuenta. En la mesa del Concilio, no estaba Narshel. ¿Acaso le habría pasado algo? Miré a la jueza, preocupada, y luego a Crescent, pero nadie dijo nada.

¿Dónde está la Señora de la Torre? —pregunté, al fin, sin importarme si eso estaba dentro o fuera del protocolo—. ¿Acaso no debería estar en este juicio?

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Sáb Mar 23, 2013 12:32 am

La mención de la Señora de la Torre consiguió que muchos de los presentes se percataran de su ausencia. Hubo algún que otro susurro entre los miembros del Concilio, pero no dijeron nada en voz alta.

Eso, señora Swallow, no guarda relación con lo que se le ha preguntado. No es usted nadie para decidir quién debe acudir a un juicio —replicó Shewë—. Gracias por su testimonio —dijo, regresando al tema que los ocupaba—. Ahora, con la información recopilada, pasaremos a elaborar la lista de acusaciones asignadas a cada miembro de los Secretos...

Espere, señoría —la interrumpió Anaë-draýl—. Sé que Iaga, antigua alumna de nuestra prestigiosa escuela, está implicada en este caso. Ella siempre fue una alumna ejemplar y usted lo sabe. A pesar de su condición de humana —varias miradas molestas se clavaron en él, aunque nadie se atrevió a objetar nada—, tenía aptitudes para la magia. La admitimos en el Bosque Dorado. Quiero que eso se tenga en cuenta, porque puede que ella también haya sido víctima de extorsión.

Anaë-draýl todavía recordaba a su alumna humana y no podía creer que hubiera sido capaz de traicionarlo de tal manera. Él le había regalado una flauta mágica muy especial para ayudarla a potenciar sus dones con la magia del aire; por eso, el simple hecho de que la estuviera utilizando para ir en contra de los valores que él mismo le había inculcado lo horrorizaba. Pero, al fin y al cabo, la experiencia le había enseñado que nunca se puede confiar plenamente en una persona.

No la libro de sus culpas —continuó y un silencio sobrecogedor sucedió a las palabras del Presidente del Concilio—, pero los portadores de la túnica roja no pueden ser juzgados de la misma manera que un túnica negra. —Hizo una larga pausa—. Proceda, señoría.

Alice le dirigió una mirada un tanto dolida a Anaë-draýl, pues dos de sus alumnos participaban en la organización. Uno era un mago oscuro; el otro, Xerxes Break, lo que, en aquellos momentos y como había dicho Joseph, era aún peor.

«¿Qué se puede esperar de una humana?», pensó Shewë, que era una de las principales defensoras de la supremacía élfica del Bosque Dorado.

Debemos actuar de forma objetiva —Desde la mesa del Concilio, Rahnag esbozó una sonrisa irónica—, pero tendremos en cuenta sus palabras, «señor del Bosque Dorado» —añadió, con cierto retintín hacia su marido. Luego abrió un grueso volumen que reposaba sobre su mesa y lo hojeó durante unos minutos—. A continuación, pasaré a proponer los cargos que deben pesar sobre cada uno de los fugitivos, de acuerdo al Código Penal de la comunidad mágica y a los principios impuestos por nuestra Diosa.

»Comenzaremos con Flextus, portador del Secreto de la Tierra y Maestro de la Torre. Los cargos de los que se le acusa son: robo del Secreto de la Tierra, colaboración con una entidad criminal y traición a la comunidad mágica, todo esto realizado (presuntamente) por coacción. Propongo para él una orden de busca y captura, respetando su derecho a la vida y la oportunidad de escuchar su testimonio en un nuevo juicio.

»La siguiente acusada es Iaga, portadora del Secreto del Aire. Se le acusa de la desaparición de Sasha, de robo del Secreto del Aire, colaboración con una entidad criminal, traición a la comunidad mágica y fuga. Propongo para ella, ante la ausencia de testimonios o de pruebas que la exculpen y a la espera de conocer el destino de su oponente, cinco años de prisión en el Supplicium.

»Andurk de Ripernak. Los cargos que pesan sobre él son: uso de magia negra, traición a la comunidad mágica, robo del Secreto del Agua, colaboración con una entidad criminal, fuga y colaboración con El Dios. Propongo para él la pena de muerte sin derecho a juicio.


Aquella sentencia fue como un jarro de agua fría para su antigua Maestra, que permanecía seria y callada en su asiento.

Bast —prosiguió—, portador del Secreto del Fuego. Se le acusa de robo del Secreto del Fuego, traición a la comunidad mágica, colaboración con una entidad criminal, liderazgo del ejército enemigo, desaparición de Xehanorth y fuga. Propongo para él una orden de captura y la condena de siete años de prisión en el Supplicium y a la espera de su testimonio y del destino de su oponente.

»Raven Darkhole, portadora del Secreto de la Oscuridad. Se la acusa del uso de magia negra, traición a la comunidad mágica, colaboración con una entidad criminal, colaboración con El Dios, rebelión contra la autoridad y fuga. Dicto para ella la pena de muerte sin derecho a juicio.

»El último acusado es Xerxes Break, portador del Secreto de la Luz. Se le acusa de los siguientes cargos: liderazgo de una organización criminal, perpetración de todos los robos de los Secretos, convocatoria de duelos a muerte con premeditación y alevosía, traición a la comunidad mágica, secuestro de un Maestro, extorsión y coacción, fuga, delitos contra la moral y contra la Diosa y atentados contra el orden y contra la magia. Propongo para él una orden de captura inmediata y condena a muerte en el Laberinto de las Sombras, a la espera de pruebas que agraven o aminoren sus cargos.


Hubo exclamaciones ahogadas por toda la sala. De todas las condenas posibles, la muerte en el Laberinto de las Sombras era la más cruel, normalmente reservada a nigromantes y a los criminales más buscados. Hernôt incluso se cubrió el rostro, asustado, ante la sola mención del Laberinto.

Miembros del Concilio —continuó—. Vuestro turno.

Uno a uno fueron mostrando su acuerdo o su desacuerdo con las condenas impuestas. La mayor parte estuvo de acuerdo con la sentencia de Shewë, salvo Hernôt y Lord Strord, posicionados en ambos extremos. Hernôt decía que todos debían tener la oportunidad de testificar y se oponía a la pena de muerte, mientras que Lord Strord exigía penas aún más duras. Finalmente, se decidió mantener las condenas iniciales.

El debate levantó un pequeño revuelo en el juzgado y el propio Lord Strord fue quien acalló los murmullos, dando la orden de «¡Silencio!».

Las sentencias quedarán, hasta la aparición de nuevas pruebas, tal y como Shewë ha propuesto —dijo Anaë-draýl—. Por lo tanto, nuestra prioridad será localizar a los desaparecidos y dar caza a los fugitivos.

Alice, que durante todo el juicio tan solo había hablado para votar discretamente, tomó la palabra:

Puesto que Joseph Winterose, Michelle Swallow y Crescent fon Wölfkrone conocen de cerca el caso, propongo que participen en las partidas de busca y captura —habló, poniéndose en pie y bajando las escaleras hasta colocarse delante de los testigos—. Habéis probado vuestras habilidades en la lucha y, por ello, sabemos que estáis lo suficientemente cualificados. Podréis contar con la ayuda y protección del Concilio, y os recompensaremos debidamente. —Contempló los cofres con los Secretos y pasó por ambas mesas para tomarlos entre sus manos—. Los Secretos permanecerán bajo el cuidado del Concilio de forma provisional, hasta que las aguas vuelvan a su cauce. Luego, el Secreto de la Tierra será devuelto a su escuela, reforzando, claro está, la seguridad sobre él.

Alice depositó los cofres en la mesa de Anaë-draýl y regresó a la de los testigos, para colocarse frente a Crescent. Su densa melena castaña le caía sobre la túnica dorada en gráciles mechones medio rizados, medio ondulados, y sus ojos permanecían fijos en el guerrero, que seguramente estaba más nervioso de lo que su rostro traslucía.

Usted es el príncipe de Wölfkrone. Como tal, tiene poder y medios para servirnos de utilidad. ¿Estaría dispuesto a participar? ¿Declararía en su reino delincuentes a los imputados en este caso? Tal vez pueda contarnos, señor Wölfkrone, algo sobre la sede de los Secretos en la Muralla y, de la misma manera, es usted el más indicado para efectuar el rescate de Flextus, en el caso de que realmente estuviera secuestrado.

»¿Aceptaría entonces declarar las tierras del Norte como enemigas de los Secretos? ¿Será capaz de volver a enfrentarse a ellos para rescatar al hombre al que defiende y probar la veracidad de sus palabras? ¿Volvería a movilizar a su ejército por la causa?


Le dedicó una mirada imponente, que mezclaba el dolor causado por las muertes y las traiciones de sus alumnos con un destello de ira por la situación que estaba viviendo.

Espero su respuesta, Crescent fon Wölfkrone —concluyó, regresando a su asiento.

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Re: El juicio

Mensaje  Crescent fon Wolfkrone el Sáb Mar 23, 2013 3:43 pm

Cuando fue el turno de Joseph para hablar, me senté en mi respectivo asiento y me quedé en silencio mientras la gente hablaba y hablaba, y los otros dos testigos declaraban: Joseph hablaba sobre su enfrentamiento con Raven Darkhole, y dijo que confiaba en la veracidad de mis palabras, cosa que, tras mi testimonio, agradecía, pues estaba bastante seguro de que había levantado sospechas, a pesar de ser la verdad.

Me alivió saber que, al menos, Flextus tenía una oportunidad de demostrar su... no realmente inocencia, si no que actuó bajo coacción, aunque tampoco estaba muy seguro de cuanto podría su testimonio el rebajar su condena...o de si podría rescatarlo. Esperaba que así fuese, aunque nunca me había adentrado en el interior de la Muralla más allá que de la primera sala, en la cual me enfrenté a Flextus.

La archimaga, señora de la escuela del Lago de la Luna, de nombre Alice, tomó la palabra, hablándonos a los tres testigos, colocándose enfrente de nosotros, de hecho, diciéndonos que proponía que participásemos en las búsquedas y capturas de los diferentes huídos o capturados. Bien, no seré experto en interpretar los mensajes subliminales que encerraban las palabras de la gente, pero estaba bastante seguro de que no nos proponía que lo hiciésemos, sino que casi lo ordenaba, apaciguando este significado oculto con la promesa de ayuda y recompensa.

Alice se pasó por enfrente de mi mesa y tomó el cofre en el que quedaba guardado el secreto, y los colocó sobre la mesa de Anaë-draýl, y pude sentir que un peso, al menos, se me quitaba de encima: Ya no tenía que estar ojo avizor sobre qué le pasaba al secreto. El amuleto seguía teniéndolo yo, pero estaba bastante seguro de que unos magos tan poderosos podrían abrir el cofre sin él, aunque les daría la llave en el caso de que la pidiesen.

Clavó su mirada sobre mi, y le devolví la mirada. ¿Qué era esto, un duelo de miradas? Cuando habló ella, supe instantáneamente que me hablaba a mi, por lo que estuve atento a sus palabras.

Me hizo una serie de preguntas, todas causadas por mi rango de príncipe y mi poder militar. ¿Estaría dispuesto a participar en la causa del concilio? Sí. ¿Estaría dispuesto a nombrar a los miembros de los secretos como criminales en mi reino? Sin dudarlo. ¿Declararía a mi reino como enemigo de la organización? Obviamente. ¿Movilizaría mi ejército en su contra? Por la diosa, sí.

No espere mas mi respuesta, señora, pues decidí todo en el instante en el que acabó de hablar.— Dije, alzándome de mi asiento y mirando a Alice. Estaba bastante más tranquilo que la primera vez que hablé, pues tuve tiempo a tranquilizarme y darme cuenta de que no iban a vaporizarme si les decía algo que no les gustase.— Sí, estoy dispuesto a participar en esta causa. Sí, declararía delincuentes a los Secretos en los territorios de mi reino, incluso Enemigos de la Corona, si fuese necesario. Sí, aceptaría declarar a las tierras del norte como enemigas de la organización y de toda persona o persona, ciudad o país o reino que les diese amparo.— Paseé mi mirada por la sala, posándola sobre cada miembro del Concilio -y reconozco que me sentía un poco intimidado por cada uno de ellos- , pero la devolví tras eso a Alice, pues ella me hizo la pregunta.— Sí, estoy dispuesto a volver a enfrentarme a ellos para demostrar que soy un hombre de honor, y que mis palabras son verdaderas.

» Y sí, estoy dispuesto a movilizar nuevamente a mi ejército por la causa, y lo haré dos, tres veces si fuese necesario.

» Bien, pues... Sobre la Muralla no hay gran material escrito, pero sí he conseguido algo de información en los días pasados, consultando libros y códices y pergaminos en los Archivos Reales de Wölfkrone. La muralla en si misma no debería ser realmente el centro de atención, pero revelaré todo lo que sé sobre ella: no es solo piedra y mortero y piedra. Entre las rocas heladas hay entrelazados hechizos antiguos, de los que ya nadie conjura. Quizá eso contribuyese al hecho de que, aunque estuviese en un clima tan frío y devastador como el de las Tierras Muertas, la muralla siga en pie tan resistente como el día mismo en el que la alzaron.

» Pero lo que es realmente interesante es lo que protege esa muralla. Quizá hayáis oído hablar sobre el asunto, quizá no, pero existió tiempo atrás una quinta escuela de magia consagrada a la Diosa. Se llamaba la Escuela de la Llanura Helada, coloquialmente conocida como Escuela de la Luz. No creo que sea necesario concretar a qué elemento estaba consagrada, por lo que seguiré hablando sobre ella. Bien, pues, esta escuela tenía la peculiaridad de que también era una fortaleza, y que la gente que se entrenaba allí en las artes de la lucha eran declarados miembros de la Guardia del Amanecer, aunque realmente el título le correspondía a aquellos que se quedaron en la fortaleza. — Ahora ya dirigí mi mirada a Shewë, pues creía que era conveniente el hacerlo, pese a que fue Alice quien me "invitó" a decir lo que sabía sobre la escuela.— La misma guardia que los Seis Secretos pretendieron revivir, y de la que pusieron a Bast a cargo. Sobre por qué la escuela fue abandonada no hay nada escrito. Parece que simplemente un día se desvaneció toda persona que ahí había.

» Sin embargo, como era de esperar, el lugar fue mancillado por magias oscuras. ¿Cómo, si no, podrían haber conseguido un ejército tan numeroso como el que tenían? La nigromancia en aquel lugar fue usada y abusada, pues ante mis tropas— Me sentí un poco tentado a decir «y las de la Reina Egoísta» pero supe que era mejor no hacerlo.— apareció un ejército de no-muertos y esqueletos y bestias nigrománticas, sin duda mejoradas gracias al uso de los secretos.

» Pero me es difícil decir más de lo que leí en los libros, pues mi estancia en ese lugar fue corta, y no dediqué mi tiempo a admirar las vistas, precisamente.

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Sáb Mar 23, 2013 7:43 pm

La existencia de la Escuela de la Llanura Helada no era una sorpresa para los miembros más antiguos del Concilio, como Shewë o Anaë-draýl. Sin embargo, apenas se le había dado importancia en la comunidad mágica desde hace mil años, más allá de la que le correspondía como un episodio perdido en la amplia historia del mundo. Por eso, Hernôt y Aliwen, sobre todo el primero, levantaron la mirada, interesados, cuando Crescent lo mencionó.

Está usted bien informado —comentó el señor del Bosque Dorado—. La Escuela de la Llanura Helada lleva más de mil años en ruinas —añadió, para no darle falsas esperanzas al joven Hernôt—, pero no teníamos constancia de que aún latiera magia en ella. Espero que no le importe concederle al Concilio la libre entrada en los Archivos Reales de Wölfkrone.

Le agradecemos que se muestre leal con el Concilio —se sumó Alice, ya que Anaë-draýl no parecía tener intención de mostrar su agradecimiento—. Solo esperamos poder recompensarlo como se merece.

»Joseph y Michelle, ¿estaríais vosotros dispuestos a participar?
—Ambos asintieron; él por conveniencia y ella porque quería rescatar a su amigo—. Entonces mañana a primera hora comenzaremos a organizar las partidas. Contamos con vuestra asistencia.

De nuevo, se alzó el silencio tras las palabras de Alice. Shewë paseó su mirada por la sala con una sonrisa complacida; llevaba mucho tiempo sin imponer penas de muerte y lo había echado mucho de menos.

Bien, dicho esto, podemos dar por acabada la parte de este juicio que corresponde a los integrantes de los Seis Secretos. —Sus palabras hicieron creer a muchos de los presentes que el juicio había llegado a su fin, pero pronto la Jueza despejó las dudas—: A continuación, pido la entrada de Narshel Letswick, Señora de la Torre y archimaga del Concilio.

Al fondo de la sala, cerca de la mesa de los tres altos cargos, había una puerta pequeña, del color de la pared, que pasaba totalmente inadvertida hasta que era abierta. Era la puerta que solían utilizar para conducir a los prisioneros hasta el juzgado y se abrió para recibir a Narshel.

La archimaga iba custodiada por un grupo de cinco soldados que la condujeron hasta el banco de los acusados. Llevaba cadenas en las manos y tenía el rostro pálido, muy serio, y la melena negra suelta sobre la espalda. No presentaba buen aspecto.

Dentro del juzgado, solo los archimagos podían tener una ligera idea de lo que estaba sucediendo. El resto de los presentes no entendía nada de lo que estaba pasando, especialmente Michelle, que jamás se habría imaginado al preguntar por su Maestra que la vería tan pronto y en el banco de los acusados, en un juicio que poco o nada tenía que ver con ella.

«¿Qué está pasando aquí?», era la pregunta que resonaba, silente, en todas las cabezas de la sala.

Narshel Letswick —la nombró Anaë-draýl, con un gesto que denotaba reprobación. Luego procedió a dar las explicaciones pertinentes—: Muchos os preguntaréis qué hace esta mujer aquí. Una archimaga del Concilio... en el banco de los acusados —repuso con desprecio—.

»Como ya parece ser una costumbre humana —miró a Joseph—, la Señora de la Torre ha sido acusada de delitos contra la ley. Por favor, Shewë... —dijo, dándole la palabra a la Jueza.

Según las declaraciones que nos han llegado, se la acusa de haber eludido su responsabilidades como Señora de Escuela y archimaga en el caso de los Seis Secretos, como cualquiera puede comprobar. No obstante, su absentismo ni siquiera sería considerado un cargo realmente penal de no ser por las circunstancias en la que usted se encuentra.

»Procederé, entonces, a enunciar sus cargos. Se la acusa de haber utilizado magia prohibida con fines exclusivamente personales, utilizando para ello aprendices de su propia escuela como cobayas en sus experimentos. Hemos contabilizado, a la espera de nuevas pruebas, un herido y un muerto. Según las informaciones que nos llegan, además, usted habría mantenido relaciones sentimentales con varios magos oscuros a lo largo de sus años en la presidencia de la Torre, lo que agrava su responsabilidad. Asimismo, se la acusa de coaccionar a sus alumnos para encubrir sus actos y de repetidas amenazas.

»¿Cómo se declara de estos cargos?


Todo el mundo se quedó atónito al escuchar aquellas palabras. Incluso Narshel, la propia acusada, abrió los ojos de par en par, incrédula.

En silencio, cuando todas las miradas estaban puestas en la Señora de la Torre, un soldado condujo a dos jóvenes cabizbajos hacia la mesa de los testigos. Por petición expresa de los propios testigos, ocuparon el extremo contrario a Crescent y Michelle, todo lo lejos que podían estar.

Sin embargo, casi nadie se percató de su presencia, pues todo el mundo estaba esperando la declaración de Narshel.

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Re: El juicio

Mensaje  Narshel el Dom Mar 24, 2013 12:43 pm

Llevaba tantos días encerrada en el Concilio que había perdido la cuenta de los mismos. Todos los días, todas las horas y todos los minutos eran iguales entre las paredes de mi celda. No sabía por qué estaba allí, solo que me habían acusado de un delito. Nadie me había dicho nada... hasta que me llevaron al banco de los acusados.

Allí estaban todos los archimagos del Concilio, los miembros más importantes de la comunidad mágica e incluso dos alumnos míos: Crescent y Michelle. También estaba Joseph Winterose, al que habían liberado pocos días atrás, según las pocas informaciones que había alcanzado a escuchar.

«No tengo nada qué temer. Yo no he hecho nada», me repetía una y otra vez. Pero, aún así, estaba nerviosa y me sentía avergonzada, porque no sabía lo que pensarían todos aquellos magos de mí.

Entonces, Shewë habló. Me descubrió, uno a uno, los crímenes que yo había cometido, aunque no tenía constancia de ninguno. Abrí los ojos de par en par ante las barbaridades que escucharon mis oídos.

¡Inocente, señoría! ¡Por supuesto que me declaro inocente! —exclamé, exasperada—. ¿De dónde sacáis esas acusaciones? Jamás utilizaría a mis aprendices para hacer experimentos o cualquier cosa que se le parezca y... ¡Oh, por la Diosa! ¡Jamás permitiría la muerte de ninguno de ellos!

Las manos me temblaban y retorcí varias veces las muñecas dentro de las cadenas, pero no podía librarme de ellas.

No podéis acusarme de cosas tan terribles como estas y, de ser cierto algo de lo que usted dice, demuéstrelo. Demuestre que soy culpable y busque pruebas que me inculpen.

El corazón me latía muy rápido dentro del pecho y gotas de sudor frío me caían por la cara. Riak, Amelia o cualquier otro mago oscuro tenía que ser el responsable de todo aquello. Y Haku... ¿Y si él había utilizado nuestro romance para inculparme? No, no podía ser. Aquello tenía que ser cosa de Riak. Solo de Riak.

¿Quién os ha proporcionado una información tan descabellada? Esto no tiene ni pies ni cabeza, no...

Desvié la mirada hacia la mesa de los testigos y descubrí allí a William y a Caroline, que acababan de tomar asiento. ¿Tendrían ellos algo que ver? ¿Hablarían en mi favor o en mi contra? Sabía que William había tenido más de un desencuentro con Crescent, que alguna vez había utilizado magia negra..., pero a mí siempre me había respetado como Maestra. Hasta aquel momento.

Esta es la mayor barbaridad que he escuchado en mi vida... —susurré, agachando la cabeza.

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Dom Mar 24, 2013 12:56 pm

Las palabras de Narshel traslucían su desesperación. Nadie se esperaba que la Señora de la Torre fuera capaz de hacer cosas como aquellas, pero las traiciones eran tan frecuentes en la comunidad mágica que tampoco podían exculparla solamente por su expediente impecable.

Señora Letswick, comprenderá que no podamos revelarle la procedencia de nuestras fuentes salvo que las personas que nos informaron lo declaren por voluntad propia —la advirtió Shewë—. Usted se declara inocente de sus cargos. Espero que sea consciente de que la negación de las culpas es un agravante de la condena. —Hubo murmullos y algunas voces exaltadas, pero Lord Strord impuso orden en la sala y también lo hizo la jueza—: ¡Silencio en la sala! Quien quiera manifestar su opinión, que espere su turno.

»William Erik Arkwright y Caroline Gallagher. Vosotros os habéis declarado testigos de los hechos. Nos gustaría escuchar vuestros testimonios, por favor.


Narshel clavó su mirada en ellos, desconcertada.

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Re: El juicio

Mensaje  Caroline Gallagher el Dom Mar 24, 2013 1:13 pm

Si ya estaba nerviosa por el simple hecho de visitar un juzgado, más crecieron mis nervios cuando vi a Michelle Swallow en la otra punta de la mesa de los testigos. William había hecho bien pidiendo que nos colocaran relativamente lejos de ellos. Sabía que aquella maldita loba no dudaría en hundirme si tenía ocasión; de Crescent, que también era —o iba a ser— mi Maestro de lucha en la Torre, no podía decir nada, pues apenas lo conocía. No obstante, sí sabía que William no lo tenía en mucha estima y, por las miradas que se lanzaban, pude adivinar fácilmente que el sentimiento era mutuo.

Cuando la jueza nos pidió que testificáramos, William se mantuvo en silencio. Supuse que esperaba a que yo pronunciara la primera palabra. Sabía muy bien cuál era el papel que iba a interpretar y, por fortuna, mis años de mentiras en la corte me habían convertido en una actriz aceptable.

Yo... Yo soy una de las aprendizas de Narshel —comencé, con una voz trémula y asustada. Mi cuerpo de apariencia lánguida y las ojeras que en aquel momento remarcaban mis ojos, ayudaron a conferirme el aspecto de víctima que necesitaba—. Sufrí en mis propias carnes los experimentos de la Maestra. No sé cuánto tiempo llevará practicando este tipo de atrocidades o cuántas vidas habrá destrozado ya. No lo sé. Es una mujer poderosa y pocos nos habríamos atrevido a presentar una denuncia.

»Señoría, yo estoy aquí porque tengo miedo. Tengo mucho miedo.
—Las lágrimas bañaron mi rostro y me temblaron los labios—. La Maestra hacía... La Maestra pretendía resucitar a alguien. Su amante. Una vez la escuché hablar con él. —Cerré los ojos y me llevé las manos a las sienes, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo por recordar, aunque realmente solo necesitaba un poco de tiempo para hilar la mentira—. Era un joven rubio, de ojos azules. Un mago oscuro. Escuché que quería matarlo, depurar su cuerpo de cualquier resto de magia negra y resucitarlo. Luego... —miré a Narshel, fingiendo terror al verla—. Luego pretendía capturar esa magia e incrementarla, no sé cómo. Utilizarla... a escondidas del Concilio para... No sé exactamente para qué...

»Eso es lo que la escuché decir, señoría. Ponía en práctica sus experimentos en el sótano de la Torre, que casi siempre permanece cerrado (y ahora entiendo por qué). Un día me condujo hasta allí, pidiéndome que la ayudara a llevar unos libros a la biblioteca... y me encerró. Me quedé inconsciente y, cuando desperté, tenía heridas por todo el cuerpo. Eran heridas extrañas, oscuras.

»Señoría, ella... Ella me obligó a callar. Fui torturada y...
—Enterré el rostro entre las manos y caí sobre la silla—. No..., no quiero recordarlo... Ya apenas tengo fuerzas para nada...

Fingí un mareo y me sostuve apoyando los brazos en la mesa. Había cuidado todos los detalles para dar la impresión de mujer destrozada. Respiré entrecortadamente y Lord Strord se acercó a mí para pedirme que me tranquilizara. «No se preocupe, señora Gallagher. Aquí está a salvo, nadie va a tocarle un solo cabello, ¿entendido?», me dijo, conciliador.

Gracias, señor —susurré. Luego le dirigí a William una mirada apremiante, deseando que tomara el hilo de la declaración antes de que me quedara sin nada que inventar.

Un par de guardas se acercaron a mí y me ofrecieron un vaso de agua, mientras el Carcelero regresaba a la mesa del Concilio.

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Re: El juicio

Mensaje  William el Dom Mar 24, 2013 1:57 pm


Entré en el juzgado, cabizbajo y con los ojos fijos en el suelo, procurando no mirar a nadie. Aquella tarde-noche podían suceder muchas cosas y me aterraba enfrentarme a los doce archimagos más poderosos del mundo... y a mi propia Maestra. Yo no quería hacerle daño a ella.

Me senté en la mesa de los testigos y mis ojos repararon en Crescent fon Wölfkrone. Otra vez, volvía a cruzarse en mi camino. Le dirigí una mirada fulminante cargada de odio, de dolor, de rabia y, también, de cierta vergüenza. Vergüenza por la noche en la que me había descubierto rendido a mis intenciones más deplorables, con ella en mis brazos, esclava de mi voluntad y de mis errores. Pero sí, también había rabia, mucha rabia porque él nunca había intentado comprenderme, porque no dudaría en matarme si tenía la ocasión y, ¡maldita sea!, porque no podía soportar que siempre buscara la forma de pisotearme.

Aparté la mirada de él y me concentré en el juicio, pues pronto me llegaría el turno de testificar. Mejor dicho le llegaría el turno de testificar.

Riak estaba allí, en mi mente, cada vez más cerca. Podía notar su presencia apropiándose de cada rincón de mi ser y acallando mis pensamientos. Superponiéndose a mi voluntad. Adueñándose de mis gestos y de mis palabras.

Testificaré yo, señoría, si me lo permite, ya que Caroline se encuentra indispuesta —habló mi voz, aunque no era yo quien tejía las palabras.

El nigromante y yo nos sumergimos entonces en una batalla de conciencias, pero él tenía todo a su favor. Estaba desesperado. No podía controlar lo que decía y tenía miedo de lo que eso podía significar. Sentí entonces lo mismo que yo le había hecho sentir a Cathy y entendí que me odiara y comprendí su dolor, porque aquella era una de las sensaciones más angustiosas que había sentido nunca. «¡Lárgate, Riak, lárgate...!», pensaba, pero el nigromante silenció todos mis pensamientos. Se había saltado todas las normas que prohibían el uso de magia dentro del juzgado y lo había hecho de forma tan magistral que ninguno de los presentes era capaz de notar un solo atisbo de magia.

Descubrí los planes de Narshel hace algunos meses. Doy fe de que las palabras de Caroline son ciertas porque ella misma, la Maestra, me lo confirmó. Su intención era manipular el cuerpo de su amante para borrar los indicios de magia negra y poder recogerlo en la Torre sin mayores problemas. Pero el verdadero centro de la cuestión es lo que ella pretendía hacer con la magia negra que extrayera...

»Quería poder. Quiere poder. Utilizar magia prohibida sin que nadie pueda juzgarla, sin cambiarse de bando. Engañarnos a todos...
—Riak manipulaba todas mis palabras y les daba la entonación adecuada, demostrándome que sabía manejar los hechizos de control mental mucho mejor que yo—. En cierto grado, yo colaboré con ella. Me obligó a hacerlo. No quería, pero... —Mi semblante se tiñó de tristeza y frustración—. No tuve más remedio, señoría. Yo la ayudé a preparar los instrumentos de tortura.

»Sí, escribí círculos de runas que ningún mago consagrado debería hacer. Lo preparamos todo en el sótano para aprovechar el frío y la oscuridad. Sanguinarium, Terwüm Caeris, compuestos de hergênsko y flor de cicuta... son algunas de las magias y pócimas prohibidas que utilizó.
—El nigromante comenzó a usar tecnicismos de magia prohibida que yo ni siquiera conocía, por lo que no podía entender lo que mi voz contaba. Solo sabía, por los gestos que hicieron los archimagos al escuchar aquello, que eran conjuros terribles—. No sé ni siquiera qué hechizos serán esos; solo me limité a aceptar órdenes..., pero sabía que lo que estaba haciendo no era nada bueno, aunque fuera mi Maestra quien me instara a hacerlo.

»Yo, señoría, también tenía miedo. Miedo de hablar. Sin embargo, mi conciencia me impedía dormir por las noches si no denunciaba estos hechos. Y entonces... llegó el día.
—Me callé. Agaché la cabeza y apoyé las manos en la mesa. Me levanté de la silla y luego miré a todos los miembros del Concilio con un gesto de desolación. Todos, incluso yo, esperamos lo que iba a decir a continuación—. Narshel necesitaba un cadáver. Yo se lo proporcioné...

Noté entonces una lágrima resbalar por mi mejilla. ¿Qué pretendía hacer Riak? Si era lo que imaginaba..., ¡no, por la Diosa, no podía ser capaz de...!

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Re: El juicio

Mensaje  Crescent fon Wolfkrone el Dom Mar 24, 2013 8:48 pm

Decir que casi me muero de la sorpresa sería decir poco.

Vi salir a Narshel por una puertecita semioculta, escortada por unos cuantos guardias del Concilio. Su rostro estaba algo desmejorado y no parecía ser la maestra que tuve hace unos años, que me vio crecer y desarrollar mi habilidad en las artes de la magia. No podría ser ella.

Pero lo era, lo que temía se cumplió. "Narshel Letswick", oí decir a Shewë, y en ese momento el débil respeto que sentía por ella se desvaneció y dio paso a un odio desmesurado, que ojalá podría contener y todo lo negativo que quería decirle quedase oculto en mi mente, inquebrantable ahora que nadie podía usar la magia. ¿Realmente iba alguien a leérmela y arriesgarse a perder su rango en el Concilio?

Pero lo peor estuvo aún por llegar.

Al verle entrar sentí deseos de gritar mil y una obscenidades, a saltar de mi asiento y volverme licántropo y clavar mis comillos nuevamente en su garganta y... bueno, es obvio que le deseaba muerto. William. Tenía que ser William. Quizá Michelle pudo ver como temblaba mi párpado inferior, y como suspiré para no lanzarme en ese instante para acabar con todo esto, pese a poder ser exiliado de la comunidad mágica. «Tranquilízate, Cres, tú di solo la verdad y todo volverá a la normalidad.» Me dije a mi mismo, pero era una mentira.

Entrelacé mis dedos mientras escuchaba los testimonios de los testigos, William y la mujer que lo acompañaba. Prometí... no, es más, juré no usar ningún arma o magia durante mi estancia en la sala, aunque nunca mis límites fueron puestos tan al límite.

Se echó la mujer a llorar y William prosiguió su testimonio, alegando que Narshel le obligó a hacer cosas malas y más malas aún, ayudarla con sus planes y preparar instrumentos y venenos y pócimas y todas esas cosas impías. «No, ya está. Hasta aquí hemos llegado. De esta sala o saldrá Narshel libre de acusaciones o me llevaré a William al Otro Lado con mis propias manos. No necesito armas y lo demostraré...» Dije en mi mente, y harto de esta tomadura de pelo.

Cuando se acabaron los testimonios, reinó el silencio durante unos instantes, que pronto evolucionó a ser murmullos y más murmullos y más murmullos aún. Cerré los ojos, y volví a abrirlos, con el ceño fruncido. Golpeé la mesa que estaba enfrente de mi con el puño cubierto con el guantelete de metal nórdico, y el sonido que provocó fue entre una mezcla de muebles rompiéndose, aunque la mesa estaba perfectamente, y quizá un rayo golpeando tierra y nada más.

¡¿Qué es esta locura?!— Pregunté mientras me alzaba de mi asiento— ¡¿Qué está pasando aquí?! ¡¿Es que están todos locos?!— Miré la sala, obviamente clavando una mirada sobre William. Si las miradas pudiesen matar, la mía seguramente habría matado a William en esta vida y la siguiente. Miré al dúo élfico, quitando el factor asesino, y dejando solo el enfado, la ofensa...— Tú.— Miré a William de nuevo, encolerizado.— ¡Tú! ¿Cómo te atreves a poner un pie aquí, después de todo lo malo que has hecho por tu cuenta y para tu beneficio?.— Devolví mi mirada a Shewë, frunciendo suavemente el ceño.— Señoría, sobre la mujer que acompaña a William no sé nada, pero sí sé muchas cosas sobre él, y otras tantas sobre Narshel.

» En primer lugar, hablaré sobre la Señora de La Torre. Muchos de ustedes quizá la conozcan desde mucho antes que yo,pero lo que puedo aseguraros es que la conozco mejor que muchos de ustedes. Ella no haría algo así, y os lo puedo asegurar, pues esta mujer casi se puede decir que me crió, aunque evitaré dejar que todo esto me nuble la visión y hablaré de hechos y pruebas. Reconozcámoslo, nadie salvo la Diosa en los cielos es perfecto— «Y sorprendentemente tú no eres una excepción, "querida" Shewë»—, pero Narshel nunca haría eso. Todos estos años se ha esforzado en ser la mejor maestra para sus alumnos, ser como una madre para los mismos, y nunca, en ningún momento, demostró un comportamiento similar al descrito por esos dos individuos.— Dirigí mi mirada hacia Narshel, sabiendo que todo era una farsa. Siempre era una farsa cuando Will estaba incluido.— Ha dado cobijo a gente desesperada, ha protegido a sus alumnos de todos los males posibles, y aún así se la acusa de tales crímenes...— Simplemente no podría creérmelo por mucho que lo pensase y lo volviese a pensar. ¿Narshel, haciendo tales cosas? No, imposible— Pero no debería de sorprenderme, tras tener que pararle los pies a Will para evitar que cometiera males que solo le beneficiarían a él y perjudicarían a todos.— «Pero, ¡adelante, no me creáis! En este lugar la maldita credibilidad se perdió en el momento que esos dos villanos, esos truhanes se adentraron en la sala.»—

» Oh, pero no temáis, pues de William, aquí presente, también tengo palabras. William, William, William... en ti no se puede confiar, ¿no es así?— Pregunté mientras mi mirada revoloteaba entre triste y cansada hasta mirar a William. Sacudí la cabeza y volvió mi mirada seria, enfadada y ofendida, pero seria.— De una de esas ocasiones os desearía hablar, señores del Concilio, una de esas ocasiones en las que tuve que pararle los pies a este individuo. No os abrumaré con detalles, pero la noche en la que ocurrió lo que os voy a relatar se me apareció la Diosa en toda su sabiduría -pues bien es sabido que soy uno de sus guerreros- y me informó que una de mis compañeras, Catherine— Clavé mis ojos sanguinolentos en William. «¿Sigues acordándote de esa noche? ¿Temes, acaso, que en el día menos esperado aquel licántropo vuelva para acabar lo inacabado?» Quise haberle dicho, pero las reglas eran estrictas: nada de magia en la sala; por lo que todo eso quedó como un pensamiento en mi cabeza.—, había sido tomada rehén. Creo que es evidente quién fue el culpable, pues bien hablo sobre él. La cosa es que llegué aquella isla, y me adentré en la única cueva que había. ¿Qué me encontré en ella? Me encontré a Catherine y a William. La primera estaba obviamente bajo un hechizo de control mental: si la conocieran, se sabría que no era ella... además de que su comportamiento y el rastro de magia que había en ella lo delataba. Y antes de que salte alguien, no, no había instrumentos de tortura ni había cosas diseñadas para torturar y experimentar. Todo eran colchones, mesas y licores. Es obvio lo que pretendía hacer.

» William, por su parte, portaba en su mano un artefacto de lo más singular: El Ars Goetia, nada más y nada menos, que pertenenecía a la Reina Egoísta— Daba énfasis a estos términos para ahogarlo más en la culpa.—, que no dudó en usarlo en nuestro posterior encuentro. — Me crucé de brazos, mirando otra vez a la sala, y volviendo a mirar a Shewë, aquella elfa que hacía de jueza.— Usó magia oscura contra mi, pues conjuró un hechizo que hizo que mis carnes se rompiesen y se cortasen por toda su extensión, provocando un dolor espantoso. Aún así, lo superé, y, obviando detalles sangrientos y bélicos, acabé venciéndolo, pero tanto Catherine como el Ars fueron tomados por la Reina Egoísta... pero eso ya es otra historia que no tiene nada que ver con los asuntos de lo que hablo.

» ¿Cuales son mis pruebas, queréis saber? Podría perfectamente presentaros tres: En primer lugar, están mis recuerdos. Os dejaría perfectamente sondearlos y revivir aquella noche tal y como pasó sin trampas ni cartón. Pero en esta sala está prohibida la magia, por lo que usar un hechizo similar sería romper las reglas...— «¿No es así, señor Anaë-draýl? ¿No es romper las reglas el influenciar a su señora esposa para que reduzca la condena sobre su alumna favorita en un juicio de tal calibre? Despreciable, nada más.»— En segundo lugar, podría presentaros las sinuosas cicatrices que ese hechizo causó en mis carnes. Como podríais ver, dibujan curiosos diseños, nada similares a las cicatrices que haría un arma normal y corriente, sino que son cicatrices que solo las artes negras causarían. Y, en tercer lugar, no olvidéis que yo soy un Guerrero Exaltado: Si he llegado a ser lo que soy ha sido a base de sufrimiento y lealtad imperturbable para la Diosa. Conjurar su nombre en vano, o decir una mentira ocultándola con su nombre es la peor de las cosas que podría hacer... Y si en esto último he mentido, que Ella baje de los cielos y me quite la vida en este momento

» Por esos motivos, ¡Acuso a William Arkwright! ¡Lo acuso de empleo de magias negras para sus propios fines, alejándonos de su acusación a Narshel de usarlo para sus "pecaminosos planes"! ¡Lo acuso de tratar con nigromantes para conseguir poder para cumplir los planes que él tenía! ¡Lo acuso de dar un testimonio equívoco y falso para perjudicar a otra persona! ¡Lo acuso de romper la primera regla de cualquier escuela de magia, pues ningún alumno habría de rebelarse de tal manera contra un tan buen maestro de tal manera!

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Crescent fon Wolfkrone
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Re: El juicio

Mensaje  Michelle Swallow el Lun Mar 25, 2013 5:32 pm

Creía que el juicio había terminado cuando, entonces, Narshel apareció en la sala, contestando con su presencia a mi pregunta anterior. «¿Qué diablos...?», pensé al verla sentada en el banco de los acusados, con un aspecto lamentable. Pero, si aquello ya era sorprendente, todavía no había visto nada.

Aquella jueza empezó a soltar barbaridades una tras otra y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano por no saltar sobre ella cuando escuché las atrocidades de las que acusaban a mi Maestra. ¡A mi Maestra! ¿A qué retorcida cabeza podría ocurrírsele una cosa como aquella...?

La entrada de William y Caroline en la sala bastó para aclarar mis dudas. William y Caroline, Caroline y William. Dos perros hechos de la misma materia. Miré a Crescent y supe de inmediato que él sentía la misma impotencia que yo al ver a aquellos criminales allí sentados, testificando en contra de Narshel como si fuera la peor criminal del mundo. Empecé a mover el pie y a retorcerme el pelo mientras, dentro de mí, la ira empezaba a arder como si tuviera un volcán en erupción dentro del pecho.

Quise hablar cuando aquellos dos terminaron de llenarse la boca de mentiras, quise acallar con un grito los murmullos del juzgado, murmullos de gente que se creía las lágrimas de Caroline o las afligidas palabras de William. Las lágrimas de una asesina y las palabras de un traidor. Eso era lo único que yo podía ver.

Quise hablar, pero Crescent, que estaba tanto o más furioso que yo, se me adelantó dando un fuerte golpe en la mesa y sacando a relucir todas las verdades sobre William. Todas. Relató el episodio con Cathy y sus acercamientos a la magia negra y lo acusó de traición. La furia se adivinaba en sus palabras, que eran como estacas de acero, duras y afiladas.

Asentí ante cada cosa que decía y, cuando puso punto y final a sus argumentos a voz en grito y con el odio en el corazón (y en la garganta), el volcán que llevaba dentro estalló en una lava de palabras. Me puse en pie de un salto y me sumé a las palabras de mi amigo:

¡Doy fe, doy fe de todo lo que ha dicho Crescent! —exclamé, como (nunca mejor dicho) una guerrera exaltada—. ¡Maldita sea, estáis escuchando el testimonio de dos criminales! ¡DOS MALDITOS CRIMINALES! Ni siquiera deberían tener entrada a un sitio como este...

»De William puedo asegurar al cien por cien que ha hecho todo lo que Crescent os ha contado. Conozco a Catherine, a su víctima
—dije, lanzándole una mirada de odio—, y me consta lo que ella ha pasado por su culpa. ¡No pueden tomarse en cuenta las palabras de este hombre! ¡Si hace esto contra su Maestra..., si es capaz de acusarla de eso, estoy segura de que es porque pretende sacar provecho! —Apreté los puños, enfadada—. ¡No creí que fueras capaz de caer más bajo de lo que ya habías caído, hijo de...! —Recordé que estaba en el Concilio y me mordí la lengua antes de soltar cualquier palabra inadecuada—. ¡No podéis creerlo! ¡Conocéis a Narshel, no podéis creer en él...!

Luego mis ojos se clavaron en Caroline. A ella la conocía bien, tal vez mejor que a William, porque tenía la desgracia de haber compartido bastante tiempo con ella en el pasado. Y mi mirada le reclamó, en silencio, todas las cosas que había hecho, todo el mal que nos había causado.

Y ella... Ella es una asesina —dije, señalándola—. Esa mujer fue capaz de matar a su marido por interés, ¡es una licántropa que ha sido capaz de arrasar con cientos de vidas aun controlando sus cambios! ¡¿Creéis que no se vería tentada por las artes oscuras?! Maldita sea, ¡esa es capaz de vender a su propia madre con tal de conseguir lo que desea!

Si comparábamos lo que yo sabía de Carol con lo que había dicho de ella, apenas les había ofrecido un entrante de su historial. Las verdaderas penas, las razones que me habían llevado a odiarla durante todos esos años tenían que ver con otras cosas. Cosas que prefería callarme, porque, pese al tiempo transcurrido, seguían haciéndome daño y no quería romper el pacto de silencio que había hecho conmigo misma sobre aquel tema.

En el juzgado, todos siguieron murmurando. Yo me quedé de pie, temblando de ira junto a Crescent y deseando que el Concilio fuera lo suficientemente razonable como para tener en cuenta nuestras palabras y la fiabilidad de los testigos que tenían. Pero la actitud de aquellos archimagos me estaba decepcionando, especialmente la de Shewë y la de An..., la del señor del Bosque Dorado. No me había pasado desapercibida la forma en que trataban a los humanos.

¡Pongo la mano en el fuego por la Señora de la Torre porque siempre ha sido una maestra ejemplar! ¡Pongo la mano en el fuego por ella! —grité.

«Y porque es la archimaga más razonable que parece haber aquí», pensé en decir, pero me callé a tiempo.

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Lun Mar 25, 2013 6:11 pm

El caos reinó en la sala cuando William y Caroline ofrecieron su testimonio. Sin pedir la palabra, Crescent y Michelle, en el otro extremo de la mesa, acusaron a los dos testigos de mentir deliberadamente y de haber cometido numerosos actos que violaban las reglas del Concilio. Hablaban con tal rabia y exaltación que nadie intentó interrumpirlos, aunque Shewë se veía visiblemente molesta porque ninguno de los dos había esperado a que ella les diera la palabra.

Si queréis hablar, pedid el turno —dijo la jueza cuando Michelle pronunció la última palabra—. ¡Estamos en el Juzgado del Concilio, no en la verdulería de vuestro barrio! Por la Diosa, guardad silencio y respeto.

Las palabras de la archimaga consiguieron silenciar, al menos en parte, la sala, pues buena parte de los presentes habían apoyado los discursos de Crescent y Michelle.

Estamos en este juicio para aclarar el caso de Narshel Letswick. El hecho de que hasta ahora haya sido (o parecido ser) una buena Maestra, no la exime de sus responsabilidades y, de la misma manera, tampoco el pasado de los testigos o el aprecio —dijo, con ironía— que le tengáis a ellos habría de influir en este caso.

»Se os acusa, William y Caroline, de mentir en este juicio. A usted, señor Arkwright, se le acusa de utilizar magia negra, de traicionar a su Maestra y de haber utilizado hechizos de control mental sobre una alumna de la Torre llamada Catherine. Y a usted, señora Gallagher, se la acusa de asesinar a su marido y de otros asesinatos... poco concretos. ¿Qué podéis decir acerca de esto?


Y regresó, a medias, el tenso silencio a la sala. En la mesa del Concilio Hernôt posaba su mirada en un extremo y en el otro de la mesa de los testigos, como desorientado, y Rahnag, como era habitual en él, sonreía en una situación en la que no tenía que hacerlo, mirando los bordes de su túnica como si todo aquello le resultara tremendamente aburrido.

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Re: El juicio

Mensaje  William el Lun Mar 25, 2013 7:36 pm

Detestaba a Crescent. Lo detestaba por haber sacado a relucir el tema de Catherine en aquel juicio. Tengo que decir que no me sorprendió. Me la tenía jurada desde aquella noche y no dejaría de utilizar aquello en mi contra hasta que me viera hundido en la miseria. ¿Por qué tenía que mencionarla a ella? ¿Por qué tenía que escuchar su nombre... precisamente ahora? Tenía la certeza de que las consecuencias de mis actos iban a perseguirme hasta la tumba. Tal vez más allá...

Me mantuve en silencio, recordando aquella noche paso por paso. Él se encargó de ayudarme a hacerlo.

«Me encontré a Catherine y a William. La primera estaba obviamente bajo un hechizo de control mental: si la conocieran, se sabría que no era ella... además de que su comportamiento y el rastro de magia que había en ella lo delataba.».

Sí, así había sido. Así lo había hecho. Aproveché los efectos de aquella pócima, o lo que fuera, que la hizo perder sus recuerdos y la manipulé; la hechicé, cuando no tenía posibilidades de defenderse.

«Todo eran colchones, mesas y licores. Es obvio lo que pretendía hacer. [...] conjuró un hechizo que hizo que mis carnes se rompiesen y se cortasen por toda su extensión, provocando un dolor espantoso.».

También eso lo recordaba. Recordaba Eluveitie y los besos robados y las veces que, sin ningún derecho, acaricié con mis manos la seda de su piel. Los recuerdos se me clavaban en el pecho como dagas de fuego. Estuve loco y, tal vez, aún lo estaba. Pero ya era tarde para enmendar los daños. Y sí, había utilizado magia negra y lo había atacado. De eso no me arrepentía y, de hecho, me alegraba de que el conjuro hubiera sido tan fuerte como para que aún tuviera cicatrices. El daño que le había hecho a ella pesaba sobre mi conciencia, pero, de él, solo podía sonreír y reírme mil veces de todas sus desgracias, porque cuanto más infeliz fuese él, más feliz podría ser yo.

«Y, en tercer lugar, no olvidéis que yo soy un Guerrero Exaltado: Si he llegado a ser lo que soy ha sido a base de sufrimiento y lealtad imperturbable para la Diosa.».

«¿Y qué más da lo que seas? ¿Qué importarán tus glorias? ¿Qué importará la Diosa? Eso no hará que dejes de ser el niñito mimado de Wölfkrone...», pensaba mientras lo escuchaba hablar. Siguió hablando y continuó acusándome. En mí se centraban todas sus palabras, que denotaban lo mucho —muchísimo— que me odiaba. Pero, al menos, dejó de mencionar a Catherine y eso fue lo único que pude agradecerle.

Entonces me di cuenta de que estaba pensando libremente. ¿Y Riak? ¿Acaso se había marchado? Iba a decir algo, pero Michelle comenzó a hablar y tuve que guardarme las palabras, tiempo que aprovechó Riak para volver a tomar las riendas de mi mente.

Fui consciente de lo que dijo la jueza al acabar, pero de una forma extraña, como ausente y lejana. Y entonces Riak volvió a manipular mis palabras, mientras yo rezaba porque no siguiera inculpando a Narshel de aquellos crímenes que incluso a mí me parecían una tremenda locura.

Si hay algo evidente es que yo no he sido un santo. He hecho muchas cosas malas, sí, pero como usted ha dicho, señoría, eso no debería influir en este caso. No he mentido. Ojalá no fueran ciertas ninguna de las cosas que he relatado, porque me duele a mí más que nadie tener que inculpar a la que ha sido mi Maestra durante tantos años. Pero yo no he mentido. Y ustedes, señores archimagos, han visto las pruebas.

»Lo que dice Crescent sobre mí es cierto. No me asusta reconocerlo porque yo en este juicio (en contra de lo que muchos piensan), no tengo nada que ganar ni nada que perder. ¡Sí, lo reconozco! ¡He utilizado magia negra! ¡Utilicé un conjuro de control mental para acostarme con Catherine!
—De mis ojos, cayeron lágrimas. Las lágrimas más reales que he derramado nunca, fueran o no pretensión de Riak. Él decía en voz alta todo lo que yo no me había atrevido a reconocer ni en mis pensamientos. Pero ¿quién era él para hablar de ella? ¿Quién era él para hablar de mis pensamientos, para gritar a los cuatro vientos mis secretos, si no sabía ni entendía un ápice de mi dolor...? Él, el mismo hombre que me había tentado a probar las artes oscuras, ¿quién era para hablar en mi nombre?—. Él lo impidió y me alegro de que llegara a tiempo, porque yo no estaba en condiciones para controlarme... —Mi voz se detuvo. Eran tan intensas mis emociones que le estaba suponiendo un esfuerzo enorme mantener el hechizo de control mental. Yo intenté resistirme, intenté vencerlo, pero no podía y así, el nigromante, oportunista donde los haya, se valió de mis propias emociones (¡y hasta de mis recuerdos!) para seguir hablando—. ¡No hay día en el que no me arrepienta! ¡No hay noche en que no la llore! ¡Nadie, ni siquiera tú, Crescent fon Wölfkrone, que crees saberlo todo, puede entender las causas que me llevaron a hacer lo que hice...! ¡Lo cambiaría todo, todo, si pudiera regresar el tiempo! ¡PERO NO PUEDO! No puedo... ¡No le busques más castigo a mis culpas que el que ya tengo, porque ni cien mil años en el Laberinto de las Sombras podrían igualar mi tormento!

»Yo la quise. Yo la quería. La deseaba. Pero siempre la había respetado. Hasta que Riak apareció en mi vida. Sí, Riak, el nigromante al que todos conocéis y al que yo no conocía. No sabía hasta qué punto él podía destrozarlo todo. Y me engañó, me ofreció medios para conseguir rápidamente todas las cosas que nunca lograría alcanzar. Cuando quise darme cuenta, me había convertido en su marioneta y también en la de Amelia. Me utilizaron, me hundieron. Destruyeron todas mis esperanzas de futuro y ya nunca pude volver a ser el mismo...

»Dejé de respetarla. Solo me debía a mis propios y egoístas deseos y, por eso, me aproveché de su amnesia, a causa de la que no recordaba la forma de hacer magia, para convertirla en mi esclava. Nunca podré perdonármelo. Nunca, nunca...

»Llegué a hacer cosas... terribles. Así es la magia del Dios: corrompe a todo el que la prueba. Huyendo de mis demonios, busqué refugio en el regazo de mi Maestra. Después de haber traicionado a Catherine y de haberme ganado el odio de Crescent, era la única persona en la que podía confiar. O eso pensaba. Prometió no delatarme ante el Concilio, prometió que no me sucedería nada...
—Mis puños se cerraron— y, desesperado, acepté hacerle caso en todo lo que decía. Ella también me utilizó y me obligó a hacer lo que ya he contado.

»Esa es la verdad. Mi único error ha sido mi debilidad y mi estúpida credulidad. He pagado muy caro todo lo que he hecho, pero ya no me importa lo que me suceda. Lo único que quiero es que los responsables paguen y, puesto que no tengo miedo a perder la vida, no voy a callarme más verdades. ¡Esa mujer experimentaba con sus alumnos! ¡Se aprovechó de mis pecados del pasado para convertirme en lo que hoy soy! Este tribunal puede decidir creerme o no creerme, pero pido, al menos, ¡que no queden impunes las muertes y el dolor que la Señora de la Torre ha causado!


Riak se calló y, con él, toda la sala. Había expuesto todos mis secretos en una vitrina delante de decenas o cientos de personas. Había acusado a mi Maestra y me había dejado como un traidor a sus ojos. Todas las culpas de lo que él hiciera o dijese caerían sobre mí y lo maldije mil veces. «¡Oh, Diosa, si puedes escucharme... ayúdame a vencerlo...!», pensaba, desesperado. ¿Qué podía hacer la Diosa? ¿Qué iba a hacer la Diosa? Llevaba años suplicándole y nunca me había escuchado...


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Re: El juicio

Mensaje  Caroline Gallagher el Mar Mar 26, 2013 5:36 pm


Por fortuna, las acusaciones que hizo Michelle sobre mí pasaron desapercibidas ante la historia de William. Incluso a mí, que en aquel momento estaba en su bando, me parecieron deplorables las cosas que reconocía haber hecho. Él pronunció, ante todos los miembros del Concilio, su defensa (que más que una defensa, era una declaración con la que se perjudicaba a sí mismo).

Crescent y Michelle habían intentado echar por tierra nuestros argumentos, diciendo que nuestras palabras no podían tomarse en cuenta dado nuestro oscuro historial. Yo estaba allí en contra de mi voluntad; era solo una pieza más en un juego de gigantes. Lo único que estaba haciendo era cumplir con lo que me habían dicho, pero ahora, tras las acusaciones de Michelle, temía salir perjudicada.

Señoría, lo que dice esa mujer es tan solo un rumor extendido por la corte. Nadie lamenta más la muerte de mi marido que yo... He luchado muchos años contra esas habladurías —dije, levantándome lentamente—. Pero no he venido aquí para discutir rumores. He venido aquí para denunciar los abusos de Narshel y tengo pruebas de que lo que digo es cierto.

Rodeé la mesa y me coloqué delante de la jueza, aunque manteniendo una distancia prudencial con la Señora de la Torre. Luego me quité la capa que llevaba y, después, el abrigo que me cubría los brazos. Las prendas cayeron sobre el suelo y todos pudieron ver las cicatrices negras y horribles que trazaban formas imposibles en mi piel. Tenía, además, zonas moradas y otras rojas, y todo en mí aparentaba debilidad.

Aquí está la prueba de todo lo que esta mujer me ha hecho sufrir —susurré y las lágrimas volvieron a asaltar mis ojos.

Mis brazos temblaban y procuré que todas mis expresiones fueran creíbles. La fuente de magia que había conjurado esos hechizos era poderosa, muy poderosa, y los archimagos del Concilio podrían atribuirla fácilmente a Narshel. O, al menos, eso me habían contado. Si algo salía mal... No, no quería pensar en lo que pudiera suceder.

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Mar Mar 26, 2013 7:52 pm

Contra todo pronóstico, William reconoció haber cometido los delitos de los que se le acusaba. Habló, con lágrimas en los ojos, de lo que le había hecho a Catherine y de sus tratos con nigromantes. Se le veía muy afligido, roto de dolor, y, sobre todo, arrepentido. Muy arrepentido de sus actos. Muchos creyeron que se retractaría entonces de sus acusaciones hacia Narshel, pero se mantuvo firme en su postura y continuó argumentando que lo había utilizado para llevar a cabo sus experimentos.

No tenía nada que ganar, era cierto. De hecho, con sus declaraciones se estaba asegurando una condena. Esto aumentó su credibilidad, porque ¿qué interés podía tener William en implicar a Narshel si lo iban a condenar igualmente?

Mencionó el intento de violación a Catherine y como su obsesión con ella lo había conducido a mancharse las manos con magia negra. Los archimagos del Concilio se miraron entre sí y sus ojos decían más que cualquier palabra. Aquello podía cambiar el prisma de las cosas. Podía restarle culpa a Narshel o agravar aún más sus cargos.

Después, Caroline mostró sus cicatrices ante el público como prueba de su testimonio. Al hacerlo, decenas de exclamaciones ahogadas se escucharon en la sala. Se la veía frágil, decaída y débil, como una muñeca rota. Narshel observó sus heridas con horror y Hernôt se cubrió el rostro con las manos.

Estas heridas se corresponden con el hechizo Terwüm Caeris, sin ninguna duda ―comprobó Lord Strord, acercándose a la mujer y examinando sus cicatrices―. Han sido creadas por un mago muy poderoso, no hay más que posar la mano sobre ellas para notar la energía que desprenden.

¿Podría ser la magia de un nigromante, Lord Strord? ―preguntó Alice.

El carcelero se detuvo un momento y cerró los ojos para percibir mejor la energía que transmitían aquellas horribles heridas. Tardó un par de minutos durante los que todos contuvieron la respiración y, luego, volvió a hablar:

Es una sensación extraña. A pesar de que se trata de un conjuro de magia prohibida, la energía que desprende es pura. Es la magia de un archimago. Puede comprobarlo quien quiera.

Narshel agachó la cabeza. Todas las pruebas se volvían en su contra y no podía hacer nada para evitarlo. Ofrecer sus recuerdos, como había hecho Crescent, iba en contra de las reglas del Concilio en aquel juzgado. Solo le quedaba esperar.

Ningún archimago (salvo usted) ha visitado la Torre en los últimos tiempos ―repuso Shewë―. Esas heridas son muy similares a las que tenía el cuerpo encontrado en el sótano de la Torre. Es, por lo tanto, una prueba irrefutable en su contra…

»Por favor, traed el espejo.


Dos de los guardas se introdujeron tras la puerta pequeña por la que había salido Narshel y, al rato, volvieron a aparecer con un espejo de pie en sus manos. No era un espejo normal. Su superficie era líquida y no de cristal. Era un espejo de agua, agua que no se derramaba y que permanecía fija, incrustada en el espejo, agitándose en forma de ondas cocéntricas.

Alice, experta en el uso de la magia acuática, bajó hasta la zona de los acusados y se colocó frente al espejo. Posó sus manos sobre la superficie y las gotas de agua se adhirieron a sus dedos. Entonces pronunció las complejas runas trazadas en los bordes, en una retahíla rápida de la que los oyentes no habrían podido extraer casi ninguna palabra.

Entonces, una imagen empezó a cobrar forma en el espejo. Eran las montañas que bordeaban la Torre. Se veía una cascada y, junto a ella, estaban Narshel y un joven Crescent, muy distinto al actual, de cabellos rubios y ojos azules. En el suelo, agonizando, había un mago oscuro. Anthon. Uno de los que había jugueteado con el báculo que robaba la magia a quien lo tocara.

«Tal vez en otra vida… ―dijo el mago― haya una oportunidad para mí…, para los dos… Te quiero». Luego, el espejo reveló como Narshel se acercaba a aquel servidor del Dios y, ante la mirada expectante de todos los presentes y de la propia archimaga, se acercaba a él y lo besaba en los labios. «Espero que encuentres la paz», le respondió ella, visiblemente triste.

Los apoyos que le quedaban a Narshel empezaban a desaparecer. Alice la miró con cierta pena en la mirada y volvió a tocar el espejo. Una nueva imagen tomó forma en él. Esta vez se trataba de la habitación de la Maestra. De nuevo, aparecía Narshel… y otro mago oscuro. Felix Vonturin.

Así, se apreció perfectamente como Narshel se acercaba al mago oscuro y lo retenía tomándolo del brazo. «Por favor…», le susurró. Entonces ella, con una lágrima resbalándole por la mejilla, cerraba los ojos y le plantaba, también, un beso en los labios. El respondió a su beso y luego, Narshel le preguntó: «¿Me conducirás hasta el espejo?».

Ante aquel segundo beso, se levantó una nueva oleada de exclamaciones exaltadas e hirientes hacia la Señora de la Torre, que permanecía muda y lívida en el banco de los acusados. Por tercera vez, Alice utilizó el espejo para mostrar una escena nueva y los magos presentes ya se esperaban cualquier cosa. Incluso William y Caroline tenían los ojos abiertos de par en par.

Lo primero que se vio en la tercera escena fue a Narshel encerrada en un lugar oscuro, muy oscuro. Por lo poco que podía apreciarse, se podía deducir que se hallaba en un templo. Un templo consagrado al Dios. Fuera de la prisión, había otro mago oscuro. Un joven rubio, de ojos azules, como el que había descrito Caroline. Haku. «Veinticinco años. Y, tal vez, ya no recuerdes nada de ellos», dijo Narshel. «Lo recuerdo todo ―le respondió él―. Todo. Cada sonrisa, cada mirada, cada detalle. Veinticinco años no se borran de un plumazo. Ni siquiera en mi memoria… “frágil”. ―Hizo una pausa―. ¿Y tú? ¿Qué hay de tu memoria? ¿Me has olvidado en este tiempo?». De nuevo, silencio. Narshel parecía muy afectada. «Ojalá pudiera hacerlo. Todo sería más fácil si tú… y tu recuerdo desaparecierais sin dejar rastro. ¿Por qué lo has hecho? ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué me has traicionado?! ¡Tú, de entre todos! Oh, ¿por qué? Solo dime eso… Solo dame una razón… Una maldita razón». En la siguiente pausa, todo el juzgado permaneció en silencio. «¿Quieres que te dé una razón? Si te dijera que porque te quiero… ¿me creerías?», respondió él. Y desapareció la imagen del espejo.

Durante varios minutos, nadie dijo nada. Después Shewë rompió el silencio:

Estas imágenes demuestran su estrecha relación con tres magos oscuros, señora Letswick. Anthon, Felix Vonturin y Haku, para ser exactos. ―Luego miró a William―. Usted, William Arkwright, se declara culpable de uso de magia negra, de trato con nigromantes, de haber controlado mentalmente y e intentado violar a una maga consagrada y de haber sido cómplice en los experimentos de Narshel. Todos estos cargos tendrán consecuencias, pero este jurado valorará su valentía al confesar los crímenes y la denuncia a la Señora de la Torre, en el caso de que las acusaciones sean ciertas. No obstante, esperamos que usted haya sido sincero tanto ahora como en lo que contó al Concilio cuando denunció a Narshel. Supongo que sabe lo que quiero decir.

»Antes de pasar a la siguiente prueba, me gustaría escuchar que tiene que decir la acusada sobre las imágenes que muestran el espejo.


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Re: El juicio

Mensaje  Narshel el Miér Mar 27, 2013 1:29 pm

El primer atisbo de magia irrumpió en el juzgado con la aparición del espejo. Aquello solo podía significar que las imágenes se habían presentado como pruebas mucho tiempo antes del juicio, pues solamente presentando una solicitud junto a la denuncia y con largos y tediosos trámites podía admitirse la utilización de métodos como aquel. Y, aún así, el uso de recuerdos o la intrusión en la mente de alguien no estaban muy bien vistos en el Concilio.

Eso me inquietaba. Si todo aquello había estado planeado desde meses atrás, ¿cómo es que no me había dado cuenta hasta aquel momento? ¿Por qué el Concilio había guardado un silencio tan sepulcral en torno a aquel tema? Y lo que más me inquietaba… ¿Quién había cedido aquellas imágenes? Todos los indicios apuntaban a Riak... o a Haku. La primera imagen se veía desde su perspectiva. La segunda, Riak se la había mostrado. Y la tercera… De la tercera no podía decir nada. ¿Tendría el nigromante un óculo entonces? ¿Había ofrecido él las pruebas? Nada parecía encajar.

Lo único que puedo decir es que esas imágenes están sacadas de contexto, señoría. Puedo demostrarlo. Puedo mostraros mis recuerdos, aunque tenga que salir del juzgado para ello, o puedo hacerlo aquí mismo. Creo que la gravedad del asunto merece la excepción, porque se está juzgando mi destino. ¡Se me está juzgando por crímenes que no he cometido...!

Sin embargo, las heridas de Caroline jugaban en mi contra. Si habían sido creadas por un archimago y yo no había tenido nada que ver..., ¿quién era el responsable de aquella atrocidad? William, por su parte, tras haber confesado todo lo que Crescent me había insinuado en una ocasión, seguía defendiendo mi culpabilidad. ¿Cómo había sido capaz de traicionarme de tal manera? ¿Es que en aquella sala no había nadie cuerdo, mas que Crescent y Michelle?

Me llevé las manos a la cabeza y mis dedos se entrelazaron con mis mechones de pelo. No sabía qué más podía hacer para demostrar mi inocencia y empezaba a pensar que había alguien entre los archimagos del Concilio que pretendía hundirme. Tal vez Shewë, que más de una vez se había visto interesada en mi escuela.

No sé quién le habrá hecho esto a mi aprendiza. Tampoco sé quién os habrá cedido esos recuerdos, porque solo pudo ser algún mago oscuro. Solo sé que yo no soy culpable de nada. ¡¿No habéis pensado que esto puede ser una estrategia de Riak?! ¡Él pudo haber cedido esas imágenes...!

Ya no dije nada más. En el juzgado, las opiniones eran muy variadas, pero no me habían pasado desapercibidos los gritos que me señalaban como una sádica que disfrutaba experimentando con sus alumnos. Los ojos se me llenaron de lágrimas de furia y desespero y agaché la cabeza, clavando en el suelo la mirada.

Según las palabras de Shewë, había una prueba más en mi contra. Según ella, se había encontrado un cadáver en el sótano de la Torre. Según William, él me lo había proporcionado.

Todo mi mundo se estaba cayendo a cachos y ya solo dejé que pasara el tiempo, porque nada podía ir peor.


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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Miér Mar 27, 2013 2:39 pm


Emociones encontradas. Eso era lo que había en el juzgado en aquel momento. Opiniones enfrentadas. Para muchos, era difícil sostener la inocencia de Narshel tras las pruebas que se habían presentado. Entonces, Marie Du Ciel, una de las archimagas que había permanecido en silencio, se puso en pie para hablar a favor de Narshel:

Riak es un nigromante muy poderoso y retorcido. El joven que aparece en la imagen, Haku, es el hijo de mi prima Aglae, que en paz descanse. Estaba muerto y fue el kai de Narshel. Riak odiaba a mi prima y no me extrañaría que lo hubiera resucitado solo para vengarse. ¡Él puede ser el responsable de todo esto! ¡Tiene los medios para hacerlo...!

Lord Strord la miró, no muy convencido:

¿Y cómo explicas que estas heridas sean obra de un archimago? Es evidente. Ni siquiera un nigromante experto en metamorfosis podría engañarnos en algo tan claro. Narshel es culpable. ¡Es culpable y merece pagar por sus crímenes!

Y regresaron las discusiones, a las que se sumó incluso el carcelero, que se había preocupado por mantener el silencio. Anaë'draýl y Shewë observaron la escena, callados, hasta que agotaron su paciencia.

¡Silencio! —exclamó el Presidente del Concilio—. Presentad la última prueba y luego se decidirá el futuro de Narshel por votación, como corresponde hacerlo.

La jueza volvió entonces a retomar la palabra, cuando los gritos y murmullos se apagaron:

Coincido en que la gravedad del asunto merece la excepción, señora Letswick, pero usted es una archimaga. Conocemos su poder y usted sería perfectamente capaz de esconder aquellos recuerdos que no le interesa que veamos —dijo Shewë, abandonando por completo la objetividad que, en teoría, debía tener todo juez—. Pido que se arreste a William Erik Arkwright como sospechoso y que se coloque en el banco de los acusados.

De nuevo, nuevos guardas se dirigieron a la puerta trasera y regresaron con cadenas. William no ofreció resistencia cuando le colocaron los grilletes en las manos y lo empujaron hasta el banco de los acusados. Miró a Narshel y una sonrisa ligera, artificial y casi imperceptible, se dibujó en su rostro, pero luego apartó la mirada de la archimaga y la clavó sobre la jueza.

Con disimulo, una fila de cuatro guardas se colocó cerca de la mesa de los testigos, en la zona de Crescent y Michelle. Se los veía tan alterados que temían que en cualquier instante se abalanzaran sobre William, Caroline o sobre cualquier miembro del Concilio.

Solicito la presentación de la última prueba —dijo Shewë.

Luego, silencio. Pasaron varios minutos hasta que, de la puerta trasera, emergió una figura. Era una elfa y, por un momento, todos pensaron que se trataría de un nuevo testigo, pero no fue así. Simplemente arrastraba, junto a dos elfos más, una rústica camilla de madera, de cuatro ruedas, que colocaron en medio del juzgado, entre los acusados y el triunvirato del Concilio. Los elfos llevaban en sus túnicas la insignia de la Fortaleza de Aryewïe.

Sobre esa camilla había un bulto cubierto por una sábana blanca. Se podía adivinar una figura humana por las formas, que permanecía completamente inmóvil. Miradas de incredulidad recorrieron todo el juzgado. ¿Acaso habían traído el cuerpo encontrado en el sótano hasta allí?

Narshel contuvo la respiración y William también lo hizo, tal vez porque sabía lo que se iba a encontrar. A una señal del Presidente, los elfos retiraron la sábana blanca, que era en realidad una mortaja, y...

Gritos, exclamaciones ahogadas y hasta oraciones a la Diosa recorrieron la sala. Hernôt Trenï no pudo soportarlo y rompió a llorar y abandonó su silla y estuvo a punto de salir del juzgado, pero Rahnag lo detuvo y le pasó el brazo por los hombros, intentando tranquilizar al muchacho. Aliwen se cubrió la boca con las manos y Joseph bajó la mirada, apretó el puño y frunció el ceño. El resto permanecieron impasibles, especialmente Shewë, a la que nada parecía afectarle.

La jueza abandonó su posición y se colocó junto a la camilla. Allí estaba el cuerpo, perfectamente conservado pero con heridas horribles, muy semejantes a las de Carol. La expresión de su rostro, aunque pálido, frío y con cicatrices, era serena, como si durmiera. Sus formas de mujer se adivinaban tras la túnica roja que llevaba, la misma túnica desgarrada con la que había muerto. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, ligeramente amoratadas. Pero, sin duda, lo que más llamaba la atención era el largo y denso cabello pelirrojo que le llegaba hasta la cintura.

Era el cuerpo de la mujer que, sin estar presente, había sido protagonista de los testimonios de aquel juicio. Era el cuerpo de la víctima de los abusos de William y de, quizás, los experimentos de Narshel. Era Catherine, la famosa Catherine, y estaba muerta. Y así se había guardado el secreto de su muerte a la espera de que la Señora de la Torre se pronunciara al respecto.

Pero no lo hizo. Solo rompió a llorar.

Este es el cuerpo que encontramos en el sótano de la Torre. William Erik Arkwright aseguró haber secuestrado a esta mujer, Catherine, para que Narshel probara sus experimentos sobre ella. Dijo en su denuncia que la Señora de la Torre se lo había pedido, argumentando que necesitaba un mago consagrado, pero que no supo que lo que realmente necesitaba era a la chica muerta hasta que fue demasiado tarde. Dijo que él mismo encontró su cuerpo en el sótano.

»Son las heridas de un archimago. ¡Narshel ni siquiera ha tenido la decencia de revelar la identidad de la fallecida! ¡La Señora de la Torre es una asesina!
—proclamó Shewë, viperina, señalando a Narshel con el dedo.

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Re: El juicio

Mensaje  Crescent fon Wolfkrone el Miér Mar 27, 2013 6:39 pm

Shewë, como no, continuó siendo la juez malhumorada que siempre fue.

Pero lo que más me sorprendió y agradó fue el hecho de que Will reconociese su culpa. Una sonrisa apareció en mi rostro al ver que reconocía haber hecho todas las cosas de las que había sido acusado, y, aunque esperaba que su culpabilidad cambiase el parecer de la juez, no fue así.

Pero por lo menos el mundo supo lo que hizo Will, y era un tanto reconfortante pensar que quizá acabaría en Supplicium durante unos cuantos años, al menos.

Mi sonrisa se borró cuando trajeron el espejo a la sala, y, simplemente, la llama de la esperanza de que Narshel saliese impune del juicio se hacía cada vez más pequeña con cada escena que se veía reflejada en la superficie del espejo. Anthon, Felix... Haku. Los conocía a todos, o los había conocido en algún punto pasado. Aquellas imágenes habían sido sacadas de contexto, yo lo sabía y Narshel también, pero, ¿quién iba a creerme al hablar? Joseph, quizá, y Narshel, y podría ser que Michelle también, o incluso unos miembros del concilio tras ver que mis acusaciones hacia William eran ciertas.

Pero con lo que vino tras eso, no importaría. Nada de lo que pudiese decir para salvar a Narshel importaría, ni yo ya estaba tan seguro de que era inocente, o de que mis esfuerzos para defenderla eran en vano.

Bien, unos cuantos elfos entraron en la sala portando una camilla de madera en la que obviamente había tendido alguien. Nada más tras que los elfos, portando los emblemas de la fortaleza de Aryewïe. Lentamente quitaron las mortajas del cadáver, y las reacciones fueron variadas.

La mayoría de los archimagos exclamaron su sorpresa, aunque uno de ellos, el más joven, sin duda, echó a llorar y parecía que quería salir de la sala, pero lo interceptó otro de los archimagos que intentó tranquilizarle. Sin embargo, algunos de los archimagos del Concilio no murmuraron palabra ni rezo alguno al ver el cadáver, y, como no, entre ellos estaba Shewë. Cada vez dudaba más de si tenía un corazón que le permitiese sentir... ¡lo que sea! ¡Dolor, pánico, alegría! ¿Podría sentir algo aquella elfa?

¿Cual fue mi reacción?

Yo simplemente negué con la cabeza, apenas moviéndola unos milímetros de lado a lado, incrédulo de lo que veían mis ojos. No cayeron lágrimas por mis mejillas, no solté ningún alarido de dolor. Ni salió de mi boca un susurro que parecía decir no: Nada, parecía estar muerto.

Y es que, por dentro, mi mundo se desmoronaba lenta y dolorosamente, al ver el cuerpo de la finada. La túnica roja que portaba, la palidez de su piel, las cicatrices y los moratones que podían verse en ella... y su cabello: La muchacha era pelirroja, como Catherine.

Era Catherine.

Ya se me hizo difícil, si no imposible, decidir si de verdad Narshel era inocente y todo era una estratagema de algún nigromante, Riak o Amelia, si es que seguía viva tras los duelos, o si de verdad Narshel era la persona que Will y Carol describían.

Me senté de nuevo en la silla, mientras escuchaba los lloros de Narshel, y la sentencia de Shewë.

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Re: El juicio

Mensaje  Michelle Swallow el Miér Mar 27, 2013 9:40 pm

Cathy estaba muerta. Y, desde que su cuerpo entró en la sala, dejó de importarme la suerte de Narshel, si imputaban a William, si Carol mentía o si se acababa el mundo. Perdí la fe en todas las personas y en todas las cosas.

Shewë dijo algo, pero no lo escuché. Toda mi atención estaba puesta en el cuerpo de Cathy. Los ojos se me llenaron de lágrimas y me temblaron los brazos. Miré a Crescent, pero toda su reacción fue una negación de cabeza. Luego se sentó en su silla, callado e impasible, como Shewë. Como si en lugar del cuerpo de Cathy estuviera viendo un insecto aplastado. Como si no le importara nada, como si después de cinco años aquella mujer fuera una extraña para él.

Así perdí la fe también en el que creía mi único apoyo en el juzgado. Me sentí sola. Sola en el juzgado y sola en el mundo. Más sola y miserable que nunca.

Miré a William, que había jurado amarla con locura cuando todo lo que había hecho era cumplir sus propios caprichos a cualquier coste. Miré a Narshel, que presumía de proteger y cuidar a todos sus alumnos cuando utilizaba su salud y sus vidas para su propio beneficio. Y, por último, mis ojos volvieron a Crescent. De él solo podía decir que no lo entendía. Incluso empezaba a pensar, dolida y desconfiada, que había salvado a Cathy aquella noche únicamente para vanagloriarse de sus hazañas. «Panda de hipócritas…», pensé.

Las lágrimas seguían cayendo por mi rostro, pero guardé silencio, aún asimilando lo que mis ojos veían.

No me lo puedo creer… —susurré, con una voz entrecortada.

Me levanté de la silla y abandoné la mesa. Corrí hasta el cuerpo de Cathy sin importarme si los guardas venían detrás de mí, a detenerme. Pero nadie me detuvo. Shewë me miró y creí que iba a decir algo, pero se calló cuando Alice bajó junto a ella y, tomándola del brazo, negó con la cabeza.

Verla allí, tan cerca y a la vez tan lejos... Fue una imagen que nunca se borraría de mi memoria. Era incapaz de creerme que aquella chica pelirroja, que había sido mi única familia y apoyo en los últimos años, hubiera muerto. La toqué. Estaba fría. Le tomé el pulso. No tenía. Su pecho ya no se movía al compás de la vida. Y, como señas del beso frío de la muerte, todo en ella era palidez, moratones y cicatrices.

Entonces me fallaron las piernas y me arrodillé junto a ella y grité de dolor. Los guardas, esta vez sí, me tomaron de ambos brazos y me arrastraron lejos de Cathy, intentando llevarme de vuelta a la mesa de los testigos.

¡¡¡HIJOS DE PUTA!!! —exclamé y mis palabras iban dirigidas a William, a Narshel, al Concilio y a todo el que las escuchara, porque en aquel momento odiaba a todo el mundo—. ¡¡Todos, todos ustedes son los culpables de que ella esté muerta!!

No me contuve más. Lloraba desconsoladamente, rota por dentro y con el fuego de la ira ardiendo en cada punto de mi ser. Me desasí de los brazos de los guardas y avancé un par de pasos, todo lo que pude sin que volvieran a apartarme aquellos dos cerdos que pretendían mantenerme anclada, con la boca cerrada como una estúpida damisela de ciudad, en la mesa de los testigos, haciendo a un lado mi verdad y mis emociones a favor del protocolo. Como hacían otros.

No… No, no, no, ¡¡ella no tenía que morir!! —grité y me volví hacia William, señalándolo—. ¡Tú! ¡Tú, maldito cerdo, tú tendrías que ser quien estuviera en el Otro Lado o en el Laberinto de las Sombras! ¡TÚ ERES EL MAYOR CULPABLE QUE HAY EN ESTA SALA! ¡ASESINO! —Empezaba a perder el control sobre mi conciencia y sentía al lobo latiendo en mi interior, luchando por salir y desgarrar a todos los presentes—. ¡Asesino…! Si sales vivo de Ekhleer, te juro que te mataré con mis propias manos…

Agaché la cabeza y traté de respirar. Extendí los dedos, intentando mantenerme en mi forma humana. Pero me costaba. Me costaba muchísimo en aquellas circunstancias. Levanté la mirada. No me importaban ya las consecuencias de mis palabras. ¡Todo estaba perdido! ¡Todo! ¡Todo perdía el sentido!

¡Ojalá te pudras en el infierno que te mereces! ¡Tú la humillaste, tú la destrozaste! ¡LA MATASTE EN VIDA! Y ahora… Y ahora te atreves a llorar por ella… ¡Guárdate esas lágrimas para algo que te importe de verdad!

Hice ademán de ir a por él, pero los guardas me detuvieron y Shewë levantó la voz: «¡Cálmese! ¡Esas no son formas de hablar en un juzgado, si quiere decir algo espere su turno y…».

¿Que me calme? ¡¿ME ESTÁ PIDIENDO QUE ME CALME CUANDO TENGO EL CUERPO DE MI MEJOR AMIGA FRENTE A MIS OJOS?! ¡¿CUANDO SUS ASESINOS ESTÁN EN ESTA SALA?! ¡NO, NO VOY A CALMARME!

Jadeé. Me sequé las lágrimas, aunque era inútil, porque seguía llorando. Shewë estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba, pero me daba igual lo que dijera aquella elfa racista a la que no le importaba un comino la vida de Cathy.

Y usted, Maestra… Yo no sé si de verdad habrá sido capaz de matarla. No sé si realmente la utilizó, pero no me importa. —Hice una pausa—. Solo sé que ella está muerta y que usted, aun siendo la Señora de la Torre, no hizo nada para impedirlo. ¡Nada! ¡Absolutamente nada…!

«¡Vuelva a su sitio y cállese ahora mismo, señora Swallow, si no quiere ser expulsada de esta sala! Aprenda a guardarse su dolor, porque todos aquí estamos sufriendo por esta situación», exclamó Shewë, cada vez más enfadada.

Yo la miré y me reí ante su comentario. Era una risa fría e irónica, mezclada con lágrimas.

¿Todos? ¿No me diga? —respondí, porque yo era la única a la que le importaba realmente Cathy—. ¿Incluso usted, que no respeta la memoria de Catherine y exhibe su cuerpo aquí, ante todos, como si fuera un trofeo? ¿Incluso William…. o, perdón, el señor Arkwright, que le destrozó la vida? ¿Incluso Narshel, que está acusada de haberla matado? Y dígame, ¿también sufre Caroline, que ni llegó a conocerla? ¿Sufre usted, señoría, por la muerte de una humana de la que no sabe sino su nombre? ¡Dígame! ¡¿De veras sufre alguien más en esta sala aparte de mí…?!

Volví a mirar a Crescent. «¿Y sufres tú, Maestro, que eras el hombre a quien ella amaba?», pensé, pero no lo dije en voz alta. Mis ojos se pasearon por la sala, evitando a toda costa el cuerpo de Cathy, porque no podía soportar aquella realidad.

Regresé a la mesa de los testigos, pero no me senté. Tan solo cogí mi capa y me la eché por los hombros. Shewë no me respondió, al menos no inmediatamente. Se veía que no estaba acostumbrada a que alguien se atreviera a contestarle. Me mordí el labio. La furia empezaba a convertirse en tristeza, en una tristeza infinita. Ya nada volvería a ser igual. Nada es igual cuando un amigo se marcha para no volver.

Pensaba que tú eras de los pocos que aún tenía corazón en esta sala —le susurré a Crescent cuando fui a coger mi capa—. Pensaba.

»Si alguna vez has sido real, si te queda algo de humanidad, lleva su cuerpo a la Torre. Ya me encargaré yo de llevarle rosas a la tumba.


Con esas palabras cargadas de dolor, abandoné la mesa de los testigos y salí de aquel juzgado envuelta en pena y en un dolor que me desgarraba el alma. Atravesé entonces el silencio y los dejé atrás a todos, a aquel circo que era la justicia del Concilio y a la hipocresía. Dejé atrás el cuerpo de Cathy, porque ya no soportaba estar ni un segundo más en aquel maldito juzgado, y atravesé las puertas y salí del castillo, pero me senté en los escalones de la entrada.

No había nadie. Solo estaban el viento, las estrellas y la luna. Ya era de noche, la noche más triste del mundo. Y entonces apoyé la cabeza y, mirando al cielo oscuro, lloré hasta que me quedé sin lágrimas.

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Re: El juicio

Mensaje  La Diosa el Jue Mar 28, 2013 12:01 am

Michelle abandonó la sala tras decir en voz alta todo lo que pensaba. Se había atrevido a contestarle a Shewë y, aunque era una desfachatez, era tal el dolor que reflejaban sus palabras que pocos se atrevieron a juzgarla.

El juicio debía continuar. Después de la partida de Michelle, se quedó una sensación de desconsuelo y de amargura en la sala.

Shewë, continúa —le pidió Anaë’draýl—. No vamos a permitir que las insolencias de una humana detengan el juicio de los acusados.

La elfa le lanzó una mirada cargada de ira, ira contenida hacia la chica que le había llevado la contraria.

Faltas de respeto como estas no se permiten en el Concilio, ¡que os quede claro a todos! —advirtió—. Y disculpad este pequeño altercado.

La mujer tomó aire y volvió a centrarse en los acusados. Aquella situación no le estaba gustando nada y se le notaba en la cara.

Podemos observar que Catherine ha sido asesinada, le pese a quien le pese. Las cicatrices que se pueden apreciar en su cuerpo son obra de un archimago. Usted, William Arkwright, ¿puede contarnos su versión sobre la muerte de esta mujer? ¿Cuál fue su papel en ella, en los planes de Narshel? ¿Por qué accedió a hacer lo que ella le pedía?

Shewë estaba haciendo un esfuerzo por continuar el juicio como si nada hubiera pasado, como si Michelle nunca hubiera estado allí. Pero ella los había conmocionado a todos con su llanto desgarrador y todo lo que había dicho permanecía en las mentes de los presentes y en las conciencias de los acusados.

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Re: El juicio

Mensaje  William el Jue Mar 28, 2013 7:20 pm

Ver el cuerpo de Catherine fue doloroso, aunque ya sabía que estaba muerta. No obstante, había tratado de eludir aquella realidad por todos los medios y, ahora que estaba frente a mis ojos, ya no estaba en posición de negar mis pecados. Allí estaba su melena pelirroja, sus brazos fríos e inertes y sus labios, que ahora lucían tristemente morados. Los labios de los que tomé tantos besos robados.

En aquel momento, me odié más a mí mismo de lo que odiaba a Crescent o a Riak.

Michelle fue la primera en hablar. Sus palabras fueron como jarros de agua fría. Puso en duda la veracidad de mis lágrimas, cuando nada me había importado en el mundo más que Cathy. Me tachó de asesino… y en eso, aunque me duela reconocerlo no se equivocaba.

Se fue de la sala, exasperada, y yo permanecí con los ojos fijos en Catherine y las cadenas en las manos. Había lágrimas en mis ojos, pero eran lágrimas discretas y calladas, las únicas que podía derramar después de haber llorado mil veces su muerte. Shewë continuó con el interrogatorio, pero los gritos de Michelle habían alborotado las emociones de todo el juzgado. Sin embargo, para mí, era más escalofriante el silencio de Crescent que las palabras de Michelle, porque no sabía qué podría estar pasando por su cabeza en aquellos instantes.

Shewë me preguntó entonces sobre la muerte de Catherine. Yo sentía una punzada en el pecho, una punzada de dolor que iba más allá del dolor físico, porque era el dolor del alma. La carga de la culpa. La desesperación ante el paso del tiempo. El arrepentimiento por lo que sucedió aquel día… y la certeza de que ya no la recuperaría más.

Narshel me pidió el cuerpo de una maga consagrada para realizar sus experimentos —dijo Riak, abriéndose paso entre el mar de pesadumbre en el que me ahogaba—. Catherine cumplía con los requisitos que ella necesitaba y me convenció para que la secuestrara, ya que, tras haber ejecutado un hechizo de control mental sobre ella una vez, podría volver a hacerlo. Ella no quería mancharse las manos. Me encomendó a mí la tarea.

»No lo conseguí. Tras un forcejeo, la golpeé en la cabeza y la llevé, inconsciente, al sótano de la Torre. Narshel me prometió que no le sucedería nada malo, que el conjuro que iba a utilizar sobre ella era seguro…
—Agaché la cabeza. Mi voz sonaba temblorosa. Riak no hacía más que soltar mentiras y pretendía culpar a Narshel de una muerte en la que yo había sido el único culpable. Aquello me hizo recordar las palabras de Haku en los bosques de Tamika. No, la Maestra no tenía por qué cargar con mis crímenes—. Dos días después la encontré muerta y…

Mi voz se detuvo. Mis puños se cerraron. Volví a contemplar el cuerpo de Catherine y la rabia que sentí al ver su piel pálida y su inexpresivo rostro me dio fuerzas para luchar. Todo mi odio se centró entonces en Riak, porque era él quien me había conducido a estos extremos. ¡Porque era él quien lo había destrozado todo, porque era él el mayor culpable! Entonces pensé en mí, pensé en mi pasado, pensé en cosas que él no podía conocer. Centré todas mis fuerzas en derrotar aquella presencia que dominaba mi voluntad y descargué en esa tarea el huracán de emociones que me había provocado la muerte de Cathy.

Y, entonces, pude mover a voluntad los dedos y los ojos y los labios… El nigromante seguía allí, batallando por controlar los hilos de mi conciencia, pero yo levanté todas las barreras que pude y exclamé:

¡YO LA MATÉ! Nada de lo que he dicho es cierto, fui yo quien la mató. Narshel no tuvo nada que ver. Cathy y yo nos encontramos en el Valle de los Lobos y empezamos a discutir. La ataqué, nos enfrascamos en un combate. Ella logró vencerme y pudo haberme matado, pero me perdonó la vida y, cuando se giró, yo aproveché para atacarla por la espalda… Perdí el control. No medí la fuerza de mis actos. Y la maté —confesé, antes de que Riak pudiera volver a dominar mis palabras. Recordaba aquella escena con imágenes fugaces y borrosas, como si formaran parte de la peor de mis pesadillas—. Riak… Riak está… ¡Ah! —Había querido decir que él estaba allí, en mi mente, pero no pude hacerlo. El nigromante volvía a apagar mi voluntad—. Riak estaba allí. Me había prestado el Ars Sacratorum y yo utilicé conjuros de ese códice para acabar con ella.

»Él y yo preparamos una estratagema para denunciar a los padres de Cathy ante la Inquisición. Luego aproveché la situación para chantajearla con la vida de sus padres y le prometí salvarlos a cambio de que hiciera lo que yo le pidiera. Ella estaba desesperada y… accedió, pero yo no cumplí mi promesa. Después discutimos… y ya sabéis lo que sucedió.

»Cuando Narshel nos descubrió, dijo que me ayudaría a esconder el cuerpo y que no debía preocuparme por nada. Después se la llevó y, entonces sí, la encontré en el sótano de la Torre, con señales de magia prohibida en todo su cuerpo…


Riak arregló como pudo mi confesión y ya solo me quedaba el consuelo de que alguno de los archimagos del Concilio sospechara algo tras la repentina variación en mi versión de los hechos.

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